miércoles, 28 de enero de 2009

Sigo escribiendo para ti


Volví a oír tu voz. Tus palabras fluyeron cristalinas por el cauce de mis sueños, por esos regatos revoltosos que rodean mis sentimientos, por esas estrechas gargantas que separan la locura de la desesperación.

Tus palabras volvieron a ser bálsamo para mi desesperanza, rompeolas de mi incertidumbre, canal de mi deseo y ensenada de mi amor, a la que regresó el agua tras varios días de barbecho.

Escuché tu risa, tus bellos silencios, y esos tenues susurros que se han hecho imprescindibles.

El eco de tus palabras permanece inalterado en mi pensamiento cada mañana al despertar.

Su dulzura, ese timbre afrutado que llega hasta mis oídos como un susurro en la clandestinidad de alguna noche perdida, o una tarde invernal, sigue resonando, latiendo ingrávido en las paredes de mi habitación, que esconden el ritmo secreto de un corazón que se salió de su caja y sólo allí, o donde suene tu voz, encuentra acomodo.

Días sin ti. Horas marchitas para cuando por fin nuestros ojos vuelvan a cruzarse. Son para mí un abismo, un negro agujero de incertidumbre, la malsana dieta de un deseo hambriento de tu presencia.

Necesito verte, tocarte, respirarte, y volverte a expulsar de mis pulmones lentamente, dejandote escapar por mis labios, en un beso profundo que termine entre mis dedos, para enredarse en tu cabello, para acariciar tus labios, tus ojos, tus senos.

Dulce bocanada de aire vital.


La danza de la mariposa muerta (Capítulo VIII)

Capítulo VIII
Despertar

Cuándo despertó había perdido completamente la noción de dónde se encontraba. Un fuerte dolor de espalda y el ronquido de 11 jugadores de baloncesto, el mister, el fisioterapeuta, el delegado de equipo y el segundo entrenador le devolvieron rápidamente a la realidad.

Se asomó por la ventana y tuvo que esperar varios kilómetros para ubicarse. “Alcolea del Pinar 12 kilómetros” ¿Todavía? ¿Cuánto había dormido? ¿10 minutos? No sabía realmente dónde se había quedado dormido, lo que sí comprendía es que aún le quedaban más de 5 horas de viaje, incluida la pausa de 45 minutos que harían en breve.

Automáticamente se llevó la mano a la barriga, no por hambre sino buscando el libro. No lo encontró. Por momentos deseó que todo no hubiera sido más que un sueño y librarse así de aquel cometido que tanto le estaba costando cumplir. Pero no, el libro estaba sobre el asiento de al lado, cuidadosamente cerrado y con el ticket de compra haciendo de marcapáginas. Después de todo antes de dormirse había conseguido cerrarlo.

Intentó cerrar los ojos y sumirse de nuevo en el sueño que acababa de interrumpir, pero aquel diario parecía llamarle desde el asiento de pasillo. “Hasta la parada” – Se dijo. Y continuó leyendo, pese a que no le gustaba encender la luz de lectura del autobús por no molestar a sus compañeros de viaje. Ninguno pareció notarlo.

Desistir

Llevo dos días escribiendo y ya me estoy planteando desistir. ¿De qué me sirve este juego? Pretendía escribir una biografía. Aunar todos los relatos que he ido escribiendo sobre mi vida a lo largo de esta y acompañarlos de aquellos pasajes que aún no habían tomado literatura.

Pensaba que así podría recuperar los momentos que me han hecho desdichada y afrontar mi destino con mayor determinación. O quizás, inconscientemente, buscaba pasajes felices para no culminarla.

He dejado el borrador de este libro intencionadamente sobre la mesa estos dos días, esperando que alguien lo viese e intercediese en mi decisión. Al final soy como casi todas y este intento no va a ser más que un vacuo esfuerzo por llamar la atención, por buscar un grito que me pare, una voz amiga que lo interrumpa a tiempo.

Pero no. Tan solo Luís lo ha mirado por encima, haciendo como que lo leía, como con todo lo que escribo, con ese fingido gesto de aprobación que tan practicado tiene, y Ana, cuando vino a cenar, lo apartó refunfuñando porque siempre tengo la casa llena de papeles.

Hubo un momento en que pensé que María lo iba a leer, pero no era más que uno de esos instantes de abstracción que ella tiene y se queda fija, absorta en cualquier objeto, el libro en esta ocasión, una copa el resto de la noche.

No, no lo han leído. Pero creo que aunque llenara la mesa de pastillas, colgara una soga de la lámpara, acercara un poyete a la ventana y dejase el lavabo lleno de hojillas de afeitar oxidadas ninguno pensaría en que mi intención es hacerme daño.

¿Cómo van a pensarlo de Natalia? La dicharachera, la feliz, la triunfadora, la envidia de media ciudad y la admiración de la otra media…

Durante años me he forjado esta máscara que hoy me cubre y, a veces, pienso que soy yo misma la que estoy equivocada y en realidad no soy la que duerme sola cada día, atiborrada de pastillas para no desvelarme a media noche, si no la afable, servicial y siempre alegre Natalia que todo el mundo reconoce.

Quizás la máscara sea la visión que guardo solo para mí, esa mirada lánguida, apenada, ese deambular errático, esos pies descalzos arrastrándose por un pasillo sin ruidos…

Puede que cada noche me camufle en ella para engañarme, para descargarme de ser la “estupendísima chispa de la vida” y relajar la carga que representa.

Es posible que la Natalia real sea la que mañana no sepa nada de este libro y pasee por las calles saludando a diestro y siniestro, o bromee con sus compañeros sobre lo excepcional que serán las próximas vacaciones de verano, y no la que ahora cierra este capítulo indecisa, sobre si poner fin a este relato o dejarlo sobre la mesa a ver si mañana alguien lo lee…”

“¡Lo sabía!” Exclamó en voz excesivamente alta para el silencio reinante del autobús. Afortunadamente tan solo el conductor, Ángel, miró hacia atrás extrañado sin saber de quién había sido aquella exclamación. El resto seguía dormido, o al menos eso parecía ya que nadie se inmutó ante su pequeño grito.

“¡Lo sabía!” dijo ahora entredientes avergonzado. “¡Al final es solo un grito de atención!, ¡No lo hará!” –pensó, cuando se dio cuenta de que aquel libro estaba entre sus manos, completo, editado y publicado, lo que significaba que al final había decidido continuar.

lunes, 26 de enero de 2009

Las feas no tienen derecho a seguridad, o corren menos riesgo

Lamento interrumpir aquí el relato, continuará en breve, pero acabo de escuchar una noticia que me ha dejado estupefacto y he considerado que merecía una reflexión.

Resulta que Berlusconi, primer ministro italiano y capo de los medios de comunicación, ha afirmado que en Italia, para evitar las agresiones sexuales, debería haber tantos soldados como chicas guapas. ¡Estos son los grandes políticos! (lease con ironía)

Lo que no sé es si habrá que pasar un casting para que a la chica le asignen un militar que la defienda de las agresiones sexuales, visto que el culpable de su posible violación no es el agresor si no su belleza.

Dada su experiencia televisiva imagino que Berlusconi ya estará planteándose un "Gran soldado". Varias chicas entran en un plató y aquellas que vote el público podrán salir acompañadas de un militar que garantice su seguridad, y por qué no un bello romance tipo "oficial y caballero", cuantas Debra Wingers habrá en Italia... El resto, simplemente no lo necesitarán, porque claramente solo las guapas son agredidas, las feas, afortunadamente para ellas, al menos se libran de esa lacra.

Por su parte, Alessandra Mussolini, que por su apellido comprenderéis que no pertenece al partido comunista precisamente, ha señalado que se necesitan tantos soldados porque hay demasiados hombres feos... ¿y soldados feos?

Que me detengan que con esta cara soy un agresor en potencia...

La danza de la mariposa muerta (Capítulo VII)

Capítulo VII
La fotografía

"La fotografía

Era una pequeña fotografía en blanco y negro, con las esquinas medio raídas por la humedad y arbitrarias líneas blancas que la cruzaban, como rayos, producto del paso del tiempo y el continuo manoseo a que había sido sometida. No me cansaba de verla. Sobre la arena, una pequeña niña rubia, de pelo ondulado, jugaba con un cubo de plástico y un rastrillo. Llevaba una pequeña gorrita redondeada, con un minúsculo volante que le daba forma de flor. Estaba sentada, cubierta tan solo por una braguita con encajes y un pespunte florido. Sonreía. Sus ojos mostraban felicidad y retaban a la cámara, al futuro observador de aquella foto, a ser feliz.

Siempre me dijeron que era yo, pero era incapaz de reconocerme. Aunque alguna vez me he sentido una persona feliz, nunca después mis ojos irradiaron tanta fuerza. Nunca conseguí contagiar a nadie la alegría que despedía la fotografía.

Mi madre guardaba la fotografía, junto a muchas otras de nuestra infancia, en una caja metálica que antaño había sido utilizada como costurero. Aquella caja pasó de guardar los remiendos a nuestras ropas rotas, a guardar los remiendos de nuestra vida, al menos de la mía, aquellos hilos y parches a los que a veces tenía que recurrir para hilvanar los jirones de la vida, para recordar felicidades pasadas.

Aunque cada fotografía estaba sacada en un lugar diferente, y variaban su tamaño y colores, podía jugar con ellas a aquel viejo truco sobre el que se basaba el cine. Ese que practicábamos de pequeños, dibujando unas piernas en diferentes posturas en la esquina de cada página de nuestros libros y cuadernos, y al pasarlas rápidamente parecían caminar.

