jueves, 17 de abril de 2008
Podéis besaros
martes, 8 de abril de 2008
El juego de llaves
Para navegar por los vídeos tenéis unas flechitas a derecha e izquierda del reproductor que os permitirán pasar de vídeo a vídeo. Cada programa está dividido en 3 partes de 10 minutos que es lo máximo que permite el Youtube.Para facilitar la navegación por los distintos días veréis que al lado del botón de play/pause del reproductor hay otro que permite elegir sobre pantalla el vídeo que queréis ver.
Espero que disfrutéis tanto como yo participando y si queréis asistir no dudéis en llamar, es una experiencia gratificante, y muy muy divertida.
sábado, 5 de abril de 2008
Sentado

¿cómo dijiste que te llamabas? Ah, sí, Lucía.
Mi madre llega asustada y me pregunta qué me pasa, por qué estoy sentado en esta acera. Le digo que nada, que me he caído de la bicicleta y me duele la rodilla. Sangra. La enfermera que me ayuda a levantarme dice que no es nada, que mañana se habrá pasado. Llega el médico y me felicita. Dice que es un niño precioso, al que llamará Raúl.
Le acompaño al colegio. Es su primer día y está nervioso. Llora desconsolado. Es normal, era su primer amor. Sé que no quería hablar conmigo de ello, es muy tímido y piensa que hay cosas que un padre nunca podrá entender. ¿Cómo no? Le cuento aquella primera vez, tus labios parecían de papel, recuerdas, James Dean tiraba piedras sobre una casa blanca, entonces te besé.
viernes, 4 de abril de 2008
De mi cabeza apoyada en la ventana
que sobre el cristal dibuja mi frente.
Ese círculo de vaho
que deja plasmado mi último aliento.
Esas lágrimas
que horadan mi piel hasta salar mis labios.
Esas agujas del reloj
que giran lentas, sin sentido.
Ese murmullo del río
que pasa para no volver.
Ese rayo de sol
que se apaga sin despedirse.
Esa primavera
que se convierte en otoño sin el calor del verano.
Esa espera infructuosa
que ve llegar mi tiempo, pero no a tí.
.....
Ese exceso de amor, esa jaula de grillos
Ese repentino calor, esa cigüeña sin nido
Esa dura obsesión, ese juego de niños
Ese estruendoso sopor, ese silencioso ruido
Esa loca ambición, ese "pierdo el sentido"
Ese sol sin calor, esa noche de frío
Esa primavera sin flor, ese gélido estío
Ese otoño sin color, ese invierno tardío
Ese sueño de alcohol, esa resaca de vino
Ese abrazo sin dos, esa soledad contigo
Ese triste corazón, este último latido....
miércoles, 2 de abril de 2008
La generación Nutella
Me refiero a los VIP, los JASP, los mileuristas o la generación de la nocilla. Todos invento de sociólogos y escritores que intentan equiparar a jóvenes de realidades completamente distintas e incluso divergentes bajo un mismo sello que los tribalice.
Hoy me he encontrado con alguien que perfectamente encajaría en cualquiera de estas tribus cronológicas y encima defendería sus arquetipos, bajo el simple pretexto de escucharse y no escuchar a los demás, su principal virtud.
Espido Freire es una chica bollycao en un mundo de Nocilla. Habla de momentos de estadio en la lectura de Harry Potter cuando ella establece inmensos espacios diáfanos dónde coloca a todos cuantos se salen de su entorno. Ya sean jóvenes indolentes, estudiantes perezosos o mileuristas que no llegan a 500 euros de sueldo. Lo importante, como en las abuelas de mi pueblo, es generalizar para no preocuparse de las especificidades, para no observar que existen ombligos que no sean el suyo, ni opiniones que no comparta. Se gusta y lo sabe. Posa hasta para un parpadeo y se cree la última vestal de una cruzada literaria que terminó en su cuna, depositaria de la excalibur de las plumas que nadie podrá esgrimir nunca más.

