
Hacía frío y llovía. Decidí esperarte en la calle aunque no me habías asegurado si vendrías. Mis labios amoratados titilaban dejando escapar un ligero castañeteo que acompasaba los leves espasmos de mi cuerpo arrecido. Un manto gris impedía al sol obsequiarme con aquellos rayos que un día habían iluminado nuestros paseos.
Pensé que como siempre, un claro se abriría cuando llegaras, pero sin embargo negros nubarrones se fueron cerrando sobre mi cabeza, mientras la lluvia arreciaba sobre mi cuerpo, que iba estremeciéndose en un guiñapo cada vez más constricto en fetal disposición.
Apenas si podía abrir los ojos, empapados entre el fragor de la lluvia y el salobre gusto de unas lágrimas que predecían tu ausencia.
Mi vieja y raída capa comenzó a pesar, no sé si tanto por el agua acumulada como por el frío reumático que castigaba mis ajados huesos.
Mi cuerpo siguió empequeñeciendo, con mi cabeza cubierta por mis brazos que se cerraban en espiral sobre mi regazo. Ese sobre el que tantas veces te habías dormido.
De pronto una luz me indicó que llegabas. Abrí los ojos y desperté boca abajo. Lloré amargamente aquel frío despertar de mi agónico perecer. Todo era calor y luz.
Acababa de nacer y ya te había soñado.
Pensé que como siempre, un claro se abriría cuando llegaras, pero sin embargo negros nubarrones se fueron cerrando sobre mi cabeza, mientras la lluvia arreciaba sobre mi cuerpo, que iba estremeciéndose en un guiñapo cada vez más constricto en fetal disposición.
Apenas si podía abrir los ojos, empapados entre el fragor de la lluvia y el salobre gusto de unas lágrimas que predecían tu ausencia.
Mi vieja y raída capa comenzó a pesar, no sé si tanto por el agua acumulada como por el frío reumático que castigaba mis ajados huesos.
Mi cuerpo siguió empequeñeciendo, con mi cabeza cubierta por mis brazos que se cerraban en espiral sobre mi regazo. Ese sobre el que tantas veces te habías dormido.
De pronto una luz me indicó que llegabas. Abrí los ojos y desperté boca abajo. Lloré amargamente aquel frío despertar de mi agónico perecer. Todo era calor y luz.
Acababa de nacer y ya te había soñado.













