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viernes, 30 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XXII (FIN)

Había llegado el día. Hector despidió a Nana en la fría terminal internacional del aeropuerto de Portela. Un abrazo, acompañado de un caluroso beso fraternal, en la mejilla, cerró las puertas de su corazón, de un portazo y bañado en lágrimas. Mar también lloraba. Confundida quizás. Con aquel adiós cerraba un capítulo más de su vida del que sólo quedaría una caja más llena de poesía, aparcada junto a otra. Esperando quizás que alguien, un príncipe azul que supiera hacer bailar las abejas, las que solo se despertaban en el sueño adolescente de querer descubrir de nuevo el amor, apareciera en su vida.

No quiso mirarle a los ojos. No quería perder en un día el firme convencimiento adquirido durante casi un año. No lo amaba. No sentía nada. Se decía, mientras sus manos se soltaban definitivamente e iban espaciándose lánguidamente, primero las palmas, luego los dedos acariciándose lentamente hasta que al final se separaron sus yemas. Para siempre.

Hector esperaba una palabra, un "quédate" que se ahogó en los labios de Nana. Cruzó la puerta de embarque y salió hacia Paraíso, un lugar en la conciencia, en el recuerdo, en la nada.
Nota del autor:
Si no os gusta el final lo siento, no siempre las historias de amor tienen final féliz. De hecho cada vez son menos los finales de película, aunque el guión sea bueno a veces falla el casting.
Eso sí, hay un final alternativo, pero lo tiene que reescribir la propia coleccionista de versos.

La coleccionista de versos XXI

No quería comprometerse. No identificaba en aquellas noches de pasión, en aquellos encuentros contados o en aquella sólida amistad ni un reflejo de lo que ella había pensado siempre que era el amor. No había abejas revoloteando en su estomago, ni mariposas que la hicieran elevarse por encima del nivel del mar. Tampoco quería dañarle, pero cada vez en más contadas ocasiones se entregaba irreflexivamente al ardor de unos besos que quemaban en su boca, al desenfreno del sexo con sentimiento de culpa, y a unos abrazos sinceros que buscaban redención.


Ella sabía lo qué el sentía, pero era incapaz de identificar sus propias emociones. No era amor, se convencia a sí misma. No tenía nada que ver con aquel nudo entre el estómago y el corazón que había sentido en otras ocasiones, con la necesidad imperiosa de ver a la persona amada, con la adicción a los besos, a las caricias, a los abrazos y las miradas del amor adolescente. Sabía que le vería cada día, y cuando no, no sentía la urgente necesidad de hacerlo. No era amor, se convencía, y así se lo hizo saber en múltiples ocasiones.


Mientras él esperaba. Confiado en que aquella situación cambiase. En que aquellos cada vez más esporádicos encuentros, que aquella sólida relación de amistad y confianza derivase en una mirada, naufragase en un beso eterno que sellase la eternidad, juntos.

martes, 20 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XX

Las cartas y los encuentros se fueron sucediendo, las primeras día tras día, los segundos con menor cadencia. De forma sistemática y prácticamente a la misma hora, cada mañana un nuevo papel cruzaba bajo aquella puerta, para ser depositado minutos después, una vez leído, con sumo cuidado, en el fondo de la caja verde que dormía en aquel cofre junto a su hermana marrón.


Algunas tardes otro papel se arrastraba hasta los pies de Hector, que esperaba ansioso, sentado, en su cama, citándole para un nuevo encuentro en el Campo das Cebolas. Movidos por una irrefrenable pasión se entregaban al amor bajo aquellos arcos. Un amor secreto que sólo tenía cabida en aquel lugar, que solo tenía lugar para ellos dos, dibujado en el paisaje, en el lienzo imaginario de aquel entorno. Que no pertenecía a la historia, pues nunca sería contado. Que no pertenecía al tiempo, pues solo existía allí y en el mutismo que les envolvía cuando abandonaban aquel escenario gris, de ropas tendidas y flores, quizás orquídeas, recién regadas.

En la casa, o en los pocos lugares que visitaban juntos, se transformaba en amistad, en una complicidad sospechosa, en un guiño inoportuno o una caricia perdida de un dedo insolente que buscaba el calor de una piel tersa que rehuía el contacto.

Al día siguiente otra carta y cada noche, un llanto.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XIX

Volvieron a casa como dos desconocidos. Uno a 2 metros del otro. Sin hablarse. Cuándo Hector intentaba acercarse Mar aceleraba sus pasos y miraba atrás, con una sonrisa y un nuevo "aquí no".
Un oscuro tinte grisaceo cubría las calles que antes tan bellas le habían parecido a Hector. Confuso buscaba una y otra vez la mano de Mar y solo obtenía otro "aquí no".
Entraron en casa. Nana en su habitación, Hector en la suya. Desconcertado empezó a escribir:
"Quiero escribir mil palabras que te susurraría al oído. Quiero componer las notas de tu canción y la mía. Quiero acercarme a tu oído y hablarte con besos, tocar tus labios y escucharte con los míos.