Yo me quedo en la generación Nutella. Mucho más pobre y desconocida. Distinta a los demás. de vaso feo, pero distinta.
Es tu ausencia
un sobresalto en la madrugada.
Una visita urgente al buzón,
encontrarlo vacío. Estremecerme
cuando suena el teléfono
y no eres tú.
Mirar al vacío buscando tu imagen
y solo ver tu recuerdo, que se pierde, se difumina,
en tu ausencia.
lunes, 31 de marzo de 2008
Recuerdos de algo que no pasó
(Te acuerdas de mí)
- "Claro qué me acuerdo de ti."
(Cómo olvidarte…).
- "Viajamos juntos por el Universo".
- "Visitamos la gran barrera de Coral, y París. Observamos el mundo desde lo alto del Kilimanjaro...y paseamos de la mano por el puente de la bahía de Sydney"

- "... Y vimos atardecer tras el Uluru..."

- "Y nos deslizamos en Bobsleigh por Cresta Sun".
(Cómo olvidarte)

- "¿Qué sucedió?".
(¿Qué sucedió?)
- "Se nos agotó el billete de ida."
- "¿Y no pudimos recargarlo?"
(¿Realmente no pudimos?)
Casilda salió del agua, con la ropa empapada. Escurrió su vestido, lo estiró al sol, y volvió a sumergirse en el mar, a nadar plácidamente entre las olas.
Este texto es una adaptación de otro públicado por María García en su blog y que oportunamente me presta para su publicación. Muchas gracias María.
miércoles, 26 de marzo de 2008
En las playas de Santa Pola

Siento bajo mis pies la suave textura
de la arena mediterránea,
roza (casi imperceptible) mi piel, con el candor
de tus labios de algodón, de tu tacto,
diente de león.
De vez en cuando un erizo
de mar extraviado, me recuerda
que no es sencillo caminar por tí.
Las olas acercan tu eco y dibujan (esbozan),
tu breve cuerpo en el horizonte,
palmo a palmo
(con delicadeza y a trazos nerviosos).
La concavidad de un seno, la convexidad
de un beso, la complejidad de un deseo.
La continuidad de una noche que no debió acabar,
(o no empezó).
Susurra tu nombre (que yo grito),
me lo devuelve en brisas que lo mascullan (lo mastican),
que te recogen, en este salado olor
a vida, por empezar.
martes, 18 de marzo de 2008
Con todos mis respetos

jueves, 13 de marzo de 2008
miércoles, 12 de marzo de 2008
Para qué enemigos...





Ya están mis cinco rarezas. Mi confesión personal. Espero no haberos aburrido mucho y confío en no haberos desvelado nada nuevo.
2.-Compartir cinco rarezas sobre tí mismo.
3.-Nominar a cinco personas para que continúen con el meme.
4.-Hacer saber a estas personas que están nominadas dejando un comentario en su blog
lunes, 10 de marzo de 2008
Cuando todos ganan

Quisiera ser optimista y unirme al lado de los que hacen valoraciones positivas, de los que se felicitan mutuamente, de los gritos de júbilo, de las palmadas de la espalda, de los que creen que han ganado. Pero no puedo.
Quisiera poder hacer una lectura sesgada de los resultados. Manipulada y tergiversada, subjetiva y autocomplaciente. Pero no me sale.
Quisiera ser como todos, pero no lo soy. Y donde todos ven un triunfo personal, particular o partidista yo veo una derrota del progresismo, de la pluralidad y la participación. Dónde cada uno saca sus conclusiones positivas, sus hemos ganado, hemos mejorado o somos los que más crecemos yo veo un hemos asfixiado, hemos extinguido o, simplemente... nos hemos salido con la nuestra... que no es la de todos.
Tendemos... bueno, no. Hemos caído, en el bifrontismo, en el bipartidismo enfrentado, en el blanco o negro, sin matices, en el tira o afloja y el cara o cruz. Se pierde la pincelada, el acento átono. Nos volvemos América y su tu o yo.