Con las fotografías era el mismo juego. Pero al irlas pasando veías como poco a poco la sonrisa de aquella fotografía en la playa se iba convirtiendo paulatinamente en una mueca de tristeza, como en el juego de los fotogramas, pero desgraciadamente, esto no era cine, era la vida real.

Aquella caja metálica servía como hoja de ruta para una vida sujeta a innumerables traslados. Siempre había una fotografía en la playa, en un parque o en una plaza para conservar el recuerdo de lugares a los que quise volver pero que la pereza o el desencanto se encargaron de borrar de mi mapa. Unos porque nunca pude regresar, otros porque cuando lo hice habían perdido la esencia de cuando viví en ellos. Luego pensé que era yo quien había perdido aquella esencia.

Valencia, Gerona, Bilbao, Madrid, Huelva, Gijón.... enumero solo las capitales y no aquellos pequeños cuarteles en minúsculos pueblos de provincia a los que mi padre, guardia civil, era destinado."

El sueño le iba abatiendo. Pese a no querer abandonar la lectura hasta finalizar el libro sintió como los ojos poco a poco se le iban cerrando. Esta vez no era una excusa. El cansancio del viaje, del largo paseo por Barcelona, de las emociones vividas durante el día, iban haciendo mella en su ánimo y, sin querer, se quedó dormido en aquellos incómodos asientos de autobús con el libro sobre su abdomen.

sábado, 24 de enero de 2009

La danza de la mariposa muerta (Capítulo VI)

Capítulo VI
El regreso

Llegó a casa de sus amigos cabizbajo, procurando que no se notara su estado de ánimo, pero sin poderlo ocultar completamente. Isa le preguntó si le pasaba algo y él lo excusó en el cansancio acumulado, el viaje, todo el día paseando por Barcelona, no haber dormido bien… Pareció convencerles.

Fueron hasta Cornellá, donde pese a la brillantez del encuentro y la victoria de su equipo apenas pudo abstraerse de sus pensamientos, centrados en el libro que aguardaba ser abierto de nuevo en uno de los bolsillos de su chaqueta.

Su locución fue anodina, carente de cualquier tipo de emoción, embargada por el sentimiento de culpa que le corroía. ¿y si aún podía hacer algo?

Recogió todo el equipo de retransmisión con la máxima celeridad posible, sin preocuparse en colocar cables, ni apagar aparatos. Se despidió de sus amigos con un abrazo ausente y subió al autobús para retomar la lectura.

La euforia del equipo, que había encadenado con esta cinco victorias consecutivas y se colocaba en lo más alto de la tabla, apenas le contagió.

Su único interés en ese momento era continuar leyendo y procurar mantenerse despierto durante el viaje. Calculaba que antes de pasar Madrid habría concluido su lectura.

Abrió el libro por dónde había interrumpido su repaso anterior, marcado por un ticket de compra que actuaba como improvisado marcapáginas, y siguió leyendo.

En un recuadro mínimo, en letra cursiva, alineado a la derecha, al igual que la dedicatoria inicial, rezaba una especie de cita, que no pudo identificar.


“Quise entrar en el club de los 33, junto a Cristo o Kurt Corbain.
Él no me dejó”

¿Quién no le había dejado entrar en ese club, Cristo, Corbain o una tercera persona?¿Qué era ese club de los 33? – pensó – “Ambos fallecieron a esa edad, si no me equivoco” - ¿Sería que lo tenía planeado previamente para un año antes y algo lo había impedido?¿Qué razón podría tener para postergar una decisión así?¿Por qué no se había aferrado a aquella razón y ahora sí decidía seguirla? Demasiadas preguntas sin contestación, era mejor seguir leyendo antes de continuar especulando.

Era la única impresión en toda la página, pasó a la siguiente.


Valencia

A decir verdad poco o nada puedo escribir de mis años en Valencia.

Inconscientemente olvidé tomar nota de mis dos primeros años de vida, ignorante entonces de que un día intentaría recrearlos en una biografía.

De aquellos años sólo queda la imaginaria popular y los recuerdos heredados de aquellos que me cuentan historias, que no sé si creer, y que a veces pienso que yo mismo he inventado.

Una de ellas explica el origen de mi nombre, vinculado siempre a la Navidad pese a mi posterior ateísmo.

Nací días antes de esta festividad y la elección de mi nombre, según cuenta la leyenda, no sé si real, inventada por alguien, o producto de mi imaginación, me lo puso alguien en un bar, no podía ser otro lugar, el bar, alfa y omega de mi vida, la barra de una tasca.

Según dicen, o luego inventé yo, mi padre y mi madre habían discutido sobre qué nombre ponerme.

No sé cual defendería mi padre, pero sí sé que mi madre estaría dudando entre Carmela y Luz. Me hubiera gustado darle una nieta con ese apelativo, Luz Carmela. Hoy ya es tarde.

En la refriega nominal mi padre decidió retirarse a tiempo para tomar fuerzas en un bar cercano, recurso que luego yo heredaría, dónde, supuestamente explicó el motivo de la disputa a los presentes.

Ante tan complicado sofisma uno de los clientes arguyó una salomónica decisión. Ni para uno ni para otro, la niña, y dada la proximidad de las fechas, se puede llamar Natalia. Como la periodista Natalia Figueroa, nieta del Conde de Romanones y que hacía unos meses había contraído matrimonio con el cantante Raphael, nuevas referencias históricas que nunca perdonaré.

A mi padre le gustó el nombre y atropelladamente subió a casa a contárselo a mi madre a quien, por lo que hoy reza en mi carnet, no pareció disgustarle.”

Estaba claro. Buscaba una alcohólica, de 34 años, con cierto estatus social, llamada Natalia y que había nacido en Valencia. Eso reducía la búsqueda a “¿diez mil personas?” pensó creyendo que exageraba. Encendió el ordenador portátil que siempre lleva a los viajes, buscó “Natalia, Valencia, 1974” en google y le salieron 119.000 referencias. Incluyó la palabra “suicidio” en la búsqueda, esperando encontrar una noticia sobre un acto luctuoso reciente, pero ninguna de las 14.600 referencias encontradas parecían dirigirse a un hecho de estas características.

¿Cuánta gente se suicidará al día en España? – Pensó - ¿Ocuparán cada uno de ellos un lugar en alguna noticia, aunque sea en un medio local?

Nunca antes le había dado por plantearse estas dudas.

Lo buscó también en Internet, antes de apagar el ordenador y seguir leyendo. Sólo como dato estadístico.

Un escalofrío sacudió su cuerpo al comprobar que el número de muertes por suicidio en España supera al de los fallecidos por accidente de tráfico, alcanzando los 10,7 por cada 100.000 habitantes.

A todo eso había que sumarle las tentativas frustradas. Desolado pensó en qué motivos podían llevar a tantísimas personas a tomar una decisión como esa.

Apagó el ordenador y siguió leyendo.

viernes, 23 de enero de 2009

La danza de la mariposa muerta (Capítulo V)

Capítulo V
Víctor Hugo

Cerró el libro de inmediato. Un frío sudor corría por su frente. Intentó apurar el café pero se había quedado helado y amargaba como la hiel. Se dio cuenta de que ni siquiera le había echado azúcar, pero aún así aquel era el sabor más amargo que había probado. Quizás ácido. Comprobó que en su boca se mezclaban el sabor de aquel horrible café y la salinidad alcalina de sus lágrimas. ¿Por qué lloraba?

La carta no era triste. Era amarga, como el café, ácida como las lágrimas, lacerante, hiriente, pero no triste. Además, “¿qué cojones?”, pensó, “si no conozco a la dichosa Natalia López…”

Volvió párrafo a párrafo la carta en sentido inverso. Buscándole un significado. Era tan solo un testamento vital, pero el de una suicida que quizás en aquel momento estuviera esperando que él llegase a su velatorio a imponer aquella última voluntad.

Pero, ¿por qué él?. Si había otros 49 libros repartidos, y por lo que podía entender por el texto, algunos entre sus allegados, ¿por qué iba él a mover un solo ápice para hacer cumplir aquellos deseos? ¿Cómo iba a localizar a alguien que no sabía si ya había muerto, si lo haría en las próximas horas o si ni siquiera existía?

Se sentía culpable. Debía seguir leyendo inmediatamente para intentar encontrar a la autora de aquel dantesco libro. Miró la hora en su teléfono móvil. Apenas le quedaban 2 horas para llegar al pabellón desde el que debía retransmitir el partido de baloncesto que le había llevado hasta la ciudad condal.

Dejó el precio exacto del menú sobre la mesa y salió corriendo sin despedirse, mientras un tímido “Adeu” se perdía en su espalda. Desorientado buscó el primer metro conocido. Creía que había alguno en Portal del Ángel pero regresó hasta Plaza Cataluña por seguridad. Cogió la línea verde. Tan solo eran 4 paradas hasta Vallcarca, desde dónde su amigo Mario le llevaría al partido en Cornellá.

Pretendía seguir su lectura en el metro, pero por temor a no poder parar prefirió releer el prólogo.

He sido feliz, muchas veces, pero las más me ha tocado sufrir, no sé si por merecimiento propio, si por condena de una vida anterior, (ya reclamaré en la siguiente si es así), o por incomprensión o desmerecimiento de cuántos me rodeaban.

Curiosa síntesis de una vida. Reconocía haber conocido la felicidad pero se lamentaba de un sufrimiento casi permanente. Ironizaba sobre la reencarnación y dudaba. Sobre todo dudaba. ¿Ser o no ser?. ¿El ying o el yang?. ¿víctima o verdugo? ¿culpable o inocente?
¿Quién es culpable de un suicidio? – pensó – ¿El suicida o la situación que lo induce.? ¿Es una decisión propia o una decisión forzada? Y… ¿quién es la víctima? ¿La desgraciada Natalia Pérez o todas esas personas que quedan con un sentimiento de culpabilidad, de soledad?