Quiero que sean tus ojos quienes escriban mi vida, que sea tu respiración el aire de la mía y encontrar en tu pelo el calor que me abriga.

Quiero que sean tus senos las cavidades perfectas, del reloj de arena que calcula el resto de nuestras vidas.

Quiero ver la luna en tu ombligo, amanecer en tu sexo y en el ocaso de tus piernas nunca despertar de este sueño."
Plegó cuidadosamente el papel y, una vez más, lo introdujo bajo su puerta.

La coleccionista de versos XVIII

Hector saludó tímidamente. Aquella sonrisa tan pronto parecía invitarle a posar sus labios en su cuna como dibujaba el abismo que les separaba. Sus miradas se cruzaron. Esta vez los ojos de Mar se clavaron en los suyos. De repente descargaron todo el mar que contenían en el baldío de unos cuencos que necesitaban de su agua para florecer. Esta vez no intentaron traspasarle y clavarse en su espalda como una daga hiriente. Le miraba fijamente. Era el más bello arcoiris que jamás había visto. Era la mirada más tierna en la que nunca se había perdido. Era el universo más dulce en el que jamás había naufragado.


Sus labios se fueron acercando. Un suave olor a orquídeas le envolvió embriagándole, inhibiendo sus sentidos. Pero de repente la mano de Mar se cruzó en el camino. Con suavidad. Con la dulzura del viento al soplar sobre los dientes de león susurró, "aquí no". Bajó su mano. Cogió la de Hector y salieron a la calle, en silencio.


Bajaron por el Chao da Feira, bajo la atenta mirada de San Jorge, majestuoso. Corrieron por la rúa dos Loios, casi chocándose en las paredes que limitan su estrecha calzada. Volaron por la Saudade y o Barao, donde empieza a percibirse el olor al Tajo. Rodearon la Sé, de locas pinceladas artísticas, y bajo un arco del Campo das Cebolas Mar empujó a Hector y empezó a besarle lentamente, en pequeños mordiscos a los que Hector respondía con ansiedad, con la necesidad del sediento que encuentra una gota de rocío en una flor y no quiere deshojarla, con el ardor del preso que encuentra el amor tras años de reclusión, con la pasión del adolescente que acaricia sus primeros labios.


Mar le detuvo. Miró a sus ojos, de nuevo fíjamente, con un suave "tranquilo" fue enseñándole a besar, fue enseñándole a vivir. Sus labios recorrían los de Hector con la suavidad de un pétalo que cae sobre la árida arena del desierto. Su respiración pausada marcaba el ritmo de una partitura para dos, hasta acompasarse en una perfecta armonía de un solo tiempo. Sus dedos surcaban unas mejillas ardientes, casi enfebrecidas que querian estallar.

Hector se dejó llevar. Quería abrazarla hasta fundirse en un cuerpo. Quería besarla hasta que hubiese una sola boca. Quería compartir su mirada hasta un sólo iris. Quería respirar su aire hasta un solo pulmón. Quería perderse en sus cabellos hasta desaparecer. Pero se dejó llevar. Sus labios recibían caricias de sabor a cacao. Y era lo que había buscado toda su vida

lunes, 12 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XVII

No era capaz de dormir. No habían pasado 2 horas cuando volvió a abrir los ojos y, en la oscuridad, buscó la caja verde que aún permanecía sobre la cama, en el cofre que no había querido cerrar.

Leyó y releyó el papel cien veces, casi se lo aprendió de memoria. Encontró en él mil parecidos a otros que descansaban en el fondo de la caja marrón, tan iguales y tan distintos. Era imposible tanta coincidencia. Un año después la historia parecía repetirse. ¿El destino daba una nueva oportunidad o se reía regocijándose en su recuerdo?. Más versos, más palabras, una nueva caja que llenar de sentimientos. No se lo había planteado así, pero el simple hecho de colocar aquella pequeña caja verde en el cofre presagiaba el deseo de cierta continuidad. ¿habría más cartas?¿habría más poesías?¿debía contestar?

No lo hizo. Abrió la puerta de su habitación. Se acercó a la de Hector. Apoyó su mano en el pomo y, al sentir el frío de aquel metal romo, de dorado barniz cascarillado, dio la vuelta. Regresó a su habitación. Cogió un papel y escribió "Me han gustado tus versos, ¿no crees que a la noche le ha faltado algo?" Simple. Concisa. Pero cobarde. Con un gesto de rabia arrugó el papel y lo arrojó a la papelera.



