martes, 15 de enero de 2008

El perro del poblado

Cuando vivía en Mérida frecuentaba la casa de un amigo que vivía en el poblado del butano. Creo que es así como se le conocía. Allí había un perro de uno de los vecinos que cada mañana se acercaba a jugar conmigo. Nada más entrar mi coche por la cancela del poblado el perro comenzaba a ladrar jubilósamente y a mover el rabo con brío. Hasta llegué a temer que un día se le desencajara. Mientras estaba en la zona el perro no se movía de mi lado. Durante horas pasaba mi mano sobre su cabeza y él, ensimismado, me miraba como si entendiera lo que decía. Pásabamos largos ratos juntos, y mientras yo estuviese allí no había otra persona para aquel perro, ni para mí otro perro en todo el poblado.

Un día fui a jugar allí con unos amigos. Habíamos comprado unas pistolas de esas de bolas de plástico y la zona era idónea. Una casa en ruinas nos haría las veces de escenario para nuestros juegos. En cuanto llegué el perro se unió a mi bando, y pegado a mí me seguía por toda la casa. En un lance del juego, desatado, fuera de mí, arrastrado por la pasión y la adrenalina de la ficticia batalla, salté desde una ventana, me giré y disparé con un solemne "Toma cabrón!" buscando en mi objetivo al único rival que quedaba del bando contrario, mi amigo Jose María. Pero aquel perro se cruzó en la trayectoria de mi proyectil. Creo que no le dolió tanto el disparo de aquella insignificante bola de plástico como el grito apocalíptico y la mirada de odio que por segundos le dirigí.

Aunque rápidamente le acaricié e intenté disculparme como sólo se puede hacer con un perro, desde entonces dejó de mover su rabo cuando llegaba al poblado. Con él entre las piernas y una mirada triste se acercaba a mí, me olisqueaba y, a veces, se sentaba a mi lado, sumiso, pero con una oreja siempre levantada y un ojo mirando mis manos. No fuera a sacar de nuevo la pistola. No volvió a jugar conmigo como antes.

Fue algo inofensivo y reflejo. Pero perdí su confianza. Hoy me arrepiento, pero de nada vale, nunca recuperaré la sinceridad de aquellos saltos de júbilo.

La confianza tarda meses en ganarse pero se pierde en un sólo día.

1 comentario:

el secreto de la vainilla dijo...

la confianza tiene que pasar muchas veces por amplio mar de las desilusiones, que a veces te atrapa con olas gigantes, pero recuerda amigo, siempre siempre siempre, después d ela tempestad, viene la calma.