He decidido morir por mi cuenta. Igual que me ha tocado vivir sola y luchar con autosuficiencia quiero poder elegir el momento en que esta agonía termine.

¿Tenemos realmente ese poder en la mano, ese derecho a elegir?¿Quién si no nos lo niega? Si tenemos derecho a vivir, ¿por qué no tenerlo a morir?

Se sentía mal. Estaba dándole la razón a una suicida. Siempre se había sentido vitalista y tremendamente optimista, y sin embargo tan solo cuatro páginas le habían hecho dudar. Hizo un esfuerzo vano de autoconvicción. “La vida es hermosa” – se repitió – “Hasta de lo malo sacamos buenas experiencias” – Intentó justificarse.

No quiero celebraciones multitudinarias. Puedo resultar engreída, pero por mi estatus quiero creer que a mi óbito acudirán numerosas personas, unas para despedirse y otras para comprobar que realmente he fallecido. En igual número o parecido.

¡Sí! Resultaba engreída. ¡Insultantemente engreída y presuntuosa! ¿Quién se había creído que era…? ¿Quién era…? Se mostraba tremendamente irritado, enfadado con ella. ¿Cuánta gente acudiría a mi entierro? Pensó… cien, ciento cincuenta personas… ¿qué más daba? “Yo no iré al de ninguno de ellos”, ironizó. Pero, ¿cómo podía alguien guardar tal resentimiento como para pensar que acudirían a su entierro a comprobar su fallecimiento?

Me gustaría no soportar una celebración eucarística. Si ya es duro hacerlo viva no puedo imaginar cómo será tumbada en un ataúd sin poder distraer la mirada escrutando los paquetes de los asistentes.

Quisiera descartar los ritos eclesiásticos, pero quiero reservar a mi abuela su derecho a despedir a su nieta en cristiana sepultura, para que al menos su alma descanse, si bien la mía, en caso de haber estado tantos años equivocada, estará ya condenada al fuego eterno.

Sin palabras. Mostraba una falta de respeto absoluta a la eucaristía pero a la vez una sensibilidad exquisita para con las creencias de su abuela. Y dudaba, como Víctor Hugo al final de sus días se aferraba a la idea de haber podido estar equivocada toda la vida. ¿por qué volvía ahora la referencia de Víctor Hugo a su mente?

- Proxima estacio Vallcarca

La voz metálica del altavoz le sacó de su ensimismamiento, cerró el libro y con la cabeza gacha, abatido bajó del metro y se dirigió a casa de su amigo.

jueves, 22 de enero de 2009

La danza de la mariposa muerta (Capítulo IV)

Capítulo IV
Al viento

Releyó varias veces la segunda página, entendió que era una especie de prólogo que explicaba lo que leería a continuación, pero quería analizar cada frase, cada palabra, antes de adentrarse en aquella especie de testamento literario en el que iba a sumergirse.

Se sintió presionado. Sabía que no estaba obligado, pero tampoco podía dejar de leerlo. No conocía a la autora, podía ser todo ficción y alguien estaba riéndose de él gracias a esa maquiavélica idea, pero también podía ser un grito de auxilio de alguien que necesitaba una ayuda y quizás aún pudiera llegar a tiempo.

También podía ser tarde. No sabía cuánto tiempo había estado allí aquel libro hasta que él lo encontró, o incluso era posible que si aún corriese hasta el Fnac encontrase a su autora, con otros 49 libros debajo del brazo dispuesta a seguir el reparto.

Sintió miedo antes de pasar a la siguiente página. Bebió un sorbo de café, quemaba, y humedeciendo ligeramente su dedo índice pasó al primer capítulo.

En negrita, en la cabecera de la página, con una fuente quizás excesivamente grande en comparación con el resto del texto, había una pregunta, ¿por qué? y empezaba el relato:



"¿por qué?

Nunca he entendido las biografías y menos las de personajes vivos.

Claro, que los muertos no pueden escribirlas y con eso descartaríamos las autobiografías. Además, el objetivo esencial para publicar un libro, es obtener ciertos beneficios económicos que un cadáver apenas puede disfrutar, a no ser en forma de un confortable ataúd que, si acaso, daría mejor sustento a los gusanos.


No las entiendo porque siempre estarán faltas de algún capítulo. Siempre será posible una segunda parte, pero esta pierde interés en el momento en el que a partir de que se publique la primera todos sus seguidores estarán pendientes de lo que le sucede al autor, para saber así la siguiente sin tener que comprarla.

Por eso quiero empezar esta autobiografía al revés, desde el último capítulo, que tengo escrito desde que decidí poner fin a esta historia, hasta este principio, que narrará cuándo y cómo se me ocurrió esta locura.


No será una biografía normal. Supongo que ya lo imaginaréis cuantos me conocéis, y lo iréis descubriendo quienes no me conozcan y descubran este libro gracias al destino.

Yo no puedo hacer nada normal. Será un recorrido a saltos por aquellos pasajes de mi vida que me gustaría reseñar y compartir con vosotros. Tampoco pretendo publicarlo y que nadie se lucre de lo que aquí he escrito haciendo bueno el refrán del muerto al hoyo y el vivo al bollo.

Cómo veis este no es un momento de pena. Así que recoge esas lágrimas de cocodrilo, (si son reales lo siento, no quería ofender), muchas gracias, y comienza a leer."

Se mostró alarmado, casi enfadado por el descaro de la autora y la forma en que planteaba su suicidio. Notaba resentimiento, sarcasmo y un reflejo de ira que le asqueó. Bebió un nuevo sorbo de café que apenas llegó a sus labios. Las manos le temblaban. Estuvo tentado de abandonar la lectura pero no podía. En aquellas frases llenas de ironía había algo que le atrapaba. Se dio cuenta de que aquel era realmente el prólogo y que los pasajes anteriores no eran más que advertencias para que no hubiera iniciado una lectura que ya no tenía fin.

"No sé si será tarde, espero que no, y que al menos el prólogo os lo hayáis leído antes de comenzar ningún rito esperpéntico que me gustaría evitar en mi sepelio.

He decidido morir por mi cuenta. Igual que me ha tocado vivir sola y luchar con autosuficiencia quiero poder elegir el momento en que esta agonía termine.

He sido feliz, muchas veces, pero las más me ha tocado sufrir, no sé si por merecimiento propio, si por condena de una vida anterior, (ya reclamaré en la siguiente si es así), o por incomprensión o desmerecimiento de cuántos me rodeaban.

Como tal, y aunque no sea la norma, quiero elegir los actos de mi entierro. No quiero celebraciones multitudinarias. Puedo resultar engreída, pero por mi estatus quiero creer que a mi óbito acudirán numerosas personas, unas para despedirse y otras para comprobar que realmente he fallecido. En igual número o parecido.

Me gustaría no soportar una celebración eucarística. Si ya es duro hacerlo viva no puedo imaginar cómo será tumbada en un ataúd sin poder distraer la mirada escrutando los paquetes de los asistentes.

Quisiera descartar los ritos eclesiásticos, pero quiero reservar a mi abuela su derecho a despedir a su nieta en cristiana sepultura, para que al menos su alma descanse, si bien la mía, en caso de haber estado tantos años equivocada, estará ya condenada al fuego eterno.

Sólo pido que ese acto sea privado e íntimo, reservado a un número de personas, no más de 50, que realmente crean y quieran acompañar a mi querida yaya en un día como este.

Para el resto habré organizado algo. Os llegará la invitación pertinente junto a este libro el día que decida que ha finalizado.

No quiero cruces ni iconografía litúrgica en mi esquela, si a alguien se le ocurre encargarla, sería mi última aparición en prensa. Tampoco quiero flores, que no sean orquídeas, ni referencias bíblicas o pastorales en mi sepelio.

No quiero que mis huesos reposen en un camposanto, siendo pasto de los gusanos que algún día un ecologista diga que hay que conservar. Quiero que, tras vaciar convenientemente este saco de penas y repartir fraternalmente sus órganos, se incinere el resto y se lancen mis cenizas al aire para que se esparzan sin contaminar."

Aquí concluía el prólogo. Un enorme espacio en blanco al final de la hoja dejaba la sensación de estar inconcluso, de esperar que alguien escribiese a mano un final menos trágico y demoledor. Pero no, la leve rugosidad del papel sobre el que estaba escrito solo se asemejaba al polvo ceniciento surcando el cielo.

La danza de la mariposa muerta en Word

Dado el tamaño del cuento "La danza de la mariposa muerta", y para facilitar su lectura a los usuarios de este blog, periódicamente iré colgando la versión en word del cuento hasta su punto de actualización. Para descargarlo solo hay que buscarlo en la columna de la derecha en el apartado "Cuentos en Word o PDF".

miércoles, 21 de enero de 2009

La danza de la mariposa muerta (Capítulo III)

Capítulo III
Merçe Vins

De pronto el corazón le empezó a latir precipitadamente. Parecía que iba a salírsele del pecho. Necesitaba urgentemente seguir leyendo aquel libro que minutos antes había dado por olvidado.

Corrió hasta la calle del Montsió, buscó la segunda a la izquerda, por la calle Amargós y entro atropelladamente en el restaurante que le habían indicado, un viejo local con paredes de piedra coloreadas que le pareció entrañable, aunque algo frío pese al mosaico multicolor de sus tabiques.