Volvió a salir de la habitación, de nuevo su mano sintió el gélido tacto del pomo cromado, de nuevo volvió a soltarlo con un escalofrío, de nuevo regresó a su habitación llorando, de nuevo cogió un papel y de nuevo escribió "mis labios se han despertado queriendo saldar la deuda que tienen con los tuyos", de nuevo volvió a tirarlo, pero nada era nuevo, todo ya había sucedido...

Amaneció. Hizo café, y con una sonrisa esperó en el comedor.

La coleccionista de versos XVI

Se despertó. Apenas había dormido 3 horas. Miró bajo su puerta esperando una posible respuesta, pero el suelo de frias plaquetas jaspeadas aparecía limpio, más si acaso que la noche anterior. Volvió a acostarse con la vista puesta en la pequeña línea de luz blanca que se colaba bajo la puerta. Así pasó varias horas, sin pestañear siquiera. Esperando una contestación. Confiado incluso en que sonara la puerta y ella entrase en su habitación desnuda, sin decir una palabra, para apacigar los besos que se morían en su boca. Pero no lo hizo.


No sabía qué hora era. Tampoco le importaba. El ruido de la calle le anunciaba que Lisboa empezaba a despertar, mientras, él se sumía en un profundo sueño, con los ojos abiertos, en el que ella abría una y otra vez la puerta y se evaporaba nada más cruzarla, una vez más, desvanecida, una vez más, apagada, una vez más extinguida...
Un leve olor a café cruzó la estancia. Ya estaría despierta. Se aseó, intentó corregir como pudo sus enrojecidos párpados para camuflar su llanto, y abrió la puerta. Al fondo, desde el comedor, como si nada hubiese pasado ella le invitaba a desayunar con una sonrisa.

sábado, 10 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XV

Mar recogió el papel. Temblorosa, fue abriendo lentamente sus pliegues. No sabía qué podía encontrar dentro, pero tampoco qué era lo quería hallar en aquellas palabras de caligrafía nerviosa. Pensó en no leerlo siquiera. Guardarlo directamente en aquella caja que segundos antes había abierto, después de muchos meses, y que reposaba sobre la cama. Tampoco sabía por qué lo había hecho. Por qué, justo aquel día, tras tantos meses de olvido había vuelto a descerrajar aquel cofre cargado de recuerdos que de repente saltaron al aire como los males del ánfora de Pandora. No hizo falta mirar adentro. Uno a uno fueron desplegándose por la estancia cuantos recuerdos había decidido mantener ocultos. Caricias, besos, un paseo bajo la luna y un adiós. Momentos que se sucedieron en su mente de forma fugaz, como ante los ojos de un moribundo.


Comenzó a leer. Aquellos versos inocentes le parecieron lo más bello que jamás había leído. De repente de la caja marrón de cenefas claras comenzaron a brotar poesías que otrora resultaron hermosas. La cerró de golpe, ordenándola callar. No era su momento. Su momento había pasado y hoy quería deleitarse con aquellas nuevas palabras que desterraban su corazón, que insuflaban un nuevo aliento de vida a una existencia condenada a la soledad, al ostracismo autoimpuesto en penitencia por haber abusado del amor. Por haber querido sin medida. Por haber huído de si misma renunciando a todo por temor.


Cuando acabó de leer cerró la carta con delicadeza. Sacó del armario una caja similar a la anterior, pero de color verde. Introdujo en ella la nueva misiva y metió ambas en el cofre. Vestida aún, abrazó su almohada y lloró hasta caer dormida.

viernes, 9 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XIV

Poco a poco fue oscureciendo. Cruzaron rápido la rúa Augusta en ese momento preciso en que sus gentes empiezan a transformarse, en que las cabezas de admiración que pasean álgidas observando un balcón neoclásico, o un escaparate de lujo se van transformando en miradas vacías que buscan una colilla a medias, una papelera en la que encontrar quien sabe qué resto de comida o, por qué no, un rincon donde caer muerto y desaparecer sin que nadie le eche en falta.


Llegaron a la Rua Augusto Sousa, justo para cruzarse con el 28 y dejarlo pasar para seguir andando, mientras un violinista dedicaba una desafinada sinfonía a los últimos turistas que bajaban del castillo de San Jorge, revisando sin prisas las postales de una pequeña tienda, riéndose de una tarjeta completamente negra en la que ponía "Lisboa a noite".


Subieron por la rua da Saudade y giraron en el limoeiro. Ahí aceleraron el paso. Aunque tranquila por la serenidad que dispensa la Alfama y el hecho de sentirse, por primera vez en mucho tiempo acompañada, la estrechez de sus calles seguía estremeciendo a Mar, que aligeró sus pasos hasta considerarse a salvo bajo el quicio de aquella puerta raída que guardaba el que era su hogar desde que llegó a Lisboa y que ahora compartiría con aquel extraño que, si saberlo, tantos recuerdos le había traído.

