viernes, 21 de diciembre de 2007

Sueño


A veces no duermo pensando en tí

y cuando lo hago sueño contigo

A veces me desvelo soñándote,

como otras tantas me atrapa Morfeo entre tus brazos.

A veces te imagino en mi cama,

como salto de ella al no encontrarte.

A veces estás en mis sueños,

como nunca al despertar.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Señales

A veces te tiras horas, días o incluso meses intentando dejar una señal. Amontonas piedrecitas en medio del camino para construir un corazón, por ejemplo, sabiendo que a quien amas ha de pasar por allí y verlo. Y entiendes que lo comprenderá. Sin embargo en tu afán y empeño colocas tantas piedras que al final sólo tú ves la montaña que has construido, pensando que cuantas más piedras pongas más se valorará el esfuerzo, y cuando ella llega sólo se encuentra una obstáculo en medio de su camino, deforme, que la vista no puede abarcar, por lo que decide flanquearlo e ignorarlo. Y tú sigues esperando en la cima.


A veces, soy yo quien no ve la montaña de piedras que tengo enfrente. Y simplemente me quedo absorto a mirarla. Sin molestarme en escalar.


Son señales que dejamos. Si venciesemos nuestros miedos pondríamos letreros luminosos "Te espero arriba"

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Lo prometido es deuda

Sus trémulas manos acariciaban el papel con que trataba de envolver los regalos. Pese al temblor que las castigaba hacía varios años fue plegando con meticulosidad aquel envoltorio, dejando perfectamente cuadradas las esquinas y terso el papel que escondía aquella pequeña caja de plástico.


A cada doblez iba recordando, con cierta dificultad, cuantos paquetes iguales había guardado. Aquel primero ilusionado, hacía ya 50 años, con la incertidumbre de la respuesta, o aquel otro, 6 años después con un proyecto de vida.



Ahora su enfermedad apenas le permitía recordar aquellos momentos de forma pasajera. Unos y otros se mezclaban con la realidad, en una amalgama de sentimientos, que tan pronto recreaban esos instantes ilusionados como le atenazaban con los miedos del pasado. Las dudas sucedían a los besos de forma vertiginosa, y mientras unas noches se levantaba riendo en los brazos de su amada, otras lloraba desconsolado su ausencia, con el temor adolescente de perderla.

Un sueño reiterado le trasladaba hasta la estación de aquel tren en el que un día partió, dándola por perdida para siempre, y sudoroso se levantaba, gritando y llorando, en un andén solitario, en el que su voz se perdía con el ruido de motores.

Otras se levantaba corriendo, nervioso y se vestía para aquella primera cena, juntos y solos, entre tanta gente, con una orquídea en una mano y el corazón en el otro puño.

Había noches en los que se despertaba con el llanto de un bebé, y presto acudía a la habitación de al lado, hoy vacía, a atender los pucheros de aquella niña rubita que un día corrió por aquella casa, llenando de alegría y felicidad su vida.

Otras la consciencia se recreaba, y sentado en su cama ordenaba cronológicamente aquellos recuerdos que vivía una y otra vez, en un presente incierto, en un pasado difuso.

Aquel era uno de esos momentos. En los últimos 9 años, desde que se detectara su enfermedad, era uno de los escasos instantes seguros en los que su consciencia era plena. Las hojas de su calendario pasaban ordenadas regalo a regalo, desde hacía 50, envolviendo la ilusión de un amor longevo.

Cuando terminó de plegarlo lo dejó con mimo encima de la cama y se sentó a esperar.

Un calido beso en su frente recogió sus sueños, y el amor de 50 años de vida en común.

Dedicado a Noelia que quería un final feliz.

martes, 11 de diciembre de 2007

Cuento triste de Navidad

"Eran unas frías navidades. Nano había dejado de creer en los reyes. No porque hubiese descubierto que fuesen los padres, eso ya lo sabía desde pequeño, sino porque sus regalos se habían convertido hacía mucho tiempo en un intercambio de rigor sin ilusión ni esperanza.

Sólo disfrutaba de las fiestas viendo los ojos de otros niños, más pequeños que él, que seguían fascinados con la llegada de los magos, e incluso disfrutando, hasta agotarlo, del último regalo recibido, que seguía haciéndoles ilusión, pese al paso del tiempo.

Nano había dejado de escribir su carta hacía mucho tiempo. Nisiquiera ponía sus zapatos en la chimenea como era tradición en su familia. Bueno, al lado del árbol pues no tenían chimenea. En lugar de los suyos habían ido apareciendo nuevos zapatos junto al abeto, que se emparejaban de dos en dos, y que un día dejaron solo el de Nano hasta que optó por desaparecer, sin que nadie lo echara en falta.

En su memoria apenas recordaba su último regalo. Quizás un jersey verde, o una bufanda, prendas que pasaban de temporada y terminaban durmiendo en el armario de los recuerdos, o lo que era peor, convertidas en trapos para limpiar la cocina.

Nano llegó al escaparate de una tienda que no conocía. Le llamaron la atención sus luces y un agradable olor a dulce de leche que emanaba de su interior. Con el puño de su chaqueta limpió el vaho que cubría el gran ventanal, y dentro solo vio un artículo. El más bello que jamás hubiese podido imaginar en un escaparate. Sus colores, verde, amarillo y ligeramente rosaceo le hicieron recuperar su ilusión por la navidad. Cogió papel y boli y escribió su más bella carta de reyes, pero no dirigida a los magos de oriente, ni al gordinflón de la coca cola, sino al mismo regalo. No lo quería para sí, sino que era él quien quería ofrecerse.