Una amable camarera le saludó en catalán, y aunque él respondió en castellano siguió dirigiéndose a él en la lengua de Rodoreda. Le acomodó en una mesa en la esquina y le facilitó la carta, también escrita, por supuesto, en catalán. Eligió una crema de verduras y una pechuga de pollo. Aunque era incapaz de mantener una conversación en aquel idioma las frecuentes visitas a aquellas tierras le permitía defenderse al menos ante un menú.

Abrió el libro por la primera página, que leyó y releyó cien veces dudando aún si debía pasar a la segunda. Lo cerró de nuevo. Se comió la crema de verduras que empezaba a enfriarse y lo volvió a abrir, esta vez directamente por la segunda página.

"Hola, me llamo Natalia, tengo 34 años y si has llegado hasta aquí sólo te pido que ya no abandones la lectura de este libro hasta el final. Seguramente cuando leas estas letras habré fallecido. Pero este es mi único legado.

He editado 50 ejemplares como este que he repartido por otras tantas librerías del país, elegidas aleatoriamente entre los lugares que he visitado en los últimos años. Si ha llegado a tus manos es porque el destino así lo ha decidido y por eso te encomiendo mi última voluntad. Leelo"
.

Cerró el libro con los ojos incomprensiblemente llorosos. No conocía de nada a aquella escritora cuya obra, presúntamente póstuma, estaba leyendo, pero la seguridad de sus palabras, con la que se enfrentaba a una muerte segura, y la frialdad que demostraba al haber dedicado los días, quizás meses, previos a la redacción, edición, publicación y posterior reparto de aquellos libros le estremecía.

Casi sin apetito pellizqueó la pechuga de pollo que se había quedado fría y dura como una piedra, y que entró por su faringe arañando el nudo que se le había hecho en la glotis. Pidió un café con leche y siguió leyendo.

La danza de la mariposa muerta (Capítulo II)

Capítulo 2
Café Zurich

"Si este libro ha llegado a tus manos es el destino quien lo ha puesto ahí. Si crees en él, sigue leyendo, si no dejalo dónde estés para que llegue a su destinatario final.
Natalia López"


Era la prímera página del libro. En pequeño, en cursiva y en un minúsculo cuadradito, justificado a la derecha, en el centro de la página incial, rezaba esa dedicatoria. Se había sentado en la terraza del café Zurich a esperar la hora de la comida, impaciente por comenzar la lectura del libro que tan misteriosamente acababa de llegar a sus manos.

Lo cerró de golpe. Nunca había creído en el destino. Era incapaz de aceptar que cada uno de nuestros actos estuviesen preconcebidos y que nuestro futuro estuviese dictado sin posibilidad de cambio. Presumía de haberle hecho suficientes quiebros a Hades como para que su futuro no hubiese metamorfoseado en innumerables ocasiones.

Decidió dejar allí el libro una vez que abandonase la mesa y enfrascarse en la lectura del "palacio de la luna", que afortunadamente no llevaba ninguna imposición, excepto la de tener la mente suficientemente despejada como para comprender otra de las paranoias de Auster. Lo que no le supondría ningún problema tras haber sobrevivido a "Brooklyn Follies", "Un hombre en la oscuridad", "Leviatán" y sobre todo, a la "Trilogía de Nueva York".

Durante cerca de dos horas amortizó el 1,80 € pagado por un café devorando una a una las primeras cien páginas del libro, que le resultó demasiado parecido a otros del autor, ligeramente decepcionante.

Cerró el libro de Auster, dejó sobre la mesa los 20 céntimos que sobraban de los dos euros pagados por el café, en calidad de arrendamiento de la mesa durante tanto tiempo, y se levantó dejando intencionadamente sobre la silla el libro que tan fugazmente había pasado por sus manos, pero que entendía que no le pertenecía.

Sin mirar atrás se fue alejando del Café Zurich. Cruzó la plaza de Cataluña y comenzó a bajar por la avenida del Portal del Ángel, en busca del restaurante que le habían recomendado. De repente una mano sobre su hombro y un jadeo a sus espaldas, no es capaz de precisar qué identificó antes, le sobresaltaron. Giró bruscamente, en posición de defensa, y se encontró con un agotado camarero que llevaba en su mano el libro que acababa de abandonar en la cafetería.

- Disculpe señor - Le espetó, aún jadeante - Se ha dejado este libro sobre la silla.

- Muchas gracias - masculló dubitativo. Metió la mano en el bolsillo, sacó el euro destinado al metro y se lo entregó.

- Tome... para un café... - dijo arrepintiéndose en el momento, avergonzado por lo ridícula que sonaba aquella invitación a un camarero.

A punto estuvo de decirle que se quedara con el libro, que ya lo había leído y que prefería que se lo quedara él, pero justo en ese momento, miró la solapa de la blanca chaqueta del camarero y observó estupefacto que se llamaba como él. En una dorada chapa rectangular figuraba su mismo nombre y sus dos apellidos.

Convencido de que aquello sólo podía ser un guiño del destino tomó el libro y siguió andando, deshaciéndose en agradecimientos mientras se alejaba de su homónimo camarero.



La danza de la mariposa muerta (Capítulo I)

(leer el prólogo en la entrada anterior,
si no lo has leído ya, claro, que si no te verías envuelto en una lectura cíclica de la que no podrías salir)


Capítulo 1
Barcelona

Llevaba todo el día paseando por la Rambla.

Se apeó del metro en Liceu y a medida que subía las escaleras fue descubriendo la amalgama de olores, colores y sonidos que se concentran en este populoso paseo barcelonés.

Como es habitual, cada vez que visita esta ciudad, fue bajando con dirección a Colón, con paso lento, deteniéndose en cada puesto, a los pies de cada estatua humana y en todos y cada uno de los kioskos de prensa que se multiplican por doquier en esta vía.

Acostumbrado a la escasa oferta editorial existente en su localidad natal aprovecha estos esporádicos viajes, ya sean a Barcelona, como en esta ocasión, o a cualquier otra gran urbe, para inspeccionar minuciosamente las distintas colecciones de libros y dvds que ofertan las distintas editoriales, buscando siempre algún ejemplar de primera edición digno de engrosar su biblioteca por un exiguo coste.

Entre un gran número de coleccionables encontró la reedición de la bibliografía de Isabel Allende, que volvía a caer en el error de comenzar por el infumable muermo de "Inés del alma mía", lo que le hizo descartarla nada más ver su portada.

Encontró también una colección sobre Alfred Hitchcock, con una estupenda biografía que a punto estuvo de adquirir, y otra recopilación conmemorativa del 40 aniversario de Anagrama, que por algo menos de 4 euros incluía "El palacio de la luna" de Paul Auster.

Siguió bajando hasta el museo de Cera y, como también es costumbre en sus visitas a la ciudad condal, entró a tomar café en "El bosque de las Hadas", desde donde mandó un mensaje a la persona, que pese a estar a más de 800 kms., le había acompañado virtualmente en aquel paseo, ya fuera por darle envidia, o por compartir aquel momento tan especial en previsión de poder repetirlo juntos algún día.

Siguió su marcha hasta Colón y tras una visita fugaz a las tiendas del Maremagnum regresó, rambla arriba, disfrutando del agradable sol de invierno y del mosaico de culturas que poco a poco habían ido poblando la calle a lo largo de la mañana.

Se detuvo en los puestos de animales, pensando si alguno de aquellos quelonios soportaría el largo viaje de vuelta, o si le permitirían montar un hurón en el autobús. Continuó su marcha hasta plaza Cataluña y, viendo que aún le quedaba tiempo hasta la comida se sumergió en la nube de libros del Fnac de "El triángulo".

Sabía que no podía comprar ningún libro. Apenas llevaba dinero para el billete de vuelta del metro y el menú del día en alguno de los restaurantes la puerta del Ángel, pero no podía evitar pasearse por aquellos pasillos repletos de libros y respirar su olor a nuevos, a historias por descubrir, mientras ojeaba con avidez sus lomos, memorizando títulos que algún día poblarían las estanterías de su casa.

Se sorprendió por la alternancia de títulos recientes a la par, en castellano y catalán y, una vez más, se resignó a ver casi vacío el estante de libros dedicados a poesía, esperando, infructuosamente, encontrar algún ejemplar de las obras de su amigo Jose Manuel Díez.

Siguió dando vueltas, primero entre las obras contemporáneas, luego centrándose en la organización por autor por orden inverso, Dante, Bukowski, Auster... Encontró "El palacio de la luna" a 10 euros, en edición de bolsillo, por lo que decidió comprarlo en el kiosko de abajo.

Cuando iba a salir, y entre los libros de cocina, que se amontonaban en la puerta como dispuestos en un mercadillo listos para el "rebusque", le llamó la atención un pequeño libro con la portada de colores. Le recordó a la colección "antologías" de la editorial "Renacimiento" pero las bandas eran ligeramente más gruesas y predominaba el amarillo en lugar del rojo o el verde. En el centro, sobre un cuadro celeste figuraba, en letras blancas, el título "La danza de la mariposa muerta" y, en pequeño el nombre de su autora, Natalia López.

No figuraba ningún precio, ni había una sinopsis en la contrapasta que explicase su argumento, tan solo un código de barras y un número de ISBN. Era un libro pequeño, igual que los antes citados de "Renacimiento", y apenas si llegaría a las 200 páginas.

Sin saber por qué se sintió irremisiblemente atraído por aquel libro. No quiso abrirlo, prefería dejarlo para un momento en que pudiera devorarlo entero sin pausas, quizás durante el largo viaje de 12 horas para la vuelta.