Apenas se dijeron un "boas noites", cada uno se encerró en su habitación, deseosos de contarse a si mismos lo que había pasado aquella tarde.

Mar lloró. Deseó ir hasta la Torre de Belem y dejar como siempre que aquellas lágrimas las arrastrara el mar, depósito de tantas penas, ensenada de tantos recuerdos derramados en forma de llanto. No sabia por qué lo hacía, pero aquella tarde había abierto viejas heridas que creía cicatrizadas. ¿empezaba a sentir o es que no había olvidado? Prefirió creer esto último y cerrar las puertas al optimismo. Era más fácil.
Hector se mostró desolado. Se sentó en aquella cama de la que ridículamente colgaban sus pies y se sintió maleable, frágil. Había ido buscando un escape, una estación para marchar a otro lugar, un punto de inflexión en su vida, y había encontrado dolor. No sabía por qué le dolía, si por momentos se sentía el hombre más feliz del mundo, pero tres nudos, uno en el estómago, otro en la garganta y otro en el corazón apretaban sus entrañas. ¿Se había enamorado? No lo sabía. No recordaba qué era eso. Un día prometió no volver a enamorarse y hasta aquel momento había cumplido con su compromiso personal. Pero allí, en aquella lúgubre habitación lisboeta dudó, se estaba traicionando, y empezó a escribir:


"...Tengo guardados en mis labios tantos versos que decirte como besos que entregarte. Quisiera hacerlo poco a poco, pero tanto unos como otros se desbordan cuando te ofrezco el primero. Con cada recuerdo tuyo me inspiras una poesía, con cada palabra, un beso se atropella en mis labios esperando encontrar los tuyos...

...Ayer le conté mis planes a la noche. Hoy iriamos a verla juntos. Contariamos sin prisas sus lunares, y sería la primera invitada a nuestro encuentro.


La mentí. Me preguntará por tí, y te dibujaré a mi lado. Despacio, recorriendo con tanta exactitud cada rincón de tu cuerpo que creo que podré engañarla. Pero solo hoy. Mañana, como yo, echará de menos tu sonrisa y el suave eco de tu voz..."


Tembloroso, pero decidido, salió de su habitación e introdujo el papel por debajo de su puerta. Luego, como un niño, salió corriendo y se encerró en su habitación llorando.

La coleccionista de versos XIII

Ella notó rápidamente cómo la mirada de Hector se clavaba en sus ojos, y una vez más decidió apartarla, mirar mas allá de las inquisidoras púpilas que intentaban encontrarse con las suyas, como si pudiese atravesarlo.


También había notado, halagada pero avergonzada, como horas antes la misma mirada había recorrido su cuerpo centímetro a centímetro sin perder un detalle. No la había molestado. En otra situación, quizás, hubiese espetado una respuesta secante que interrumpiera tal osadía. Pero por algún motivo, lejos de ofenderla, la mirada de aquel hasta entonces desconocido, le había parecido una suave caricia inocente. La de unas manos inexpertas que pasean por el cuerpo anhelado con miedo siquiera a rozarlo. No vio lujuria en sus ojos, sólo admiración. El deseo púber del niño que acaba de descubrir la fragilidad de los sentimientos y no quiere romper el encanto. La delicadeza de quien recibe un regalo y estudia detenidamente como desenvolverlo sin rasgar el papel que lo envuelve.

Los ojos de Hector miraban el mar, los de Nana las nubes. Los deseos de Hector pasaban por Mar, los de Nana por evaporarse y desaparecer. Hector miraba con temor a Nana, Mar mordía sus miedos.

Una pequeña campana que anunciaba el fin del trayecto rompió aquel momento de tensión, lo que ambos agradecieron. Instintivamente Hector buscó la mano de Mar, y agarrados, de la forma más inocente, salieron de aquel cubículo de madera. Mar, como si nada hubiese pasado, como si toda aquella tensión acumulada en aquellos 8 minutos de ascenso y descenso en aquel cajón de madera raída se hubiese escapado por el resquicio de las puertas al abrirse, siguió hablando, quizás de forma más nerviosa, pero apenas perceptible, de los encantos del Chiado, de las fiestas en las docas y de lo fácil que era conseguir ciertas sustancias en las ruas del ouro y de la prata.

