lunes, 17 de mayo de 2010

Extremagastronomía

Hago aquí una pausa en el cuento "Un mundo en la mirada" para recomendaros la lectura de la revista sobre gastronomía extremeña Extremagastronomía. El enlace de la revista digital es:

http://extremagastronomia.blogspot.com/

En la página 18 podéis leer un realato mío que os trasncribo aquí:


Vino de la tierra


El sordo sonido del cristal sobre la barra le sacó de sus ensoñaciones. "Tómese otro", dijo el camarero extendiéndole un nuevo vaso de vino de pitarra. Cogió el minúsculo recipiente, lejano y tosco antepasado de las finas copas de bohemia en las que solía beber sus caldos, y miró al trasluz su contenido. Color violáceo, pensó, entre púrpura y cereza. Abierto, muy abierto, aunque la escasa longitud del vaso y el hecho de que casi rebosara le impidiera una mayor apreciación. Lo acercó a la luz del fluorescente que parpadeaba a sus espaldas y determinó que era luminoso, sin duda un vino joven, posiblemente de aquel mismo año. Sin embargo su turbieza le infería poca confianza.

Aproximó tímidamente su olfato, con la intención de no parecer pedante delante de aquel público que se entretenía a mirar sin ver la televisión, o se perdía entre golpes sobre el tapete de una partida de cartas. Sorprendentemente era franco. Su aroma inicial no desprendía ningún pico sospechoso y rápidamente su pituitaria se vio inundada por aquel aroma tan característico de media intensidad. Intentó identificar sus aromas primarios y varias frutas del bosque se aproximaron a su imaginario olfativo. Estaba a punto de dictar mentalmente su diagnóstico cuando una palmada en la espalda le devolvió a la realidad de aquella taberna de pueblo. "No se esmere", señaló el desconocido que acababa de golpear con rotundidad su dorso, "huele a gata".

El joven enólogo recordó la vieja historia que había escuchado de pequeño en Plasencia. Contaba que en un bar de la calle Ancha había tres cubas de vino, presumiblemente todas de la misma cosecha. Sin embargo todos los clientes preferían tomar sus chatos de la tinaja central. Dicen que con el tiempo, cuando el bar cerró y fue desmantelado, en la cubeta del medio apareció el esqueleto raído de un viejo gato que era el que obsequiaba al caldo con aquel sabor tan peculiar y apreciado. No podía concebir que aquella leyenda urbana fuera realidad.

"Huele y sabe a Gata, a sierra de Gata", especificó sin caer en su abstracción el lugareño.

"¿Y a qué huele y sabe la sierra de Gata?" preguntó divertido el joven catador.

Huele a equilibrio, a frescor e historia, a tradición y progreso, a calidez, a amistad. Huele a hierba y tierra después de llover y al sol castigando una piel abrasada en el campo. Huele a Extremadura. A la matanza curándose en la cuadra y a la piedra de su historia milenaria. Huele a regatos, rios, campos y praderas. Huele a roble, a vid, a olivo y hasta a una cesta de setas bajo el brazo. Huele a los ojos de la mujer más linda y al fornido pulso de un zagal en el bar. Huele a casa, a hogar, a una historia en la lumbre y a una mirada vidriosa de nostalgia al volver al pueblo. Huele a noches de verbena, a romerías y a la charla de las solaneras sobre el empedrado de una calle cualquiera. Huele a sinceridad, a afecto, al abrazo de un amigo y al primer beso furtivo en el pinar. Huele al viento de la sierra, al amanecer en Santa Olalla o a leña de una chimenea en Robledillo al despertar.

"No se esfuerce", continuó, "todos esos aromas los podrá identificar cuando lleve aquí unos días. Es nuestro buqué particular".

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