No sabía qué misteriosa atracción ejercía aquel ejemplar sobre su voluntad. Quizás su título, la antonimia entre danza y muerte, o descubrir ese revolotear de mariposas que desde hacía meses creía muertas y que de repente hacía unas semanas habían vuelto a danzar en su estómago, y sentirse identificado.

No era capaz de comprenderlo, pero cogió el libro y se dirigió a la caja dispuesto a sacrificar su menú del día por aquella obra desconocida de aquella escritora anónima.

El cajero pasó el libro por el lector de código de barras sin recibir respuesta de su TPV (terminal de punto de venta). Volvió a repetir la operación con idéntico resultado. Visiblemente molesto escribió el código de barras en el teclado sin obtener contestación alguna. Se fue al ordenador de almacén y tecleó el nombre del libro sin que apareciera en el catálogo, tampoco su autora.

- Lo siento señor, este libro no pertenece a este centro. - Le señaló el dependiente amablemente

- ¿Cómo? - Preguntó

- Que no pertenece a este centro, que alguien lo habrá dejado olvidado

- ¿Entonces? - Volvió a preguntar extrañado

- Entonces nada - Dijo el cajero, visiblemente malhumorado - tiene dos opciones, si se lo quiere llevar haré como que no ha pasado por aquí, y si no lo deja en caja central como objeto perdido.

No se lo pensó. Metió el pequeño libro en uno de sus bolsillos y salió del centro comercial como si alguien le persiguiese. Se dirigió al kiosko de enfrente y compró el coleccionable de Anagrama con "el palacio de la luna" de Auster por 3,95 €.

martes, 20 de enero de 2009

La danza de la mariposa muerta (prólogo)

Prólogo

No sé si es habitual prologar un cuento, pero es que tampoco sé si este relato que hoy comienza se quedará en eso, sólo un cuento. La idea lleva rondándome la cabeza desde el pasado viernes en Barcelona, precisamente allí es donde se inicia la historia, y aunque en principió surgió como un relato breve, poco a poco ha ido cogiendo volumen sin ser consciente ahora mismo hasta dónde llegará.

Claro, que como cuentista me di cuenta anoche, leyendo a Bolaño, de que no tenía futuro ninguno. No porque pretendiera parecerme ni por asombro al genial escritor chileno, si no porque en sus consejos para escritores de cuentos enumera una serie de condiciones que nunca reuniré, al menos a la hora de afrontar este relato.

Primero sugiere que los cuentos no deben abordarse de uno en uno, sino pensarse en grupos de al menos 3 ó 5, y si ya me parece dificil darle continuidad a una idea cuánto más lo será pensar en 3 o más a la vez.

Después entre sus recomendaciones me encuentro en una encrucijada. He leído a Quiroga, por supuesto, pero no se quién es siquiera Felisberto Hernández, con todos mis respetos. He leído a Rulfo, a Cortazar y a Bioy Casares, pero no a Monterroso ni a Petrus Borel, ni me visto como él.

He leído algo de Renard, pero no conozco ni de lejos a Marcel Shwob ni a Alfonso Reyes. Por supuesto que he leído a Borges y a Allan Poe, pero no a Lord Brooke ni a Edgar Lee Masters ni a Enrique Vila-Matas, y lo reconozco, tampoco a Chejov ni a Carver.

Claro que todo esto se puede solucionar y ya tengo en mi lista de prioridades a los autores antes mencionados que aún no han pasado por mi mesilla, pero hay algo que no puedo remediar, he leído a Umbral y a Cela y dice que nunca un buen cuentista podrá leer a estos dos escritores. Lo siento, pero tendré que dedicarme a otra cosa.

Claro, que ya hace años leí a Nabokov, en su curso de literatura europea, señalar que para ser un buen escritor nunca se deberían leer más de cinco de las grandes obras de la literatura continental, con lo cual, ya desde entonces, desterré mi aspiración de que mis historias sobrepasasen las barreras de esta caverna.

Con lo cual, y ya que soy consciente de que este no será más que un humilde cuento sin aspiraciones, espero que al menos vosotros y vosotras, que os pasáis de vez en cuando por aquí, disfrutéis de su lectura.

¡Que envidia!



Por otra parte, aquí tenéis el enlace a la canción que el desván del duende le ha dedicado a los carnavales de Badajoz. Descargadla y difundidla.

¿loco?

He recorrido el empíreo persiguiéndote como Dante

Me he arrastrado por Comala, entre cadáveres, buscandote junto a Pedro Páramo

Me perdí en Macondo enloquecido como Arcadio

Huí de Santa María como Brausen

Visité Obaba con Paulo

Te busqué en la tierra media, en Camelot y en Avalón,

Encontré a Beatriz, a Susana, a Úrsula, a Gertrudis, a Teresa y a Carmen....

Me estoy volviendo loco y solo encuentro fantasmas en lugares imaginarios,

hace días que no te veo.

sábado, 17 de enero de 2009

Aprovechar el día


Cada noche al acostarse solía escribir en su diario lo que había hecho durante el día. Durante años fue enumerando la gente que conoció, las lecciones que aprendió, su primer beso, el segundo, y aquella mirada que le había impactado.

Cada día una historia diferente que pasaba a engrosar su ya amplio diario. Sin embargo aquel día no sabía que escribir. Eran tantos los días vividos, tantas las experiencias, que no sabía que destacar de aquel día insulso.

Así que escribió, con un lenguaje infantil: "me levanté a las 9, abrí la ventana, ma lavé... Me acuesto a las 12...."

Le pareció demasiado pueril, un recuerdo de infancia, así que buscó su primer diario, un cuaderno verde, de hacía 20 años que empezaba... "Me levanté a las 9, abrí la ventana..."

Entonces se dio cuenta de que cada día, por desaprovechado que pareciera podía empezar una nueva vida, como aquel en que empezó a escribir.

Echó un vistazo al distintivo que le reconocía como premio Cervantes de ese año y se fue a acostar satisfecho.

miércoles, 14 de enero de 2009

Huid


¡Soledad! ¿No has visto amanecer sus ojos
en un parpadeo?
¿A qué vienes esta noche, entonces?

¡Desolación! ¿No has sentido la caricia de sus labios
al pronunciar mi nombre?
¿Por qué vuelves a mi oído, entonces?

¡Tristeza! ¿No has respirado su embriagador aroma
al abrir la ventana de su escote?
¿Por qué regresas a mi almohada, entonces?

¡Desilusión! ¿No has visto erizarse mi piel
al sentir su tacto?
¿Por qué me envuelves en tu rudeza, entonces?

Aprovechad esta luna, que mañana huiréis al verla.

domingo, 11 de enero de 2009

Futuro


He habitado los desmanes del olvido
y vagado por los quistes del recuerdo.
Me he arrastrado por la ciénaga del odio
buscando resquicios de cariño.

He llorado lágrimas ya secas
y he sembrado cipreses en las cuencas de mis ojos.
He creído que la noche era mi día
y he perdido en los dias media vida.

Pero llegaste tú, con tus ojos deslumbrantes,
para descubrime que el recuerdo es el futuro.
Llegaste con tu cántico hipnótico,
para guiarme hasta las costas de la vida.

Trajiste hasta mi puerta tus feas botas (no todo iba a ser bonito)
para calzarme para un nuevo camino.
Viniste a devolverme la esperanza
de encontrar de nuevo luz en mis escritos.



Confieso que en realidad a mi me gustan las botas

Si pudiera


Si pudiera pensar en otra, sin que tus ojos aparecieran
para cruzarse hacia donde miro.

Si pudiera sentir calor, sin que el frio de tu ausencia me invadiera
para desnudarme y decirme que no hay abrigo.

Si pudiera escuchar canciones, sin que tu voz me engañase
al oído, susurrando "nunca te olvido".

Si pudiera respirar, sin que tu aliento
me envenenara y cayera desvalido.

Si pudiera siquiera andar, sin que me fallaran las piernas
al pisar donde no hay camino.

Si pudiera vivir, sin que el corazón se parase
cuando no late con tu latido.

Si pudiera vivir sin ti, hoy, no estaría vivo.

Vuelta a la normalidad

Me ha costado. Han sido tan felices estas navidades que me ha costado quitar la decoración. Quería alargarlas en el tiempo, hacerlas eternas. Pero me he dado cuenta de que no estaba en la Navidad la magia de este 2009, sino en las personas, en esas que me ayudan a ser feliz cada día.

En esos hermanos que me van a hacer tío y casamentero. En esas personas que me alegran cada día con una llamada, un mensaje, una conversación, una sonrisa, una caricia o un guiño.

En esas nuevas ilusiones que cada día merecen mis versos y mis atenciones. En esos sueños que se van realizando y en esos nuevos que van alentando a dormir, y despertar, cada día.

Por todos ellos y ellas, hoy, ya sin adornos de Navidad, soy feliz.

jueves, 8 de enero de 2009

No creas que te olvido


No creas que te olvido porque no sean para ti mis letras.

No creas que te olvido porque me envuelva en mi pasado.

No creas que te olvido porque no te dedique mis versos.

Simplemente ya no encuentro letras, que describan lo que siento

Simplemente no quiero escribir sin ti mi futuro.

Simplemente me faltan palabras, para escribirte mi mejor poema.

El efecto dominó

Si ayer hablaba de las serendipias literarias hoy tengo que hablar de su efecto dominó.

El efecto dominó o de bola de nieve es aquel que, a causa de un primer movimiento desencadena en una serie de consecuencias similares que, en ocasiones, y espero que esta sea una de ellas, se vuelve prácticamente infinito hasta que todos sus elementos se han movilizado.