No estoy feliz pese a que los resultados nos auguran 4 años de ilusión, crecimiento y justicia social.
viernes, 7 de marzo de 2008
Esta es mi nuca
Ofrezco mi nuca para demostrar que los demócratas somos valientes, que no nos escudamos en una pistola para defender nuestras creencias, que no atacamos por la espalda a quienes no piensan como nosotros, que no tratamos de imponer nuestra ideología a cambio de sangre. Que ni sembramos, ni tenemos miedo. Tenemos confianza, sembramos ilusión, creemos en la paz.
jueves, 28 de febrero de 2008
Tienes
Tienes en tus manos una caricia para erizar la agonía de mi piel intacta.
Tienes en tu mirada mi mirada perdida.
Tienes en tu sonrisa un bálsamo para olvidarme del resto.
Tienes guardado un "te quiero" que nunca pronuncias.
Tienes expuesto un adiós que no se despide.
Tienes un "ven" que nunca me llama
Tienes mi ausencia que hoy te acompaña
Tienes mi compañía que hoy está ausente
Tienes un tengo y no quiero, un quiero y no puedo, un puedo y no creo.
Tienes un grito de amor que no oyes.
Tienes un silencio eterno que taladra tu oido.
Tienes una muestra de amor que no es visible.
Tienes una extraña visión de este amor tan ciego.
Me tienes a mí, y yo no te tengo.
Te tengo en mi mente y ya no me acuerdo.
miércoles, 27 de febrero de 2008
El candidato VI
Recordó sus primeras campañas democráticas. Sus primeros viajes. Aquellas caravanas de vehículos acompañadas eternamente por el soniquete de la sintonía del partido. Aquellas largas charlas en destartalados autobuses ideando un futuro mejor, diseñando un país más justo.
Encendió el móvil. Recibió varios mensajes publicitarios y un aviso de llamada perdida. La recuperó. Era un compañero de grupo preguntándole por el mitin y quejándose de su situación, bastante similar a la suya. Ambos se consolaron mutuamente y quedaron en no volver a ceder a las presiones del partido y dejar de asistir a este tipo de actos. Sabían que no lo cumplirían.
Recordó las amplias conversaciones después de los primeros mítines, analizando los discursos, buscando defectos y tomando notas para mejorarlo en el siguiente. Ahora todo era distinto. Miró los folios que descansaban sobre el sillón del acompañante listos para el próximo acto, sin modificar una coma.
Cuando levantó los ojos del papel apenas le dio tiempo a reaccionar. Un vehículo en dirección contraria, el único con que se había cruzado en todo el día, ocupaba su carril. No pudo esquivarlo. Por momentos pasaron por su mente a velocidad de vértigo todas las imágenes que habían ido recreando su pasado durante aquel mismo día. Sintió frío, luego un calor enorme, de nuevo frío y vio como poco a poco sus fuerzas se desvanecían, sus ojos se cerraban. Pensó en aquellas cinco mujeres que habían asistido a su último mitin. Cinco votos seguros que habían cambiado por una vida. Su último aliento se fue consumiendo mientras pensaba si había merecido la pena entregar su vida por aquellos cinco votos, o los cinco anteriores, o los primeros... así toda una vida.
El candidato V
Manuela y sus comadres ocuparon las sillas centrales del salón. Sus bromas relajaban la tensión del candidato que anotaba en su agenda un nuevo día perdido. Un largo viaje y tanto sacrificio personal para asegurar 5 votos afines que estaban garantizados de antemano. Pensó por momentos si continuarían con la parodia y pronunciarían sus discursos o si lo dejarían en una charla informal entre los asistentes.
Dieron 5 minutos de cortesía por algún rezagado que quisiera incorporarse y comenzaron. El representante local sacó sus papeles y ante sus parroquianas fue enumerando la penosa situación en que se encontraba el pueblo. El candidato se vio obligado a responder con la disertación que llevaba preparada. Un batiburrillo de promesas y advertencias cortados y pegados del manual de campaña.