Durante meses Nano confió en que le llegase su regalo. Cada mañana miraba el buzón esperanzado en encontrarlo y mientras, cada día, pasaba por aquel escaparate para disfrutarlo. Un día desapareció del escaparate y Nano lloró. De golpe se esfumaron sus fuerzas, su ilusión por despertar cada día y ver aquel regalo, que si bien nunca sería suyo se conformaba con poder ver tras las cristales día a día.

Cuando llegó a casa sobre su mesa descansaba un paquete. Atónito y nervioso, preso de la ansiedad rasgó el papel con brusquedad. Sus torpes dedos fueron rompiendo sin ninguna delicadeza su envoltorio, hasta que poco a poco fue apareciendo su regalo, el que llevaba tanto tiempo esperando, el que le había hecho recuperar la ilusión y la sonrisa. Justo cuando terminó de desenvolver el regalo sus manos quedaron paralizadas por los nervios, y entre ellas se escurrió dejándolo caer al suelo.

Allí, hecho añicos, Nano miró su corazón. Era su regalo y lo acababa de romper, presa de la ansiedad, la obsesión y la impaciencia. Nano se arrodilló junto a los restos. Intentó pegarlos, reunirlos, juntarlos todos en un montoncito y recomponer tanta belleza. Pero era imposible. Tras varios días juntando trocitos Nano volvió a salir a la calle, volvió a ver la cara ilusionada de los niños tras los escaparates, volvió a ver luces y volvió a sentir el olor de dulces de leche.

Pero, no podía olvidar y cada día seguía pasando por aquel escaparate, hoy cerrado, que un día guardó su corazón.

Un día, un barrendero vio un pequeño bulto sobre la cera. Al lado de un escaparate un niño había muerto de frío. Sólo le cubría un viejo abrigo verde y una raída bufanda. Entre sus manos un montón de trocitos verdes, amarillos y rosaceos intentaban componer una figura, la más bella que jamás hubiera nadie imaginado. "

domingo, 9 de diciembre de 2007

Deseos



Las navidades son fechas propicias para la ilusión y formular deseos para el año que viene. Os dejo unos calcetines colgados para que pidáis los vuestros a través de los comentarios.

Ya hay calcetín de gato....

sábado, 8 de diciembre de 2007

Es navidad

Este año los reyes no dejarán en mis zapatos el regalo que he pedido. He debido ser malo. Sin embargo el espiritu navideño debe reinar. Las calles ya están engalanadas, las luces avisan de la llegada de las fiestas y miles de personas pululan por la ciudad en esa vorágine que algunos critican por comercial, pero que a mi me suena a ilusión y convivencia.



Yo no voy a ser menos y ante la insistencia de Patricia he decorado mi caverna. Entrad y coged un polvorón. Los sugus están en un cajón a espera de que pasen estas fiestas.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Un espejo

Su mirada es un espejo mágico, que dibuja una sonrisa en la cara que refleja.
Su mirada es el pozo de aguas cristalinas donde pido mis deseos.
Su mirada son mis ojos, por los que veo el mundo, por los que lloro.

viernes, 30 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XXII (FIN)

Había llegado el día. Hector despidió a Nana en la fría terminal internacional del aeropuerto de Portela. Un abrazo, acompañado de un caluroso beso fraternal, en la mejilla, cerró las puertas de su corazón, de un portazo y bañado en lágrimas. Mar también lloraba. Confundida quizás. Con aquel adiós cerraba un capítulo más de su vida del que sólo quedaría una caja más llena de poesía, aparcada junto a otra. Esperando quizás que alguien, un príncipe azul que supiera hacer bailar las abejas, las que solo se despertaban en el sueño adolescente de querer descubrir de nuevo el amor, apareciera en su vida.

No quiso mirarle a los ojos. No quería perder en un día el firme convencimiento adquirido durante casi un año. No lo amaba. No sentía nada. Se decía, mientras sus manos se soltaban definitivamente e iban espaciándose lánguidamente, primero las palmas, luego los dedos acariciándose lentamente hasta que al final se separaron sus yemas. Para siempre.

Hector esperaba una palabra, un "quédate" que se ahogó en los labios de Nana. Cruzó la puerta de embarque y salió hacia Paraíso, un lugar en la conciencia, en el recuerdo, en la nada.
Nota del autor:
Si no os gusta el final lo siento, no siempre las historias de amor tienen final féliz. De hecho cada vez son menos los finales de película, aunque el guión sea bueno a veces falla el casting.
Eso sí, hay un final alternativo, pero lo tiene que reescribir la propia coleccionista de versos.

La coleccionista de versos XXI

No quería comprometerse. No identificaba en aquellas noches de pasión, en aquellos encuentros contados o en aquella sólida amistad ni un reflejo de lo que ella había pensado siempre que era el amor. No había abejas revoloteando en su estomago, ni mariposas que la hicieran elevarse por encima del nivel del mar. Tampoco quería dañarle, pero cada vez en más contadas ocasiones se entregaba irreflexivamente al ardor de unos besos que quemaban en su boca, al desenfreno del sexo con sentimiento de culpa, y a unos abrazos sinceros que buscaban redención.


Ella sabía lo qué el sentía, pero era incapaz de identificar sus propias emociones. No era amor, se convencia a sí misma. No tenía nada que ver con aquel nudo entre el estómago y el corazón que había sentido en otras ocasiones, con la necesidad imperiosa de ver a la persona amada, con la adicción a los besos, a las caricias, a los abrazos y las miradas del amor adolescente. Sabía que le vería cada día, y cuando no, no sentía la urgente necesidad de hacerlo. No era amor, se convencía, y así se lo hizo saber en múltiples ocasiones.