Ayer mostraba mi alegría por la reaparición en mi vida de alguien que me acompañó durante 9 meses en mi servicio militar y se convirtió en un hermano de aventuras, con quien viví momentos muy especiales que, aunque hoy me haya tenido que ayudar a recordar, jamás olvidaré.

El reencuentro con Juanmi no fue sin embargo el movimiento inicial de este efecto dominó.

Previamente, hace unos días, recibí un correo de otro compañero de batallas, Galán Cordero, que fue quien inició esta cadena de sucesos que hoy ha visto mover un tercer engranaje.

Fue Galán, otra de esas personas excepcionales que la vida pone en tu camino, quien despertó en mi el interés por recuperar mi pasado, no tan lejano, en tierras Ceutíes.

Fue él quien me animó, aún sin saberlo, a iniciar esa serie de relatos, los cuentos de África, que han despertado en mi la nostalgia de un tiempo que, sin quererlo, marcó en mí la forma de ver las cosas.

Un antes y un después, un punto de inflexión vital que, creo, me convirtió en la persona que hoy soy, dejando atrás a un desconocido, al que a veces repudio, por no haber sabido comprender a tiempo los verdaderos valores de la vida, la familia, la amistad y el compromiso.

No voy a hacer alabanza gratuita de un servicio militar que sigo pensando robaba la juventud a muchos jóvenes privándoles de su libertad por nada a cambio.

Sin embargo, para mí, dada la situación en que me encontraba cuando me fui a Ceuta, descrita ya en el cuento de la Bella Fatiha, se convirtió en ese resorte necesario para despertar de la hipnosis de los cánticos de sirena y volver a una vida que nunca debí haber abandonado.

Hoy se ha movido la tercera pieza del dominó, la cuarta contando conmigo. Jose Luis Romero, "el catalán", ha vuelto a aparecer en mi vida gracias a Soltero. Romero pertenecía a un reemplazo anterior y el tiempo junto a él fue menor que con Juanmi, pero no así las aventuras vividas ni los sueños compartidos.



A la izquierda J.L. Romero a la derecha J.M. Soltero y en el centro Nuño de la Rosa

Son muchas las vivencias que compartimos en aquellas habitaciones, en aquel suelo africano que hoy recordamos con nostalgia. Muchas noches de chistes en la oscuridad, de fiesta por las calles de Ceuta, de jamón y aceitunas, de partidos en la play, de confidencias, de ilusiones...

Hoy me los encuentro casados, con su vida hecha. Uno es padre, el otro está a punto de serlo, y he vuelto a compartir sus ilusiones.

Espero que, a partir de ahora, por mucho tiempo.




Sigue creciendo



Ya son algo más de 8 mms, pero una inmensidad de ilusión. Sigue siendo un puntito, cada vez mas grande, pero ya es un pulso, un golpecito cadencial que estremece.

No lo he escuchado aún. Sólo Javi y Noelia han tenido la oportunidad de hacerlo, pero me lo han transmitido con tanta emoción que desde hace horas siento que mi corazón vibra a otro pulso, al compás del de ese niño o esa niña que cada día va creciendo a la par que nuestras ilusiones.

miércoles, 7 de enero de 2009

Serendipia literaria

Una serendipia literaria es una casualidad resultante de algo escrito previamente o que se predice en un relato y finalmente sucede de forma aproximada. Así, es famosa la serendipia del libro Futilithy, en el que se narra como un barco llamado Titan naufraga.

Dicho libro fue escrito en 1898, 14 años antes del naufragio del Titanic, y las coincidencias son asombrosas. De entrada, el nombre de ambos barcos, el hecho de hundirse ambos en su viaje inaugural. Sus dimensiones similares (75000 toneladas y 66000, 243 m de eslora y 268) o el apellido del capitán en ambos casos (Smith)

Ayer, ultimando los detalles del cuento de la bella Fatiha fui testigo de una de estas serendipias o casualidades. Al mencionar en uno de sus capítulos a mi viejo y gran amigo y compañero de batallas, Juan Miguel Soltero, intenté buscarlo por internet para recuperar el contacto perdido.

Si he de decir la verdad había olvidado su segundo apellido, Vázquez, con lo que la búsqueda era aún más complicada y las referencias en google eran miles, ya que me aparecían más Solteros por su condición de célibes que por apellido.

Lo intenté a través del tuenti y no me encontró a nadie con ese nombre y apellido. Probé en el facebook y aunque el resultado de la búsqueda fue muy amplio, la hace por aproximación, encontré tan solo un Juan Miguel Soltero, de segundo apellido López.

No recordaba el apellido de Juanmi, como he dicho antes, pero si estaba seguro de algo es que no era López. No obstante, y no sé por qué, le di a agregar como amigo.

Cinco minutos después me llegó el siguiente mensaje:

"Yo soy el padre de Juanmi su direccion es *********@hotmail.com"

Y en su facebook había una foto mía junto a Juanmi en Ceuta.

Inmediatamente agregué a Juanmi en el messenger y le envié un mensaje de saludo. Luego comprobé que el facebook de su padre se había creado tan solo unas horas antes de que yo lo buscase.

¿casualidad? ¿destino?

No sé. Prefiero llamarlo fortuna.

La fortuna de haberme reencontrado con un amigo de verdad, con quien hoy, siete años después del último encuentro, he tenido la oportunidad de volver a hablar.

Espero que ahora no volvamos a perder el contacto que hemos recuperado gracias a un cuento e internet.

La bella Fatiha en word

¿Te has perdido en la lectura de la bella Fatiha? ¿Te has descuidado un día y de repente han aparecido 12 capítulos? No te preocupes. Puedes descargartelo en word, perfectamente alineado, corregido y maquetado pinchando en el siguiente enlace:

martes, 6 de enero de 2009

Cuentos de África - La bella Fatiha XIV (y último)

Llegamos a nuestro puesto de frontera en la mañana del día de reyes. Nos repartieron por nuestros destinos correspondientes y a Soltero y a mí nos tocó el turno de comunicaciones. Nuestra misión era relevarnos en el puesto de radio para recibir las indicaciones de los puestos de vigía. Cualquier incidencia, cualquier intento de asalto a la frontera o cualquier movimiento pasaría primero por nuestros oídos, antes de ser comunicado al mando correspondiente.

Durante horas estuvimos escuchando el sordo estertor de la radio muda. De vez en cuando eramos nosotros quienes preguntabamos a los puestos por su situación, más por matar el aburrimiento y evitar que se durmieran que por un interés real, ya que sabíamos que en cuanto pasara algo se nos informaría oportunamente.


Emmanuel decidió que era el día oportuno para intentar el asalto a la frontera. Era una noche despejada y de media luna, son suficiente luz para avanzar con tranquilidad pero no demasiada para ser descubiertos. Como buen arma, de sus ancestros cristianos, recordó que era la noche de reyes y le contó a sus compañeras de viaje la vieja tradición cristiana.

Les alentó diciendo que ellos seguían su estrella y que no podían fallar en el viaje si permanecían juntos siguiendo su estela. Se abrazaron, miraron la estrella del norte, que había de guiar sus pasos, y empezaron el camino.


A media tarde el subteniente al mando se pasó por nuestra tienda a interesarse por nuestro estado. Era mi turno de guardia y le pidió a Juanmi que le acompañara. Iban a hacer el relevo en los puestos de vigía y quería darle a cada compañero unos caramelos que habían comprado en el Tarajal para pasar la noche.

A la vuelta descubrieron la sorpresa que nos tenían preparada. Sobre la mesa fueron
depositando platos de carne y marisco que habían adquirido para esa noche sin que nadie, más que ellos dos, se enterara de nada. La cena fue frugal y fugaz. Pendientes de la radio devoramos con avidez las viandas y volvimos inmediatamente a nuestra cabina de control.

No sé si era mi turno o el de Juanmi. Daba igual. Allí estábamos los d
os pendientes del transistor mientras nos contábamos nuestras noches de reyes anteriores con la familia o los amigos.

Fueron haciendo el camino en silencio. Los 7 supervivientes de aquella atroz aventura en busca de la libertad, de los sueños de toda una vida. Cualquier movimiento en falso podía denunciar su presencia y saltar las alarmas. A lo lejos escucharon los gritos de un joven, de alguna otra expedición similar a la suya, al que algún mehani estaba cobrando en carne su pasaje. Se miraron aterrados y Emmanuel miró a la estrella.

Todos comprendieron que debían seguir su camino.
Pasaron por las cercanías de un puesto de vigilancia. Los ronquidos de su habitante se escuchaban por encima de los bufidos del burro que esperaba en la entrada y que servía de medio de transporte a los soldados marroquies cuando cambiaban su turno cada semana. Descendieron el ritmo pasando casi a hurtadillas. La valla se veía de lejos, una interminable línea de luz que cruzaba el horizonte.



La radio seguía muda. Solo se interrumpió unos segundos cuando uno de los soldados nos indicó que había escuchado unas voces tras la valla. El subteniente nos dijo que nos olvidaramos de lo que pasaba al otro lado, que poco podíamos hacer por lo que allí sucedía.

Conectó el radar y nos mostró lo que sucedía. En la pantalla se apreciaron dos siluetas, una de ella en pie y la otra de rodillas, era violada violentamente. Apagó la pantalla. Fui al servicio a intentar vomitar la espléndida cena que nos habían regalado, pero solo p
ude llorar. Volví al puesto con los ojos enrojecidos y el subteniente murmuró que yo no estaba hecho para aquello. Ni yo ni nadie.