Recordó su primer mitin y como acudió a él sin nada preparado. No lo necesitaba. Las palabras fluían de su boca sin necesidad de apuntes. Eran otros tiempos y había mucho que contar, mucho que hacer y mucha gente a la que convencer. Con gesto amenazador se había subido al púlpito y había levantado a un público entregado, que salió del acto con la firme convicción de que podían cambiar el mundo y que merecía la pena luchar.
Hoy, ni siquiera él salió convencido. Recogió sus cosas, soportó estoicamente una nueva soflama de lamentos del representante local y buscó desesperadamente su coche para volver a su casa de alquiler, donde le esperaba un libro, su única compañía en los últimos 23 años.
El candidato IV
Durante varios minutos deambuló por el pueblo, errático, buscando el bar dónde debería celebrarse el acto. No había a quien preguntar. La soledad de aquellas calles junto al calor húmedo, impropio de aquellos días, que emanaba de su asfalto, hacían volar su imaginación. ¿Sería el único superviviente de algún tipo de catástrofe? Se divertía pensando en cómo serían las cosas en caso de que esto sucediera. Inmediatamente se entristecía compadeciéndose de si mismo. No estaría más solo que ahora mismo, se martirizaba.
Recordó las personas que habían pasado por su vida. Familia, amigos y varias mujeres. De estas apenas recordaba sus nombres. Una a una habían ido desapareciendo tras ofrecerle siempre la misma alternativa. O la política o yo.
Sólo una le había hecho dudar. Una periodista 10 años menor que él. Apareció en su vida tan repentinamente como luego desapareció. No hubo posibilidad de elegir. Sin duda habría optado por ella. Hubiese abandonado todo por aquella mujer. Pero fue la única que no le dio la opción de decidir. Surgió en el ecuador de su carrera y la desestabilizó por completo. Absorbió toda su atención, descuidando por completo sus obligaciones. Se convirtió en una obsesión de la que le costó varios años salir. Quizás fue ahí cuando comenzó el declive de su andadura política.
Siguió vagando por las angostas calles de aquel pueblo. Por fin encontró el bar. Lo reconoció por los dos tristes carteles con su nombre que colgaban a la puerta. Una cancela entreabierta y una luz fluorescente le invitaban a entrar. Dentro le esperaba el propietario del bar y candidato en las últimas elecciones, que compartiría acto con él, y un joven que huyó sin apenas saludar según entró en el salón.
Menos de una veintena de sillas vacías auguraban el escaso éxito de la convocatoria y la falta de expectativas de los organizadores.
Se saludaron cariñosamente, intentándose quizás insuflar ánimos recíprocos ante la falta de esperanza que dispensaba aquel desolador local vacío. Poco a poco fueron compartiendo sus sensaciones de desánimo y alentadores agasajos mutuos que intentaban levantar la moral de su compañero.
"Compañero" ¿Cómo había perdido sentido aquella palabra? Recordaba cómo se le llenaba la boca cada vez que la usaba al principio de su carrera. Era un acto de reconocimiento a la persona. Encerraba, a la vez que cariño y devoción, un sentimiento de complicidad, de fraternidad y lucha conjunta. Luego se fue desvirtuando. Se normalizó y cayó en un uso casi instintivo, manido y carente de significado.
El candidato III
Quedaban aún más de 70 kilómetros y el camino empezaba a hacerse interminable. Encendió la radio. En una emisora nacional varios periodistas se enzarzaban en una agria discusión sobre quien había ganado el debate electoral del día previo entre los dos grandes candidatos a las generales. Un debate insulso y sin aportaciones por ninguna de las dos partes que le había hecho abominar aún más de la política.