Mientras él esperaba. Confiado en que aquella situación cambiase. En que aquellos cada vez más esporádicos encuentros, que aquella sólida relación de amistad y confianza derivase en una mirada, naufragase en un beso eterno que sellase la eternidad, juntos.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Pequeños

Cuando eramos pequeños no nos preocupaba perder las cosas.

Sabiamos dónde encontrarlas.

Fuera lo que fuera, buscábamos en el sofá, entre sus cojines, y allí estaba, junto a un caramelo, un sugus amarillo, un cromo de Arkonada y varias monedas de distinto valor.

Hoy fui a buscarte entre los pliegues de mi sillón. Levanté los cojines, metí la mano en sus recovecos. Pero no te encontré.

Había un caramelo en el sabor de tus besos, los que nos dimos allí. Había un abrazo envuelto de amarillo, pegajoso como un viejo sugus. Había una foto de los dos, de las que coleccionamos con ilusión, y había dos miradas, una de dos céntimos del día que me dijiste que no me querías y otra de valor incalculable, de cuando se cruzó con la mía y no pudiste decir nada.

Pero tú no estabas. Hoy, cuando perdemos las cosas, ya no están en el sillón.

martes, 20 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XX

Las cartas y los encuentros se fueron sucediendo, las primeras día tras día, los segundos con menor cadencia. De forma sistemática y prácticamente a la misma hora, cada mañana un nuevo papel cruzaba bajo aquella puerta, para ser depositado minutos después, una vez leído, con sumo cuidado, en el fondo de la caja verde que dormía en aquel cofre junto a su hermana marrón.


Algunas tardes otro papel se arrastraba hasta los pies de Hector, que esperaba ansioso, sentado, en su cama, citándole para un nuevo encuentro en el Campo das Cebolas. Movidos por una irrefrenable pasión se entregaban al amor bajo aquellos arcos. Un amor secreto que sólo tenía cabida en aquel lugar, que solo tenía lugar para ellos dos, dibujado en el paisaje, en el lienzo imaginario de aquel entorno. Que no pertenecía a la historia, pues nunca sería contado. Que no pertenecía al tiempo, pues solo existía allí y en el mutismo que les envolvía cuando abandonaban aquel escenario gris, de ropas tendidas y flores, quizás orquídeas, recién regadas.

En la casa, o en los pocos lugares que visitaban juntos, se transformaba en amistad, en una complicidad sospechosa, en un guiño inoportuno o una caricia perdida de un dedo insolente que buscaba el calor de una piel tersa que rehuía el contacto.

Al día siguiente otra carta y cada noche, un llanto.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XIX

Volvieron a casa como dos desconocidos. Uno a 2 metros del otro. Sin hablarse. Cuándo Hector intentaba acercarse Mar aceleraba sus pasos y miraba atrás, con una sonrisa y un nuevo "aquí no".
Un oscuro tinte grisaceo cubría las calles que antes tan bellas le habían parecido a Hector. Confuso buscaba una y otra vez la mano de Mar y solo obtenía otro "aquí no".
Entraron en casa. Nana en su habitación, Hector en la suya. Desconcertado empezó a escribir:
"Quiero escribir mil palabras que te susurraría al oído. Quiero componer las notas de tu canción y la mía. Quiero acercarme a tu oído y hablarte con besos, tocar tus labios y escucharte con los míos.

Quiero que sean tus ojos quienes escriban mi vida, que sea tu respiración el aire de la mía y encontrar en tu pelo el calor que me abriga.

Quiero que sean tus senos las cavidades perfectas, del reloj de arena que calcula el resto de nuestras vidas.

Quiero ver la luna en tu ombligo, amanecer en tu sexo y en el ocaso de tus piernas nunca despertar de este sueño."
Plegó cuidadosamente el papel y, una vez más, lo introdujo bajo su puerta.

La coleccionista de versos XVIII

Hector saludó tímidamente. Aquella sonrisa tan pronto parecía invitarle a posar sus labios en su cuna como dibujaba el abismo que les separaba. Sus miradas se cruzaron. Esta vez los ojos de Mar se clavaron en los suyos. De repente descargaron todo el mar que contenían en el baldío de unos cuencos que necesitaban de su agua para florecer. Esta vez no intentaron traspasarle y clavarse en su espalda como una daga hiriente. Le miraba fijamente. Era el más bello arcoiris que jamás había visto. Era la mirada más tierna en la que nunca se había perdido. Era el universo más dulce en el que jamás había naufragado.


Sus labios se fueron acercando. Un suave olor a orquídeas le envolvió embriagándole, inhibiendo sus sentidos. Pero de repente la mano de Mar se cruzó en el camino. Con suavidad. Con la dulzura del viento al soplar sobre los dientes de león susurró, "aquí no". Bajó su mano. Cogió la de Hector y salieron a la calle, en silencio.


Bajaron por el Chao da Feira, bajo la atenta mirada de San Jorge, majestuoso. Corrieron por la rúa dos Loios, casi chocándose en las paredes que limitan su estrecha calzada. Volaron por la Saudade y o Barao, donde empieza a percibirse el olor al Tajo. Rodearon la Sé, de locas pinceladas artísticas, y bajo un arco del Campo das Cebolas Mar empujó a Hector y empezó a besarle lentamente, en pequeños mordiscos a los que Hector respondía con ansiedad, con la necesidad del sediento que encuentra una gota de rocío en una flor y no quiere deshojarla, con el ardor del preso que encuentra el amor tras años de reclusión, con la pasión del adolescente que acaricia sus primeros labios.