Llegaron hasta la valla. Dos metros y medio de alambrada se alzaba sobre sus cabezas y en el suelo no se divisaba ninguno de los tragantes que los pastores les habían indicado que encontrarían. Fueron recorriendola palmo a palmo. Del otro lado unos jóvenes vestidos de militares, con tanto miedo como ellos les saludaban tímidamente.

De pronto a sus espaldas escucharon unos ruidos, gritos ladridos y un par de disparos. Emmanuel trepó hasta lo alto de la valla y ayudó a Fatiha a subir, mientras Mirenne la empujaba desde abajo. Dos mehanis y varios perros llegaron hasta el lugar y Emmanuel dispuso sus manos para que Fatiha se impulsase y saltase. Era una situación desesperada y a tres metros de allí estaba la salvación.



La voz llegó temblorosa del otro lado de la radio. "Se ha c...." "Está...." "La han tirad.....", era lo único que podíamos comprender en la voz llorosa de un niño jugando a ser soldado. "Identifíquese recluta" le insistimos desde nuestro puesto. "Soy el soldado Rodríguez" fue lo único que se escuchó. Cogí la planilla de los turnos. Comprobé en que puesto se encontraba el soldado en cuestión y salí corriendo en busca del subteniente.

Le conté lo que pasaba, me pidió explicaciones y le dije que solo se había escuchado eso. Rápidamente montamos en el todoterreno. Abandoné mi puesto, mi fusil y parte de mi indumentaria en la tienda. Pero la angustia era mayor que cualquier indicio de responsabilidad militar en aquel momento.

Llegamos al puesto y allí, blanco como la nieve, llorando como un niño con fiebre, en pie, parado, sin reaccionar, como una estatua de sal, estaba el soldado Rodríguez.

A sus pies la bella Fatiha yacía muerta. Tendida sobre un charco de sangre tras la caída, con su abultado vientre apoyado en la dura tierra que tanto había anhelado alcanzar.

Allí acabaron sus sueños. Allí se apagó su estrella y allí fallecieron, junto a Fatiha, mi fe en el destino y en los finales felices.

Allí nació mi odio a las fronteras que sirven para separar y no para unir naciones, que sirven para diferenciar a personas y no para mezclarlas.

Allí empecé a ser quien soy hoy.



Este cuento es una recreación ficticia de lo que pudo suceder previo a aquella fatídica noche de reyes. La histora de Fatiha, así como muchos de los datos dados a lo largo del cuento pueden ser o no reales. Lo que si es cierto es que en aquella frontera han muerto y siguen muriendo muchas Fatihas y nosotros seguimos mirando hacia otra parte, ignorantes de lo que sucede a nuestro alrededor y de la suerte que tenemos de poder estar hoy leyendo esta historia comodamente sentados ante nuestro ordenador.

Me gustaría que el final hubiese sido feliz, pero desgraciadamente es una de las pocas cosas reales de este cuento. Los nombres de algunos personajes de la historia han cambiado por respetar su intimidad, otros se han mantenido para no restarle credibilidad a la historia. En la mano de cada uno está el creer o no creer en esta historia, al igual que en la mano de todos está el hacer o no hacer algo para evitar que se repita cada día.


Cuentos de África - La bella Fatiha XIII

El viaje a través de Marruecos no fue sencillo. Si dura fue la travesía por el desierto no menos lo fue el calvario que tuvieron que sufrir para atravesar el país magrebí. Durante el día intentaban avanzar lo más posible, siendo atracados continuamente tanto por maleantes como por los mehanis, los carabineros marroquies que eran aún más despiadados que los propios asaltantes.



Mirenne, Fatiha y Emmanuel decidieron juntar su dinero y repartirlo equitativamente entre los tres para no perderlo todo en caso de que uno de ellos fuera atracado. Viajaban en una piña y a cada maleante o militar que les asaltaba le ofrecían cierta cantidad de dinero para que les dejara continuar. Poco a poco vieron como sus pertenencias iban menguando considerablemente a sabiendas que aún les quedaba la parte más cara del viaje. El paso por la frontera española.

Mientras tanto el embarazo de Fatiha era cada vez más evidente y el camino se volvía más pesado y dificil. Las defensas de la Malinesa empezaban a flojear y fue Mirenne quien sacó fuerzas de flaqueza para ayudar en sus últimos días de camino a su compañera y amiga.

Las atenciones médicas de Emmanuel permitieron que el embarazo siguiese su curso y sus continuas muestras de cariño se fueron transformando en un amor mutuo que les permitía pensar en un futuro juntos y alentarse para la aventura.
Unidos por un mismo sueño alcanzaron Fahama, el último punto de parada antes de llegar a Ceuta.

Las fuerzas eran mínimas, el dinero apenas llegaba para el paso de uno de ellos por la frontera y de los 10 viajeros que partieron de El Aiun tan solo 7 habían llegado hasta la pequeña meseta marroquí, Mirenne, Fatiha y Emmanuel entre ellos. El resto habían ido abandonando la expedición por el camino por falta de fuerzas o por falta de dinero.



Se cobijaron junto a un gedi, una especie de estanque natural formado por el agua de lluvia, y decidieron pasar allí 2 ó 3 días para descansar, recuperar fuerzas y afrontar el asalto definitivo a la frontera. Como no tenían dinero suficiente para los 3 habían decidido buscarse la vida por su cuenta, evitar a los mehanis hasta llegar a la frontera y buscar allí algún acceso.

Unos pastores de Fahama les indicaron que no era difícil, que bajo la valla había 3 ó 4 pasos de agua por los que podían colarse en tierras españolas y que una vez en Ceuta sólo tenían que entregarse a cualquier militar, les mandaría a Calamocarro y allí ya les indicarían como sobrevivir y quedarse en España. Decidieron intentarlo así y si no, en última instancia, pagar el paso de Fatiha, quien se negaba a abandonar a sus compañeros sin al menos intentarlo antes los tres juntos.

Esta noche... el desenlace

¿Llegarán Fatiha y Mirenne a Ceuta? ¿Verá Juan Carlos a Baltasar saltando la valla?... No os perdáis esta noche el desenlace final de la bella Fatiha.

Cuentos de África - La bella Fatiha XII

En tan solo dos meses pude conocer de primera mano la realidad de la inmigración, que tan tergiversada llega en ocasiones a nuestros oídos, alterada sobre todo por la promiscuidad sensacionalista de muchos de los que se encargaban de informar desde allí.

Fueron varias las discusiones con Miriam al respecto y muchas las aventuras con Tomás para ir descubriendo el negocio montado entorno a la propia inmigración por las mafias de la droga y la penosa realidad de los realmente pobres, cuya mayor desgracia era no poder convertirse siquiera en inmigrantes, y se dedicaban a cruzar diariamente la frontera en busca de alguna ayuda, ya fuera altruista o hurtada.

Cada día comparábamos la diferencia entre los pobres inmigrantes de Calamocarro, el campamento de refugiados donde se concentraban los inmigrantes subsaharianos llegados a la ciudad, y los pobres inmigrantes magrebís que malvivían de la caridad y el robo, volviendo cada noche a su país a llevar a sus familias su exiguo botín.


Los primeros cogían cada mañana el Ferrys dirección a Algeciras, portando varias bellotas de droga en su interior, para así pagar los emolumentos de su viaje hasta allí, mientras los segundos la consumían apostados en la muralla del paseo marítimo, viendo partir los barcos que nunca podrían coger.

Algunas noches me vestía mi uniforme y salía de maniobras con mi unidad para observar desde el monte Hacho el tránsito de pateras por el estrecho con el radar Arine, que nos permitía hasta escuchar las conversaciones de los barcos a kilómetros de distancia.
Con todo esto pude hacerme una imagen empírica de lo que allí sucedía, pero me faltaba algo y estaba por llegar.


Justo antes de las navidades nos dieron la noticia. Pasariamos la noche de reyes, y las dos siguientes en la frontera, haciendo guardia frente a la valla que separa España de Marruecos. Las guardias en frontera estaban destinadas principalmente a la Guardia Civil, pero la falta de efectivos obligaba a reforzarla con militares profesionales y en ocasiones puntuales, como aquel invierno del 99, con soldados de remplazo.

Juanmi y yo no nos lo pensamos. Y el día 5 de enero allí estábamos montados en el todoterreno militar dispuestos a vivir una nueva experiencia.

Cuentos de África - La bella Fatiha XI

Llamaron a la puerta y les abrió un marroquí con cara de pocos amigos. Se presentó como Mohamed Ben Afu y gestualmente les invitó a entrar en el almacén donde descansaban hacinados sus compañeros de viaje y aproximadamente otra decena de viajeros a los que no conocían. Previamente les cobró sus servicios. Por adelantado como todos, 50.000 francos por cabeza, que de nuevo pagó Fatiha.


Se sentaron junto al joven de la manta roja, al que por primera vez en mucho tiempo veían despierto, y le agradecieron sus gestos a lo largo del viaje. El joven sonrió y asintió con la cabeza. Dijo llamarse Emmanuel y señaló que procedía de la zona de Kayes, cerca de Senegal.

Era médico y disfrutaba de una situación acomodada en su país, pese a proceder de la pobre tribu de los armas, quizás por eso un envidioso jefe bambara le había denunciado falsamente por practicar de forma ilegal el aborto en el hospital en el que trabajaba. Amenazado de muerte tuvo que huir del país y ahora ocultaba su nombre bajo el seudónimo de Ben Ali Toure, un nombre que aún siendo de procedencia arma le permitía viajar sin ser identificado.

Apenas había terminado su historia cuando la puerta del almacén se abrió de golpe. Empezaba a anochecer y había que actuar con celeridad. Se subieron rápidamente al camión, les cubrieron con una lona y reanudaron su travesía sin apenas ver por dónde circulaba aquel vehículo.