Recordó el primer mitin al que asistió. Entonces no había debates televisivos. Ni siquiera televisiones. Ni nadie que comentase en las radios lo que allí se decía. No era tampoco un mitin, al menos tal y como ahora se concebía. Fue en un pequeño cobertizo a las afueras de su ciudad. En un barrio obrero. Los asistentes se fueron concentrando por separado, nerviosos, evitando cualquier tipo de sospecha. Había estado toda la semana imprimiendo pasquines en una imprenta clandestina para informar del acto y repartiéndolos por la noche en los lugares acordados por el partido. No había lugar ni hora en aquellas cuartillas. Un sencillo sistema de encriptación, que solo ellos conocían, permitía averiguarlo.
Fue un acto rápido. Los líderes de la formación fueron lanzando precipitados discursos sobre los derechos humanos y la continua agresión que sufrían. Eran otros tiempos. Pero aquellos discursos resultaban alentadores e insuflaban ánimos, motivos para la lucha.
Fue repasando su discurso. El que tenía preparado para el mitin de aquella noche. Vacías promesas de progreso y mejoras en la calidad de vida, junto a retazos de un pasado cercano de infausto recuerdo. El progreso contra la inmovilidad, el bien común contra el nepotismo, se fue repitiendo poco convencido. Frases que habían perdido sentido y que creía haber repetido más de mil veces.
El candidato II
Recordó su incursión en la política. Había promovido una huelga en el instituto por la falta de calefacción. Le llamaron de dirección y se temía lo peor. Por el camino iba buscando una excusa para dar a sus padres en caso de expulsión. Siempre le dijeron que se mantuviese al margen de estas provocaciones, que solo le traerían problemas. Pero era incapaz de permitir cualquier injusticia por pequeña que fuera, y siempre se veía inmerso en todas las huelgas y manifestaciones que se organizaban.
La puerta del director le esperaba abierta. Como era habitual el negro sillón giratorio miraba hacia la pared. De detrás de su amplio respaldo, junto a una bocanada de humo, salió un "cierra" tajante que le heló el alma y le hizo temerse lo peor. Hasta allí había llegado su carrera educativa.
El sillón giró poco a poco para descubrir el gesto adusto del director del centro. Un hombre de mediana edad, barba poblada y gafas de pasta que se ocultaba casi permanentemente tras una enorme pipa de fumar.
Le preguntó si se sentía orgulloso de haber movilizado a medio instituto, haciéndoles perder 3 irreemplazables horas de estudio. Él contestó que sí, y que volvería a hacerlo si no se cumpliesen las necesidades mínimas para su bienestar. No sabía de dónde le había salido ese ímpetu. Quizás de la seguridad de saberse ya expulsado.
El director le miró absorto. Se levantó de su sillón giratorio y sacó del archivador una ficha de afiliación a un partido ilegalizado. "¡Firma!", le invitó. Echó un vistazo a los estatutos y el reglamento de régimen interno que le acompañaban y plasmó su firma en aquel documento, comprometiéndose a defender y luchar por los valores democráticos que contenía, y en los que siempre había creído.
Eso no le libro de una sanción, y durante 10 días pudo preparar en casa, sin tener que ir a clases, su primera intervención pública. Una arenga en unos almacenes invitando a sus empleados a movilizarse en contra de la explotación salarial.
martes, 26 de febrero de 2008
El candidato I
viernes, 22 de febrero de 2008
El sapo que aprendió a leer (IV)
La pequeña cada vez estaba más preocupada por su estado. Cada día pasaba más horas leyendole cuentos sin saber siquiera si los escuchaba. Ponía su mano izquierda sobre su lomo mientras con la derecha iba pasando hojas sin cesar, cayendo incluso ella misma agotada y casi enferma por las continuas atenciones.
Los ojos de Robin se fueron cerrando, hasta que un día, mientras el lobo soplaba con insistencia la casa de ladrillo de los tres cerditos, cayó exánime, como muerto. La niña se sobresaltó y una lágrima surcó su rosada mejilla. Temiéndose lo peor acercó sus labios al animal y depositó sobre su costroso lomo un beso, lleno de cariño y sentimiento, que se mezcló con el salado sabor de sus lágrimas. En un último respiro Robin abrió sus ojos. Había conseguido aquel beso. Los cerró voluntariamente y con fuerza esperando la metamorfosis. Pero no se hizo. Pensó que sería un proceso lento, que tardaría horas, quizás días, y que pronto empezaría a sentir los cambios.