Mar le detuvo. Miró a sus ojos, de nuevo fíjamente, con un suave "tranquilo" fue enseñándole a besar, fue enseñándole a vivir. Sus labios recorrían los de Hector con la suavidad de un pétalo que cae sobre la árida arena del desierto. Su respiración pausada marcaba el ritmo de una partitura para dos, hasta acompasarse en una perfecta armonía de un solo tiempo. Sus dedos surcaban unas mejillas ardientes, casi enfebrecidas que querian estallar.

Hector se dejó llevar. Quería abrazarla hasta fundirse en un cuerpo. Quería besarla hasta que hubiese una sola boca. Quería compartir su mirada hasta un sólo iris. Quería respirar su aire hasta un solo pulmón. Quería perderse en sus cabellos hasta desaparecer. Pero se dejó llevar. Sus labios recibían caricias de sabor a cacao. Y era lo que había buscado toda su vida

lunes, 12 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XVII

No era capaz de dormir. No habían pasado 2 horas cuando volvió a abrir los ojos y, en la oscuridad, buscó la caja verde que aún permanecía sobre la cama, en el cofre que no había querido cerrar.

Leyó y releyó el papel cien veces, casi se lo aprendió de memoria. Encontró en él mil parecidos a otros que descansaban en el fondo de la caja marrón, tan iguales y tan distintos. Era imposible tanta coincidencia. Un año después la historia parecía repetirse. ¿El destino daba una nueva oportunidad o se reía regocijándose en su recuerdo?. Más versos, más palabras, una nueva caja que llenar de sentimientos. No se lo había planteado así, pero el simple hecho de colocar aquella pequeña caja verde en el cofre presagiaba el deseo de cierta continuidad. ¿habría más cartas?¿habría más poesías?¿debía contestar?

No lo hizo. Abrió la puerta de su habitación. Se acercó a la de Hector. Apoyó su mano en el pomo y, al sentir el frío de aquel metal romo, de dorado barniz cascarillado, dio la vuelta. Regresó a su habitación. Cogió un papel y escribió "Me han gustado tus versos, ¿no crees que a la noche le ha faltado algo?" Simple. Concisa. Pero cobarde. Con un gesto de rabia arrugó el papel y lo arrojó a la papelera.



Volvió a salir de la habitación, de nuevo su mano sintió el gélido tacto del pomo cromado, de nuevo volvió a soltarlo con un escalofrío, de nuevo regresó a su habitación llorando, de nuevo cogió un papel y de nuevo escribió "mis labios se han despertado queriendo saldar la deuda que tienen con los tuyos", de nuevo volvió a tirarlo, pero nada era nuevo, todo ya había sucedido...

Amaneció. Hizo café, y con una sonrisa esperó en el comedor.

La coleccionista de versos XVI

Se despertó. Apenas había dormido 3 horas. Miró bajo su puerta esperando una posible respuesta, pero el suelo de frias plaquetas jaspeadas aparecía limpio, más si acaso que la noche anterior. Volvió a acostarse con la vista puesta en la pequeña línea de luz blanca que se colaba bajo la puerta. Así pasó varias horas, sin pestañear siquiera. Esperando una contestación. Confiado incluso en que sonara la puerta y ella entrase en su habitación desnuda, sin decir una palabra, para apacigar los besos que se morían en su boca. Pero no lo hizo.


No sabía qué hora era. Tampoco le importaba. El ruido de la calle le anunciaba que Lisboa empezaba a despertar, mientras, él se sumía en un profundo sueño, con los ojos abiertos, en el que ella abría una y otra vez la puerta y se evaporaba nada más cruzarla, una vez más, desvanecida, una vez más, apagada, una vez más extinguida...
Un leve olor a café cruzó la estancia. Ya estaría despierta. Se aseó, intentó corregir como pudo sus enrojecidos párpados para camuflar su llanto, y abrió la puerta. Al fondo, desde el comedor, como si nada hubiese pasado ella le invitaba a desayunar con una sonrisa.

sábado, 10 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XV

Mar recogió el papel. Temblorosa, fue abriendo lentamente sus pliegues. No sabía qué podía encontrar dentro, pero tampoco qué era lo quería hallar en aquellas palabras de caligrafía nerviosa. Pensó en no leerlo siquiera. Guardarlo directamente en aquella caja que segundos antes había abierto, después de muchos meses, y que reposaba sobre la cama. Tampoco sabía por qué lo había hecho. Por qué, justo aquel día, tras tantos meses de olvido había vuelto a descerrajar aquel cofre cargado de recuerdos que de repente saltaron al aire como los males del ánfora de Pandora. No hizo falta mirar adentro. Uno a uno fueron desplegándose por la estancia cuantos recuerdos había decidido mantener ocultos. Caricias, besos, un paseo bajo la luna y un adiós. Momentos que se sucedieron en su mente de forma fugaz, como ante los ojos de un moribundo.


Comenzó a leer. Aquellos versos inocentes le parecieron lo más bello que jamás había leído. De repente de la caja marrón de cenefas claras comenzaron a brotar poesías que otrora resultaron hermosas. La cerró de golpe, ordenándola callar. No era su momento. Su momento había pasado y hoy quería deleitarse con aquellas nuevas palabras que desterraban su corazón, que insuflaban un nuevo aliento de vida a una existencia condenada a la soledad, al ostracismo autoimpuesto en penitencia por haber abusado del amor. Por haber querido sin medida. Por haber huído de si misma renunciando a todo por temor.