Bajaron hasta la plaza del Comercio y allí, sentados de espaldas a la verdosa estatua de Jose I, mirando hacia el arco de la rua Augusta, comieron en silencio sendos helados de vainilla, que Mar compró en un quiosco a la entrada de la plaza.

jueves, 8 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XII

Otras veces cogía el mismo tranvía número 15 pero se se dirigía, en dirección contraria, a la torre de Belem. Allí, bordeándola, se sentaba en unas piedras.
Incluso en invierno, hundía sus pies en el agua, en ese lugar incierto entre el mar y el río, y se dedicaba a escribir. En un pequeño cuaderno de pastas de color hueso componía sus propios versos, o pequeñas historias que cerraba siempre con una breve reflexión personal, llena de sentimiento que reflejaba su realidad.
Era fácil saber su estado de ánimo. Los días en que se veía abatida por la melancolía sus ojos se perdían en el horizonte, y el salado de sus lágrimas contribuía a endulzar el mar. Por contra, otros días miraba hacia la ciudad, recogiendo del Tajo las aguas que venían de su Extremadura natal, con las que limpiaba sus recuerdos, impregnándolos de nuevos aromas, de nuevos sabores que le devolvían su juventud.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XI

Muchas tardes, al menos una vez por semana, cogía el tranvía número 15 que la dejaba a escasos 100 metros de la torre de Belem, compraba en la pastelería "Pasteis de Belem" unos pasteles de masa de hojaldre rellenos de crema y huevo, y se dirigía al Monasterio de los Jerónimos.
En la puerta saludaba al guarda, un recto vigilante que tras 2 años de metódicas visitas había decidido hacer la vista gorda y dejarla entrar gratuitamente, y se encaminaba por el claustro hasta la tumba de Pessoa, dónde se descalzaba, ponía sus zapatillas en un rincón, apartadas de la vista de los curiosos, se sentaba a sus pies sobre la fría piedra, y durante horas leía con fruición poemas en portugués, del propio Pessoa:
"A abelha que, voando, freme sobre
A colorida flor, e pousa, quase
Sem diferença dela
À vista que não olha,
Não mudou desde Cecrops.
Só quem vive
Uma vida com ser que se conhece
Envelhece, distinto
Da espécie de que vive.
Ela é a mesma que outra que não ela.
Só nós — ó tempo, ó alma, ó vida, ó morte! —
Mortalmente compramos
Ter mais vida que a vida."
O de Eugenio de Andrades, entre otros muchos:

Já gastámos as palavras pela rua, meu amor,
e o que nos ficou não chega
para afastar o frio de quatro paredes.
Gastámos tudo menos o silêncio.
Gastámos os olhos com o sal das lágrimas,
gastámos as mãos à força de as apertarmos,
gastámos o relógio e as pedras das esquinas
em esperas inúteis.
Meto as mãos nas algibeiras
e não encontro nada.
Antigamente tínhamos tanto para dar um ao outro!
Era como se todas as coisas fossem minhas:
quanto mais te dava mais tinha para te dar.
Às vezes tu dizias: os teus olhos são peixes verdes!
E eu acreditava!
Acreditava,
porque ao teu lado
todas as coisas eram possíveis.
Mas isso era no tempo dos segredos,
no tempo em que o teu corpo era um aquário,
no tempo em que os teus olhos
eram peixes verdes.
Hoje são apenas os teus olhos.
É pouco, mas é verdade,
uns olhos como todos os outros.
Já gastámos as palavras.
Quando agora digo: meu amor...
já não se passa absolutamente nada.
E, no entanto, antes das palavras gastas,
tenho a certeza
de que todas as coisas estremeciam
só de murmurar o teu nome
no silêncio do meu coração.
Não temos nada que dar.
Dentro de ti
Não há nada que me peça água.
O passado é inútil como um trapo.
E já te disse: as palavras estão gastas.
Adeus.
Los poetas portugueses siempre le habían parecido tristes. Pero era en esa tristeza dónde ella había encontrado su penitencia con el pasado y era, en aquella leyenda de la tumba de Pessoa donde encontraba su redención con el presente, su lucha por seguir viviendo.
Para ser grande, sê inteiro:
Nada teu exagera ou exclui.
Sê todo em cada coisa.
Põe quanto és
no mínimo que fazes.
Assim em cada lago a lua toda
brilha, porque alta vive

martes, 6 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos X

Sus ojos reflejaban el mar, aunque había nacido en un pequeño pueblo de la alta Extremadura.

Quizás por eso decidió abandonarlo un día para ir en busca de la amplitud del oceano, huyendo de si misma, de sus recuerdos, de un pasado que seguía guardando en una pequeña caja marrón de cenefas claras que llevó con ella y que guardaba bajo llave, en su habitación, en un cofre de madera con negros herrajes.