Se propuso no morir. Sacaba fuerzas de flaqueza para intentar sobrevivir a aquella mutación que se avecinaba. Saltó levemente a su palangana de agua y durmió esperando.
La niña se alegró de ver la leve mejoría. No había cambiado su color, pero su respiración volvía a ser fuerte y acompasada. Le dejó dormir.
Robin soñó que era un príncipe. Que se casaba con su princesa y eran felices. Que celebraban la boda en la charca donde, beso a beso, todos sus congeneres se habían convertido en apuestos galanes. Cuando despertó se miró en el agua, esperando ver el bello rostro con que había soñado, pero no, se encontró con sus cobrizos ojos saltones, reflejados en las ondas que sus lagrimas producían al caer.
Desesperado quiso huir. Quizás morir. Sin saber de donde sacó fuerzas para saltar sobre la ventana. Y en el alfoz se dejó caer al vacío. Buscando la muerte. Fue cayendo despacio. Un piso, dos pisos, tres pisos, la puerta de la cochera, una alcantarilla....
Todo se volvió oscuro. Despertó atolondrado y pensó que aquello era la muerte, que aquel túnel que le dirigía a una luz era el que tantas veces había leído en los libros que su princesa ni siquiera abría. Era un túnel largo obre el que flotaba a una velocidad vertiginosa. La luz estaba cada vez más cerca, y de repente se sumergió en una extraña sustancia que le recordó a su infancia. ¿Sería una regresión?¿Existiría la reencarnación y estaba entrando en un nuevo huevo para volver a nacer?
De pronto despertó. Estaba sobre su vieja hoja de nenufar y le rodeaban todos sus amigos de la charca que le preguntaban insistentemente qué había más allá. Las hembras mostraban un especial interés, y una de ellas, de la que había estado profundamente enamorado años atrás le miraba con los ojos más abiertos que nunca.
"Nada" dijo Robin, "Más allá no hay nada, sólo la prueba de que los sapos, sólo somos sapos"
Nunca más volvió a hablar de su aventura. Nunca más volvió a preguntar por aquella charca madre de la que nacían el resto de mundos. Se echó a un lado en su hoja de nenufar y abrió un hueco para aquella hembra, que nunca más volvió a preguntar.
Ah! y nunca dijo a nadie que sabía leer, aunque todos los habitantes de la charca se reunían cada día para escuchar los bellos cuentos que se inventaba sobre principes y princesas. En los que nunca se habló de un sapo encantado. Ese, lo guardó para sí.
El sapo que aprendió a leer (III)
Como si supiese de su interés por aprender, la niña dejaba cada noche el libro abierto por la última página para que Robin disfrutara una y otra vez de aquellos felices finales. No hacía falta. Robin había aprendido a sacar los libros de los estantes gracias a sus diminutas patas prensiles, y cada día esperaba a su rapsoda descubriendo nuevos mundos, otras historias, en los cientos de ejemplares que poblaban aquella biblioteca.
Con cierta dificultad al principio, pero con fluidez después, Robin se paseó por las historias de las mil y una noche y desgrano uno a uno los cuentos de los hermanos Grimm y Hans Christian Ardensen.
Su cuento preferido era el príncipe encantando, de los hermanos Grimm. Cada mañana se despertaba y leía aquel libro, soñando que un día, su princesita le besaría y se convertiría en un hermoso y apuesto príncipe. Cuando llegaba se erguía, dirigiendo su cuerpo hacia los labios de la niña, buscando ese ósculo salvador, pero ella sólo reía por las curiosas posturas que adoptaba Robín en su intento.
Así fueron pasando los días, y Robin fue cayendo enfermo. Enfermo de tristeza, de pena, de ausencia. De la falta de ese beso transformador. Apenas prestaba atención a los cuentos que ya había leído y que la niña con cariño seguía dedicándole, preocupada por su apatía y sus colores cada día más atenuados, ignorante de su causa.