Cuando acabó de leer cerró la carta con delicadeza. Sacó del armario una caja similar a la anterior, pero de color verde. Introdujo en ella la nueva misiva y metió ambas en el cofre. Vestida aún, abrazó su almohada y lloró hasta caer dormida.

viernes, 9 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XIV

Poco a poco fue oscureciendo. Cruzaron rápido la rúa Augusta en ese momento preciso en que sus gentes empiezan a transformarse, en que las cabezas de admiración que pasean álgidas observando un balcón neoclásico, o un escaparate de lujo se van transformando en miradas vacías que buscan una colilla a medias, una papelera en la que encontrar quien sabe qué resto de comida o, por qué no, un rincon donde caer muerto y desaparecer sin que nadie le eche en falta.


Llegaron a la Rua Augusto Sousa, justo para cruzarse con el 28 y dejarlo pasar para seguir andando, mientras un violinista dedicaba una desafinada sinfonía a los últimos turistas que bajaban del castillo de San Jorge, revisando sin prisas las postales de una pequeña tienda, riéndose de una tarjeta completamente negra en la que ponía "Lisboa a noite".


Subieron por la rua da Saudade y giraron en el limoeiro. Ahí aceleraron el paso. Aunque tranquila por la serenidad que dispensa la Alfama y el hecho de sentirse, por primera vez en mucho tiempo acompañada, la estrechez de sus calles seguía estremeciendo a Mar, que aligeró sus pasos hasta considerarse a salvo bajo el quicio de aquella puerta raída que guardaba el que era su hogar desde que llegó a Lisboa y que ahora compartiría con aquel extraño que, si saberlo, tantos recuerdos le había traído.

Apenas se dijeron un "boas noites", cada uno se encerró en su habitación, deseosos de contarse a si mismos lo que había pasado aquella tarde.

Mar lloró. Deseó ir hasta la Torre de Belem y dejar como siempre que aquellas lágrimas las arrastrara el mar, depósito de tantas penas, ensenada de tantos recuerdos derramados en forma de llanto. No sabia por qué lo hacía, pero aquella tarde había abierto viejas heridas que creía cicatrizadas. ¿empezaba a sentir o es que no había olvidado? Prefirió creer esto último y cerrar las puertas al optimismo. Era más fácil.
Hector se mostró desolado. Se sentó en aquella cama de la que ridículamente colgaban sus pies y se sintió maleable, frágil. Había ido buscando un escape, una estación para marchar a otro lugar, un punto de inflexión en su vida, y había encontrado dolor. No sabía por qué le dolía, si por momentos se sentía el hombre más feliz del mundo, pero tres nudos, uno en el estómago, otro en la garganta y otro en el corazón apretaban sus entrañas. ¿Se había enamorado? No lo sabía. No recordaba qué era eso. Un día prometió no volver a enamorarse y hasta aquel momento había cumplido con su compromiso personal. Pero allí, en aquella lúgubre habitación lisboeta dudó, se estaba traicionando, y empezó a escribir:


"...Tengo guardados en mis labios tantos versos que decirte como besos que entregarte. Quisiera hacerlo poco a poco, pero tanto unos como otros se desbordan cuando te ofrezco el primero. Con cada recuerdo tuyo me inspiras una poesía, con cada palabra, un beso se atropella en mis labios esperando encontrar los tuyos...

...Ayer le conté mis planes a la noche. Hoy iriamos a verla juntos. Contariamos sin prisas sus lunares, y sería la primera invitada a nuestro encuentro.


La mentí. Me preguntará por tí, y te dibujaré a mi lado. Despacio, recorriendo con tanta exactitud cada rincón de tu cuerpo que creo que podré engañarla. Pero solo hoy. Mañana, como yo, echará de menos tu sonrisa y el suave eco de tu voz..."


Tembloroso, pero decidido, salió de su habitación e introdujo el papel por debajo de su puerta. Luego, como un niño, salió corriendo y se encerró en su habitación llorando.

La coleccionista de versos XIII

Ella notó rápidamente cómo la mirada de Hector se clavaba en sus ojos, y una vez más decidió apartarla, mirar mas allá de las inquisidoras púpilas que intentaban encontrarse con las suyas, como si pudiese atravesarlo.


También había notado, halagada pero avergonzada, como horas antes la misma mirada había recorrido su cuerpo centímetro a centímetro sin perder un detalle. No la había molestado. En otra situación, quizás, hubiese espetado una respuesta secante que interrumpiera tal osadía. Pero por algún motivo, lejos de ofenderla, la mirada de aquel hasta entonces desconocido, le había parecido una suave caricia inocente. La de unas manos inexpertas que pasean por el cuerpo anhelado con miedo siquiera a rozarlo. No vio lujuria en sus ojos, sólo admiración. El deseo púber del niño que acaba de descubrir la fragilidad de los sentimientos y no quiere romper el encanto. La delicadeza de quien recibe un regalo y estudia detenidamente como desenvolverlo sin rasgar el papel que lo envuelve.

Los ojos de Hector miraban el mar, los de Nana las nubes. Los deseos de Hector pasaban por Mar, los de Nana por evaporarse y desaparecer. Hector miraba con temor a Nana, Mar mordía sus miedos.