Aunque había decidido escapar de su pasado siempre llevaba consigo esta pequeña parte del mismo. Pequeña en tamaño pero grande en significado. En el lacerante dolor que rasgaba sus entrañas cuando, muy de tarde en tarde, invadida por la melancolía, la abría, buscando un poema, una frase o una fotografía que la devolviese a aquel momento que, sin embargo, intentaba olvidar.
Aquella era su vida, su pequeña historia. Varios poemas. Frases sueltas en una servilleta de papel del bar donde desayunaron. Una flor marchita que un día había marcado la cita de un libro que luego perdió su significado y unas fotos. Apenas diez. No dio para más. Una fecha en una entrada de cine. Un te quiero en un billete de autobús. Un te espero en una multa de la zona azul.
Había viajado a Lisboa con 21 años. Siempre le había atraído especialmente aquella ciudad. Un día alguien le dijo que allí, en sus contrastes, encontraría la felicidad, y tantas eran sus ganas de deshacerse de su tristeza que partió dejándolo todo. Menos los recuerdos, que la perseguían como aquella caja de la que no quería desprenderse.
Aprovechó una beca para estudiar y decidió quedarse. Buscar el olvido en una tasca del barrio alto o en una galería del Chiado. En el horizonte del atlántico desde la torre de Belem o en los rojos tejados desde San Jorge. Bajo un árbol en la estufa fría o sentada en las escaleras de los Jerónimos. En los ojos tristes de su espejo o en un poema garabateado en la pared y borrado mil veces.

lunes, 5 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos IX

Ensimismado en la conversación de Mar, Hector apenas se dio cuenta de que habían variado el rumbo. Tras tomar de un sorbo aquel fuerte pero a la vez dulce licor de guindas, otro más de los grandes contrastes lisboetas, habían dirigido sus pasos a la plaza do Carmo y ante sus pies se erigía majestuoso el elevador de Santa Justa.


Mar le invitó a tomarlo. Esperaron en silencio, por primera vez desde que iniciaron el camino, que les tocase el turno. Delante de ellos unos niños jugueteaban nerviosos, esperando subir a aquel artilugio neogótico que en turnos de 24 personas iba subiendo a los curiosos desde la moderna, céntrica y comercial calle de Santa Justa hasta el bohemio barrio alto, para volver a bajar en exactamente 8 minutos.

Durante el ascenso Hector volvió a mirar a los ojos de Mar. En su azul distinguió hasta tres tonalidades distintas que variaban desde el verde azulado de un atardecer en el mediterraneo hasta el azul verdoso del amanecer atlántico. Tan iguales, tan distintos... Se convertían en una ventana al mundo, al futuro, en aquel cubículo de madera con olor a rancio y un melancólico sabor a nostalgia, si es que la nostalgia se puede degustar. Durante un momento pensó que su mirada se correspondía, pero los ojos de Mar miraban más allá, a ningún punto fisico, a ningún lugar geográfico, sino a un momento inconcreto de su pasado que sólo ella conocía.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

La coleccionista de versos VIII

La comida, que había transcurrido en el más absoluto de los silencios, concluyó con una "biquinha" de café de puchero. Momento de relajación que Mar aprovechó para romper la quietud de la sala interrogando a Hector sobre su vida, mientras la casera, siempre callada, recogía los últimos enseres de la mesa.


A Mar le costaba sacar las palabras a un tímido Hector, que apenas contestaba con monosílabos o escuetas respuestas con datos concisos sobre su edad, su trabajo o su vida por Extremadura.


Convencida de que la causa de la timidez de Hector se debía a las continuas interrupciones de la casera, le invitó a continuar la charla en la calle con una "ginjinha", para adaptarse, dijo, a la vida lisboeta.



Bajaron hasta la Plaza del Rossio, subieron por la Rua de Sao José e hicieron cola durante unos minutos para poder degustar este licor de guindas, rito obligatorio para la digestión en la capital lusa. Por el camino Mar fue contando cómo había llegado a Lisboa a estudiar un postgrado de historia y se había enamorado de aquella ciudad de contrastes.


Tenía tan solo 23 años, pero hablaba de aquella ciudad como si formase parte de su historia, como si hubiese vivido allí la instauración de la república el 5 de octubre, o aquel mítico 25 de abril con una flor por fusil. Sus ojos se hacían más azules cuando hablaban del barrio alto, o del mercado de la plaza de Espanha, que decía, nada tenía que envidiar a la boquería,... a su estilo.


martes, 25 de septiembre de 2007

La coleccionista de versos VII

Dos golpes secos en la puerta le sacaron de su ensoñación. Paseaba con su mente por aquel país posible de Ruy Belo, en busca de un pájaro inocente, en un horizonte plagado de palomas.