El sapo que aprendió a leer (II)
Cuándo la luz se volvió tenue, y un inmenso olor hasta entonces desconocido para él se apoderó de sus pulmones, fue consciente de que había perdido cualquier posibilidad de vuelta a casa. Intentó en vano buscar la salida, pero sólo una pequeña rendija de luz blanca, bajo una gran madera, le unía a su pasado a la vez que le impedía el paso.
Abrió todo lo que pudo sus cobrizos ojos saltones y, a tímidos brincos, fue escrutando el lugar, impregnado por aquel hedor que con el tiempo llamó olor a libros.
Cansado se aposentó sobre un raro tronco, circular y cubierto de una extraña tela, sobre el que descansaba abierto uno de aquellos haces de hojas infectado de manchas negras.
Cuando despertó aquel haz de hojas no estaba a su lado. Una niña rubia de ojos verdes lo tenía en sus manos e interpretaba en voz alta el significado de aquellas manchas negras. Nuestro sapo miró aterrado. Nunca había estado tan cerca de un humano. Pero a la pequeña pareció no molestarle su presencia, incluso diría que le estaba dedicando aquella historia que salía de sus labios . Era la historia de una princesa que dormía durante años para despertar con un beso de amor. A Robin, que así se llamaría después nuestro protagonista, le pareció preciosa, y cuando la niña depositó de nuevo el libro sobre la mesa recorrió con interés sus letras para intentar interpretar cuanto ella había leído.
Al día siguiente la niña llegó con un pequeño recipiente lleno de agua, en el que delicadamente introdujo a Robin, y unas extrañas escamas de sabor salado que fue lo único que pudo llevarse a la boca en días, y le supieron deliciosas. Tras tan suculenta comida le volvió a leer un libro. Este de otra princesa que caía enferma por morder una manzana y era salvada de nuevo por un príncipe. Cuando la niña dejó el libro, Robín volvió a recorrer sus páginas buscando significado a aquellas manchas de color negro.
jueves, 21 de febrero de 2008
El sapo que aprendió a leer (I)
Fue saltando de baldosa en baldosa, por aquel frío terreno, hasta que el suelo se tornó de color marrón y las paredes se convirtieron en extraños árboles de ramas perfectamente cuadradas de las que colgaba haces de hojas, todas blancas, infectadas de una rara enfermedad de manchas negras.
El viaje de Chihiro
Son 8 años, intermitentes pero 8 años, viajando en este autobús. Con la misma bolsa a mis espaldas y cada vez menos ilusión. Todos los caminos se han vuelto el mismo y este hato de grasa y huesos empieza acumular polvo, gastándose por momentos como un viejo auto al que nadie pasa la revisión.
Una maraña de caminos, de carreteras sin principio ni fin, de noches sin dormir y dolores de cuello, espalda y corazón. De mucho tiempo para pensar y muy poco para vivir. Dejar atrás, 8 años después, lo mismo que dejaba en aquel primer viaje ilusionado a las islas canarias. Mi primer viaje.
No saber de dónde sales ni a dónde vas. Cuál es el principio del camino y cuál el destino, porque aquí y allí, lugares tan inconcretos, ¿cuál es cuál?, te espera lo mismo.
Hubo viajes ilusionados. Los más por el regreso. Pensar que volvías a tu vida. Sin embargo hoy mi vida es simplemente este viaje, y no es una reflexión machadiana de construcción de camino, sino de destrucción del que falta por hacer. Las baldosas rotas que voy dejando a mi paso y que se quiebran en el momento de pisarlas, antes incluso de asentar mis pies.
Cansancio, hastío, del gris del cielo, del gris de la carretera, del gris de mi camino, del gris de una bolsa vacía que solo lleva ropa para un día, que sólo se hace pensando en las siguientes 24 horas. Más allá, no hay nada. Todo está por destruir.