Una pequeña campana que anunciaba el fin del trayecto rompió aquel momento de tensión, lo que ambos agradecieron. Instintivamente Hector buscó la mano de Mar, y agarrados, de la forma más inocente, salieron de aquel cubículo de madera. Mar, como si nada hubiese pasado, como si toda aquella tensión acumulada en aquellos 8 minutos de ascenso y descenso en aquel cajón de madera raída se hubiese escapado por el resquicio de las puertas al abrirse, siguió hablando, quizás de forma más nerviosa, pero apenas perceptible, de los encantos del Chiado, de las fiestas en las docas y de lo fácil que era conseguir ciertas sustancias en las ruas del ouro y de la prata.

Bajaron hasta la plaza del Comercio y allí, sentados de espaldas a la verdosa estatua de Jose I, mirando hacia el arco de la rua Augusta, comieron en silencio sendos helados de vainilla, que Mar compró en un quiosco a la entrada de la plaza.

jueves, 8 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XII

Otras veces cogía el mismo tranvía número 15 pero se se dirigía, en dirección contraria, a la torre de Belem. Allí, bordeándola, se sentaba en unas piedras.
Incluso en invierno, hundía sus pies en el agua, en ese lugar incierto entre el mar y el río, y se dedicaba a escribir. En un pequeño cuaderno de pastas de color hueso componía sus propios versos, o pequeñas historias que cerraba siempre con una breve reflexión personal, llena de sentimiento que reflejaba su realidad.
Era fácil saber su estado de ánimo. Los días en que se veía abatida por la melancolía sus ojos se perdían en el horizonte, y el salado de sus lágrimas contribuía a endulzar el mar. Por contra, otros días miraba hacia la ciudad, recogiendo del Tajo las aguas que venían de su Extremadura natal, con las que limpiaba sus recuerdos, impregnándolos de nuevos aromas, de nuevos sabores que le devolvían su juventud.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XI

Muchas tardes, al menos una vez por semana, cogía el tranvía número 15 que la dejaba a escasos 100 metros de la torre de Belem, compraba en la pastelería "Pasteis de Belem" unos pasteles de masa de hojaldre rellenos de crema y huevo, y se dirigía al Monasterio de los Jerónimos.
En la puerta saludaba al guarda, un recto vigilante que tras 2 años de metódicas visitas había decidido hacer la vista gorda y dejarla entrar gratuitamente, y se encaminaba por el claustro hasta la tumba de Pessoa, dónde se descalzaba, ponía sus zapatillas en un rincón, apartadas de la vista de los curiosos, se sentaba a sus pies sobre la fría piedra, y durante horas leía con fruición poemas en portugués, del propio Pessoa:
"A abelha que, voando, freme sobre
A colorida flor, e pousa, quase
Sem diferença dela
À vista que não olha,
Não mudou desde Cecrops.
Só quem vive
Uma vida com ser que se conhece
Envelhece, distinto
Da espécie de que vive.
Ela é a mesma que outra que não ela.
Só nós — ó tempo, ó alma, ó vida, ó morte! —
Mortalmente compramos
Ter mais vida que a vida."
O de Eugenio de Andrades, entre otros muchos:

Já gastámos as palavras pela rua, meu amor,
e o que nos ficou não chega
para afastar o frio de quatro paredes.
Gastámos tudo menos o silêncio.
Gastámos os olhos com o sal das lágrimas,
gastámos as mãos à força de as apertarmos,
gastámos o relógio e as pedras das esquinas
em esperas inúteis.
Meto as mãos nas algibeiras
e não encontro nada.
Antigamente tínhamos tanto para dar um ao outro!
Era como se todas as coisas fossem minhas:
quanto mais te dava mais tinha para te dar.
Às vezes tu dizias: os teus olhos são peixes verdes!
E eu acreditava!
Acreditava,
porque ao teu lado
todas as coisas eram possíveis.
Mas isso era no tempo dos segredos,
no tempo em que o teu corpo era um aquário,
no tempo em que os teus olhos
eram peixes verdes.
Hoje são apenas os teus olhos.
É pouco, mas é verdade,
uns olhos como todos os outros.
Já gastámos as palavras.
Quando agora digo: meu amor...
já não se passa absolutamente nada.
E, no entanto, antes das palavras gastas,
tenho a certeza
de que todas as coisas estremeciam
só de murmurar o teu nome
no silêncio do meu coração.
Não temos nada que dar.
Dentro de ti
Não há nada que me peça água.
O passado é inútil como um trapo.
E já te disse: as palavras estão gastas.
Adeus.
Los poetas portugueses siempre le habían parecido tristes. Pero era en esa tristeza dónde ella había encontrado su penitencia con el pasado y era, en aquella leyenda de la tumba de Pessoa donde encontraba su redención con el presente, su lucha por seguir viviendo.
Para ser grande, sê inteiro:
Nada teu exagera ou exclui.
Sê todo em cada coisa.
Põe quanto és
no mínimo que fazes.
Assim em cada lago a lua toda
brilha, porque alta vive

martes, 6 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos X

Sus ojos reflejaban el mar, aunque había nacido en un pequeño pueblo de la alta Extremadura.

Quizás por eso decidió abandonarlo un día para ir en busca de la amplitud del oceano, huyendo de si misma, de sus recuerdos, de un pasado que seguía guardando en una pequeña caja marrón de cenefas claras que llevó con ella y que guardaba bajo llave, en su habitación, en un cofre de madera con negros herrajes.