El viaje duró tres días. Estaba diseñado para viajar de noche y ocultarse de día. Pararon en Abadla, donde durmieron en una gran tienda de campaña, y en Oujda, donde finalizaba el trayecto. Allí les hicieron bajar junto a la frontera y sin siquiera un saludo de despedida el camión partió de regreso a Tindouf, dejándoles una vez más con tan solo sus maltrechos pies como único medio de locomoción.


Se hicieron dos grupos. Uno intentaría la entrada en España por Melilla, mucho más cercano pero casi inaccesible, y el otro por Ceuta, que requería un ímprobo esfuerzo para moverse por tierras marroquies pero garantizaba un acceso más asequible al país.

Fatiha, Mirenne y Emmanuel optaron por este último. La presencia del joven doctor alentaba a las mujeres para afrontar la nueva aventura que se les presentaba. Junto a ellos caminarían otros 7 jóvenes de distintas nacionalidades centroafricanas, algunos compañeros de viaje desde el inicio otros incorporados en Tindouf.
Los que optaron por Melilla tomaron dirección a Nador y los que viajarían hasta Ceuta se separaron del grupo buscando cobijo el El Aiun, para desde allí dirigirse a Alucemas y continuar hasta la ciudad española cruzando Tetuán.

Cuentos de África - La bella Fatiha X

Cuando volví del permiso de la jura de bandera me incorporé a la Unidad de Inteligencia. Compartía cuarto con otros 3 reclutas, uno de mi remplazo y dos de alistamientos anteriores. De las promesas que me habían realizado para la captación sólo fallaron en una, no pude elegir chófer. Directamente me asignaron a Juan Miguel Soltero, el compañero de habitación que pertenecía a mi remplazo y venía recomendado por un subteniente de la compañía. Hoy me alegro de que así fuera pues esto me ayudó a encontrar a un excelente amigo con quien compartí parte de esta aventura.


La residencia era perfecta. Baños individuales, camas confortables y espaciosos armarios empotrados en lugar de las engorrosas taquillas metálicas que tantos dolores de cabeza nos habían dado durante la instrucción para salvaguardar nuestra intimidad y nuestras pertenencias.

Estabamos exentos de la mayoría de los servicios del cuartel, como limpieza o cocina, y las guardias se podían contar con los dedos de las manos. Mi uniforme se pasaba semanas enteras descansando en el armario y apenas me afeitaba y pelaba más allá de lo que la propia estética me dictaba. A veces, por pura rebeldía, incluso me saltaba las normas del buen gusto mostrando un aspecto desaliñado que pronto se convirtió en una de las comidillas del cuartel.

Mi misión, como habían dicho, era escribir dos artículos semanales, uno para cada uno de los periódicos de la ciudad, el Pueblo y el Faro de Ceuta, con entrevistas a soldados que destacaran por algún motivo especial o cubriendo información sobre los eventos militares que se celebrasen.



Apenas trabajaba uno o dos dias al mes, tiempo suficiente para dejar escritas y maquetadas las páginas de cuatro semanas y olvidarme de mi trabajo durante 30 días. El resto del tiempo lo dedicaba a deambular por la ciudad o participar en interesantes tertulias con los periodistas de la zona.

Así conocí a Tomás Partida, del diario el Mundo, Miriam Pedrero, de informativos telecinco, y otra serie de profesionales que me contagiaron su pasión por el periodismo. Juntos vivimos varias experiencias que contaré en futuros cuentos de África y que me sirvieron para formarme como persona y como profesional, aunque sin título.



Mi vida transcurría entre la redacción de los periódicos, la frontera marroquí o Tarajal, dónde día a día nos apostábamos a observar y estudiar el contínuo trasiego de personas, la gran vía de Ceuta, centro neurálgico de la ciudad, y el café Real, refugio de cientos de tertulias apartadas de la continua vigilancia de los recelosos mandos, que intentaban evitar a toda costa una relación fluida con los medios civiles de la plaza.

Cuentos de África - La bella Fatiha IX

Cuando despertaron la expedición ya había partido de nuevo. A su lado encontraron, una vez más, la manta roja con las oportunas dosis de agua debajo. Así fueron sucediendo los días. Cada noche avanzaban, a lo largo de la imaginaria línea que divide Mauritania de Argelia, y por las mañanas dormían bajo sus mantas refugiándose del abrasador calor que les hostigaba.

Cada amanecer dejaban la manta roja sobre el aterido cuerpo de su propietario y cada noche la recogían junto a las pequeñas cantimploras cargadas de agua. Sin cruzar una palabra. Sin dedicarse siquiera la mirada de agradecimiento con que depositaban la manta sobre su tembloroso y desconocido amigo y compañero de viaje.

Tras casi dos meses de marcha llegaron a Tindouf, parada obligada en su éxodo. Allí, según instrucciones, deberían buscar a un tal Mohamed Ben Afu, que les trasladaría en un camión hasta la frontera con Marruecos, dónde deberían reanudar su viaje a pie. Cuando llegaron a la populosa y militarizada ciudad Argelina sus compañeros las esperaban en un pequeño almacén a las afueras de la ciudad.


No fue dificil dar con ellos. En cuanto llegaron a las inmediaciones de la ciudad un militar les dio el alto. Asustadas intentaron explicar su situación. El soldado pidió que callaran y les dijo que sabía a qué iban y a quién buscaban, que a cambio de 10.000 francos las conduciría hasta el almacén donde aguardaban sus compañeros.

Fatiha sacó el dinero y el militar, que lucía en su hombro una estrella de alférez, hizo un gesto para que se acercara un pequeño Jeep, les pidió que montaran y sin cruzar una palabra con ellas el conductor, un soldado raso por lo que se veía en su uniforme desprovisto de galones, se adentró en la zona comercial de la ciudad, a las afueras de la plaza militarizada.

En una zona tumultuosa, cerca del zoco, dónde comerciantes saharauis regateaban con proveedores argelinos el precio de las viandas que luego llevarían a los campamentos, de refugiados el vehículo se detuvo. Cuando se fueron a bajar del mismo el militar se dirigió a ellas por primera vez en todo el trayecto. Les dijo que no habían llegado aún al sitio, pero que si querían continuar debían pagar 5000 francos más. Mirenne abrió la boca para protestar, pero antes de que una palabra llegase a su garganta Fatiha la detuvo, entregó los 5000 francos y pidió que siguiera el viaje.




El militar recogió el dinero y lo ocultó en sus botas, luego señaló la puerta de un pequeño almacén a 100 metros escasos del vehículo y les dijo que allí estaban sus compañeros. Mirenne volvió a amagar una protesta, pero esta vez fue ella misma la que comprendió la inutilidad de la misma, y se resignó a bajarse del coche con un gesto forzado de agradecimiento.

lunes, 5 de enero de 2009

Cuentos de África - La bella Fatiha VIII

Salí tímidamente de la formación ante la atenta mirada de mis compañeros y mandos. Todos se preguntaban a qué venía aquella interrupción en el cadencial transcurrir de las mañanas. Estábamos frente al gimnasio, en uno de los patios, y tuve que recorrer cerca de un kilómetro hasta el lugar dónde me esperaban los brigadas. Se conviritó en el paseo más largo de mi vida.

Caminaba cabizbajo, meditabundo, aseteado por las miradas inquisitivas de reclutas y cargos. Eché un vistazo a mi derecha y la mirada de complicidad del sargento primero me tranquilizó bastante. Él había hablado con los brigadas y sabía cuál era el motivo de aquella ruptura de la metódica alineación diaria. Su mirada de satisfacción
me alentaba a pensar que no podía tratarse de nada malo.

Me presenté siguiendo la norma militar, como el soldado Herrero, fusil al hombro izquierdo y mi mano haciendo visera en el derecho. Ellos enseguida relajaron las formas y más cordialmente se presentaron como los brigadas Pardo y Pizarro, de la Unidad de Inteligencia Militar de la Comandancia General de la Plaza de Ceuta. Enseguida pensé en la broma, en la incompatibilidad entre inteligencia y militar, pero los nervios me impidieron ni siquiera sonreir por la ocurrencia.



Me comentaron que habían leído el cuestionario que había rellenado al incorporarme a filas y que habían indagado algo sobre mi trayectoria. Los malos augurios volvieron a mi mente. Sin embargo ellos mantenían el trato cordial, y viendo mi estado de nerviosismo enseguida resumieron. Acababa de abandonar la plaza por motivos psicológicos el periodista militar y necesitaban a alguien que le sustituyera mientras se incorporaba algún otro profesional que pudiera cubrir la vacante y yo era, según dijeron, la persona adecuada. No supe como reaccionar, me quedé paralizado, me imaginaba en el frente haciendo de corresponsal de guerra.



Pronto me sacaron de mi error. Me indicaron que mi trabajo consistiría en escribir 2 artículos semanales, durante los próximos 7 meses, sobre la vida militar en la plaza de Ceuta, uno para el Faro y otro para el Pueblo. Me aseguraron que me alojaría en la mejor residencia militar de la localidad y que además estaría rebajado de pelo y barba, es decir, que no tendría que guardar las normas de aseo básicas exigidas a los militares. Me comentaron también que me despidiera de mi uniforme, que apenas me lo pondría durante el resto de mi estancia en Ceuta y que eligiera, si quería, un compañero que me acompañaría como chofer en mi trabajo.

No podía dar crédito a lo que me estaban diciendo. Me pidieron que me lo pensara y con el saludo militar se despidieron hasta después de la jura de bandera, momento en el que debía incorporarme a mi destino.