- ¿tem fome? - le interpeló una voz desde el otro lado de la puerta.
No reconoció en ella la voz de la casera. Era una voz más dulce, quizás más joven, delicada como un susurro. Si no la hubiesen precedido aquellos golpes en la puerta hubiera pensado que salían del mismo Tajo, del ulular de una concha, de la suave brisa que a mediodía acaricia el mar de la paja.
Confundido abrió la puerta y ante él se abrieron, inmensos, dos grandes ojos azules, llenos de mar, repletos de un cielo sin horizonte. Tartamudeó. Intentó presentarse pero antes de decir palabra dos besos salieron a su camino.
- Hola, soy Mar, pero puedes llamarme Nana. - Dijo - Supongo que tú serás Hector. Te preguntaba si tienes hambre. Vamos a comer. Normalmente tendrás que hacerte tú la comida, pero como bienvenida te hemos preparado una ensopada. Es una especie de cocido. ¿Te gusta? Ay, perdona, pero es que llevaba tanto tiempo sin hablar castellano....

Abrumado por el torrente dialéctico de su interlocutora apenas si asintió, sin saber si decía que sí a que era Hector, a que tenía hambre o a que disculpaba su conversación, que para nada le había molestado. Todo lo contrario. Aquellas palabras precipitadas habían ido llenando cada uno de los vacíos con que se había encontrado en el viaje, en su llegada al país, o incluso, pudiera ser, en toda su vida.

Salió de la habitación siguiendo la estela de la joven, que con un breve pero decidido "ven" le había invitado a acompañarla.

Era menuda, pero bien proporcionada. Sin llegar a ser excesivamente pequeña. Sobre sus desnudos hombros caía una cabellera castaño, muy clara, podría decirse rubia, ordenadamente despeinada, que cubría parte de su dorso. La espalda, bien formada, producto quizás de alguna sesión de gimanasio, concluía en una cintura breve, aunque ligeramente ornamentada por dos pequeñísimos, casi insignificantes michelines que le dispensaban esa belleza de lo puramente natural. Llevaba una pequeña camiseta verde que dejaba entrever una espalda salpicada de lunares, en los que rápidamente encontró mil constelaciones. Los pantalones, beiges, algo anchos, impedían hacerse una idea clara del resto de su figura, pero pronto su imaginación empezó a dibujar el cuerpo perfecto con que había soñado toda su vida.

Tras esta lujuriosa radiografía subió avergonzado la vista, para encontrarse de nuevo con el azul oceánico de sus ojos, que le sonreían desde el fondo del comedor. A la derecha, poniéndose en pie desde un sillón de mimbre, la casera le invitó a tomar asiento y degustar aquellas viandas antes de que se quedaran frias. En silencio todavía, con un ligero "gracias" que se perdió en el camino, ocupó un taburete de madera y comenzó a comer, sin levantar apenas la vista de la mesa.
(Los nombres no son fruto de la casualidad, ni es pura coincidencia cualquier parecido con la realidad. No son sino un guiño cómplice a una lectora habitual de esta caverna y un homenaje a un gran escritor, que los usó en un libro por salir que ya recomendaré en su día. Espero que ni una ni otro se molesten por este plagio)

jueves, 20 de septiembre de 2007

La coleccionista de versos VI

Aquella habitación le devolvió a su más tiernos recuerdos de infancia, a la casa de sus abuelos maternos en aquel pueblo de la sierra de Gata. Una cama, con cabecero de forja, se erigía majestuosa en medio de la estancia, a una altura poco habitual para este tipo de mobiliario. Sus pies colgaban sin alcanzar al suelo cuando se sentó en el borde de aquel duro colchón, cubierto con una colcha, también de ganchillo amarillento.


A un lado de la habitación descansaba un viejo armario de castaño, por cuyas puertas chorreaban numerosas gotas secas de barniz, producto de numerosas inexpertas manos de pintura que habían ido cubriendolo durante años, quizás décadas.


A los pies de la cama, y a juego con aquel armario decimonónico, su cansada, pero miestriosamente hoy sonriente cara, se reflejaba en el espejo de un sinfonier en idénticas condiciones de conservación que su hermano mayor. Una raja, que cruzaba el espejo de arriba a abajo, permitía que en un juego, en el que se entretuvo durante varios segundos, pudiera ver duplicado aquel poco habitual rostro de felicidad.


Al otro lado, una ventana de marco de madera, que algún día estuvo pintada de blanco, abría aquella estancia a un horizonte ocre de tejados, que se diluía en el azul verdoso de un Tajo terminal, en comunión con el oceano, salpicado de coloridas pinceladas de ropas tendidas y un laberinto gris, trazado por las estrechas calles del barrio de Alfama.

Mirando a la izquierda, y no sin cierto esfuerzo, podía vislumbrarse una de las torres almenadas de la Sé lisboeta, cuyas campanas de arcadas de medio punto empezaban a sonar en ese momento llamando a misa de 12 a los fieles de Santa María.

La coleccionista de versos V

No le dio tiempo a responder. Antes de que pudiera pensar siquiera si debía contestar en castellano, en portugués, o simplemente decir su nombre, la puerta empezó a abrirse, con un leve chirrido de bisagras oxidadas y madera corrompida, por el tiempo y las termitas.