Aunque había decidido escapar de su pasado siempre llevaba consigo esta pequeña parte del mismo. Pequeña en tamaño pero grande en significado. En el lacerante dolor que rasgaba sus entrañas cuando, muy de tarde en tarde, invadida por la melancolía, la abría, buscando un poema, una frase o una fotografía que la devolviese a aquel momento que, sin embargo, intentaba olvidar.
Aquella era su vida, su pequeña historia. Varios poemas. Frases sueltas en una servilleta de papel del bar donde desayunaron. Una flor marchita que un día había marcado la cita de un libro que luego perdió su significado y unas fotos. Apenas diez. No dio para más. Una fecha en una entrada de cine. Un te quiero en un billete de autobús. Un te espero en una multa de la zona azul.
Había viajado a Lisboa con 21 años. Siempre le había atraído especialmente aquella ciudad. Un día alguien le dijo que allí, en sus contrastes, encontraría la felicidad, y tantas eran sus ganas de deshacerse de su tristeza que partió dejándolo todo. Menos los recuerdos, que la perseguían como aquella caja de la que no quería desprenderse.
Aprovechó una beca para estudiar y decidió quedarse. Buscar el olvido en una tasca del barrio alto o en una galería del Chiado. En el horizonte del atlántico desde la torre de Belem o en los rojos tejados desde San Jorge. Bajo un árbol en la estufa fría o sentada en las escaleras de los Jerónimos. En los ojos tristes de su espejo o en un poema garabateado en la pared y borrado mil veces.

lunes, 5 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos IX

Ensimismado en la conversación de Mar, Hector apenas se dio cuenta de que habían variado el rumbo. Tras tomar de un sorbo aquel fuerte pero a la vez dulce licor de guindas, otro más de los grandes contrastes lisboetas, habían dirigido sus pasos a la plaza do Carmo y ante sus pies se erigía majestuoso el elevador de Santa Justa.


Mar le invitó a tomarlo. Esperaron en silencio, por primera vez desde que iniciaron el camino, que les tocase el turno. Delante de ellos unos niños jugueteaban nerviosos, esperando subir a aquel artilugio neogótico que en turnos de 24 personas iba subiendo a los curiosos desde la moderna, céntrica y comercial calle de Santa Justa hasta el bohemio barrio alto, para volver a bajar en exactamente 8 minutos.

Durante el ascenso Hector volvió a mirar a los ojos de Mar. En su azul distinguió hasta tres tonalidades distintas que variaban desde el verde azulado de un atardecer en el mediterraneo hasta el azul verdoso del amanecer atlántico. Tan iguales, tan distintos... Se convertían en una ventana al mundo, al futuro, en aquel cubículo de madera con olor a rancio y un melancólico sabor a nostalgia, si es que la nostalgia se puede degustar. Durante un momento pensó que su mirada se correspondía, pero los ojos de Mar miraban más allá, a ningún punto fisico, a ningún lugar geográfico, sino a un momento inconcreto de su pasado que sólo ella conocía.

sábado, 27 de octubre de 2007

Disculpas

Robo un minuto al sueño o al insomnio para pedir disculpas. Por abandonar la caverna con tantos amigos dentro. Por dejar secar la tinta que escribía en sus paredes. Por desaparecer sin decir adiós. Por decir adiós sin desaparecer.... Volveré. Retomaré la historia. Me sentaré con vosotros en estos cómodos cojines que me permiten soñar o desahogarme. Pero será después... cuando el frío que entra por esa puerta me deje escribir... cuando tenga tiempo, cuando tenga tiempo, cuando tenga tiempo....

lunes, 15 de octubre de 2007

Un día

Un día vio un cartel en las paredes de su ciudad. Sonrió y se quedó mirando el poster. Recordó los buenos momentos pasados, también los malos. Echó mano a sus bolsillos vacíos y se dió la vuelta, pensando en recordar viejos tiempos. Pero no sabía dónde. Volvió a su casa vacía, puso un disco y abrió un libro. Era lo único que le quedaba.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

La coleccionista de versos VIII

La comida, que había transcurrido en el más absoluto de los silencios, concluyó con una "biquinha" de café de puchero. Momento de relajación que Mar aprovechó para romper la quietud de la sala interrogando a Hector sobre su vida, mientras la casera, siempre callada, recogía los últimos enseres de la mesa.


A Mar le costaba sacar las palabras a un tímido Hector, que apenas contestaba con monosílabos o escuetas respuestas con datos concisos sobre su edad, su trabajo o su vida por Extremadura.


Convencida de que la causa de la timidez de Hector se debía a las continuas interrupciones de la casera, le invitó a continuar la charla en la calle con una "ginjinha", para adaptarse, dijo, a la vida lisboeta.



Bajaron hasta la Plaza del Rossio, subieron por la Rua de Sao José e hicieron cola durante unos minutos para poder degustar este licor de guindas, rito obligatorio para la digestión en la capital lusa. Por el camino Mar fue contando cómo había llegado a Lisboa a estudiar un postgrado de historia y se había enamorado de aquella ciudad de contrastes.


Tenía tan solo 23 años, pero hablaba de aquella ciudad como si formase parte de su historia, como si hubiese vivido allí la instauración de la república el 5 de octubre, o aquel mítico 25 de abril con una flor por fusil. Sus ojos se hacían más azules cuando hablaban del barrio alto, o del mercado de la plaza de Espanha, que decía, nada tenía que envidiar a la boquería,... a su estilo.


martes, 25 de septiembre de 2007

La coleccionista de versos VII

Dos golpes secos en la puerta le sacaron de su ensoñación. Paseaba con su mente por aquel país posible de Ruy Belo, en busca de un pájaro inocente, en un horizonte plagado de palomas.