Por el breve espacio que una cadena otrora plateada permitía abrir la puerta, se asomó una faz destiempada, de cabellos desaliñados y mirada inquisidora. Con un fugaz vistazo, que recorrió su cuerpo de arriba a abajo, volvió a cerrar la puerta para abrirla de par en par, sin cruzar una palabra, sin dar tiempo a contestaciones o explicaciones. Con un tímido y automático "Bemvido" se encaminó hacia el interior, adentrándose en la penumbra de una vivienda con olor a humedad y ensopada, y sobrecargadas paredes decoradas con platos de cerámica de Estremoz, labores de ganchillo de Castelo de Vide, cuadros de un autor desconocido en una época decadente y viejas fotografías en sepia de lugares como Belem, Coimbra o Estoril.



La enjuta figura que le precedía vestía una raída bata marrón, que dibujaba un cuerpo extremadamente delgado. Presumía tiempos mejores y cierta bellleza anterior, hoy desdibujada por el paso prematuro de los años.

Tras varias puertas cerradas, algunas de ellas presumiblemente durante mucho tiempo y que se mostraban como un dibujo más en la pared, pasaron por una estancia de luz blanquecina dónde una olla de color cobre, ennegrecida en su base, despedía aquel olor a cocido casero que inundaba el ambiente. La cocina parecía también desprendida de aquellos cuadros en sepia que colgaban de la pared, con amarillentos azulejos y ajado mobiliario que bien pudiera exhibirse en un museo.


La figura marrón de delicadas curvas, que había ido ganando cierto atractivo, nostálgico y bohemio, a lo largo del corredor, se detuvo ante la siguiente puerta y, por primera vez en español, con ese acento que sólo los portugueses saben darle a nuestro idioma cuando se esfuerzan por ser entendidos, dijo: "Esta será tu habitación"

martes, 18 de septiembre de 2007

La coleccionista de versos IV

Llegó a aquella vetusta vivienda de desconchadas paredes en el tranvía 28. En su agónico circular pudo observar como casi arañaba las piedras de aquel viejo barrio, amalgama de culturas que habían ido dejando su impronta en la capital lusa.


La nueva Lisboa de la plaza de Restauradores, dónde le había dejado el ferrocarril, había ido envejeciendo a medida que aquel anacrónico vagón eléctrico iba ascendiendo las tortuosas y sinuosas cuestas del barrio de Alfama. Dejó a su derecha el Tajo en su desembocadura, la imponente catedral, y todas aquellas viviendas de colores ocres y azulejos, que se iban repitiendo ante su vista bajo la atenta mirada de los turistas en el castillo de San Jorge.


En una de aquellas reiteradas callejuelas descendió del tranvía. Según sus indicaciones aquella raída puerta marrón debía guardar en su interior los ecos del sonido desgarrador de un fado, o de cientos, quizás de Amalia Rodrigues, quizás de Dulce Pontes, impediendo que se escapasen, para mezclarse con aquel sonido de gaviotas y aquella mixtura de olores que envolvían con su magia aquella viva postal de antaño.


Al lado, una pequeña portezuela, que un día fue verde, cerraba el paso a su nueva vida. Golpeó con serenidad y tras unos segundos obtuvo un lejano "Quem es?" mientras unos pasos se acercaban hacia él.


La coleccionista de versos III

Se lo planteó como una aventura. Su primera gesta más allá de las letras, más allá de las escritas por insignes narradores y vividas en la intimidad de un sillón y una lámpara. Más que nunca se sentía con la fuerza, las ganas o la necesidad de escribir con hechos su propia historia, de rasgar sus vestiduras de héroe de papel y diseñarse un nuevo traje, de realidad, la que él mismo escribiría.

Su trabajo como traductor de páginas web le permitía cierta movilidad. Durante años había desempeñado aquel trabajo que le permitía ocultarse como un ermitaño en su casa sin necesidad de más relación que un frío correo electrónico y alguna que otra, cada vez más esporádica, charla con sus superiores. Sus exiguos beneficios apenas le permitían ir aumentando su bien nutrida biblioteca y reúnir escasos ahorros en previsión de alguna necesidad.

Llamó a su banco. Transfirió a la cuenta de su tarjeta sus míseros ahorros y, a través de Internet adquirió un billete de autobús a Lisboa, primera escala de su aventura antes de cruzar el Atlántico en busca de su paraíso particular. Su peculio no daba para más y allí podía asegurarse seguir con su trabajo, con la seguridad de haber dado el primer paso de su nueva vida, sin vuelta atrás.




También a través de la red alquiló una habitación, en la planta superior de una casa de fados, en el barrio de Alfama, dónde compartiría vivencias, cocina y baño, con una joven historiadora y la propietaria del inmueble, una cincuentona estudiante de Bellas Artes.