- ¿tem fome? - le interpeló una voz desde el otro lado de la puerta.
No reconoció en ella la voz de la casera. Era una voz más dulce, quizás más joven, delicada como un susurro. Si no la hubiesen precedido aquellos golpes en la puerta hubiera pensado que salían del mismo Tajo, del ulular de una concha, de la suave brisa que a mediodía acaricia el mar de la paja.
Confundido abrió la puerta y ante él se abrieron, inmensos, dos grandes ojos azules, llenos de mar, repletos de un cielo sin horizonte. Tartamudeó. Intentó presentarse pero antes de decir palabra dos besos salieron a su camino.
- Hola, soy Mar, pero puedes llamarme Nana. - Dijo - Supongo que tú serás Hector. Te preguntaba si tienes hambre. Vamos a comer. Normalmente tendrás que hacerte tú la comida, pero como bienvenida te hemos preparado una ensopada. Es una especie de cocido. ¿Te gusta? Ay, perdona, pero es que llevaba tanto tiempo sin hablar castellano....

Abrumado por el torrente dialéctico de su interlocutora apenas si asintió, sin saber si decía que sí a que era Hector, a que tenía hambre o a que disculpaba su conversación, que para nada le había molestado. Todo lo contrario. Aquellas palabras precipitadas habían ido llenando cada uno de los vacíos con que se había encontrado en el viaje, en su llegada al país, o incluso, pudiera ser, en toda su vida.

Salió de la habitación siguiendo la estela de la joven, que con un breve pero decidido "ven" le había invitado a acompañarla.

Era menuda, pero bien proporcionada. Sin llegar a ser excesivamente pequeña. Sobre sus desnudos hombros caía una cabellera castaño, muy clara, podría decirse rubia, ordenadamente despeinada, que cubría parte de su dorso. La espalda, bien formada, producto quizás de alguna sesión de gimanasio, concluía en una cintura breve, aunque ligeramente ornamentada por dos pequeñísimos, casi insignificantes michelines que le dispensaban esa belleza de lo puramente natural. Llevaba una pequeña camiseta verde que dejaba entrever una espalda salpicada de lunares, en los que rápidamente encontró mil constelaciones. Los pantalones, beiges, algo anchos, impedían hacerse una idea clara del resto de su figura, pero pronto su imaginación empezó a dibujar el cuerpo perfecto con que había soñado toda su vida.

Tras esta lujuriosa radiografía subió avergonzado la vista, para encontrarse de nuevo con el azul oceánico de sus ojos, que le sonreían desde el fondo del comedor. A la derecha, poniéndose en pie desde un sillón de mimbre, la casera le invitó a tomar asiento y degustar aquellas viandas antes de que se quedaran frias. En silencio todavía, con un ligero "gracias" que se perdió en el camino, ocupó un taburete de madera y comenzó a comer, sin levantar apenas la vista de la mesa.
(Los nombres no son fruto de la casualidad, ni es pura coincidencia cualquier parecido con la realidad. No son sino un guiño cómplice a una lectora habitual de esta caverna y un homenaje a un gran escritor, que los usó en un libro por salir que ya recomendaré en su día. Espero que ni una ni otro se molesten por este plagio)

El cura

Lo conocí en aquella preciosa ermita en plena sierra de Gata que él mismo había construido, sino con sus propias manos, que puede que también, sí con su ilusión y su fe (es raro, sólo hablo de fe cuando hablo de personas como él). Todavía no sé qué hacía yo en aquella eucaristía un miércoles de pascua. Si creyera, al menos en el destino, pensaría que había sido este el que me había llevado hasta allí. Confiaré, por no cambiar ahora mis creencias, en que fue mi amistad con varios miembros de aquella asociación juvenil la que me arrastró hasta aquel lugar rodeado de magia.


En un principio me mostré reticente a participar de aquel rito eclesiástico, excusándome en mi respeto a unas creencias que no comparto. Pero la curiosidad por conocer a aquel personaje de quien todos hablaban maravillas, o la búsqueda de ese motor que llevaba hasta allí a varios de mis más preciados amigos del mundo asociativo me hizo adentrarme en aquella iglesia.


Sin intención de interrumpir la ya empezada eucaristía busqué asiento en un lateral de la capilla, cerca del altar, pero suficientemente apartado como para asegurar, eso creía, mi anonimato.


Sin embargo enseguida noté que dos ojos se clavaban en mi mirada. Sin perder la concentración, casi al borde de cierto misticismo, con que se dirigía a aquel nutrido grupo de jóvenes, que le seguían con fervor, me miró lárgamente a los ojos como si sus palabras en aquel momento tuvieran un sólo destinatario, yo, entre aquel centenar de almas que esperaban una palabra suya. Luego me dijeron que ciertos problemas en la vista le obligaban a mirar de esa manera, y que seguramente en aquel momento simplemente intentaba averiguar quién era aquel nuevo feligrés que se acercaba a sus predios. Sin embargo yo seguí pensando que me había querido hablar y que en aquel momento habiamos entrado en perfecta comunión. Algo extraño para un ateo confeso como yo, pero no era creer en Dios, era creer en las personas.


Tras aquella ceremonia, en la que ratifiqué mi amistad con quien luego sería un compañero de sueños e ilusiones, Jorge, y conocí a otro que nos acompañaría en ese camino, Jose, busqué la oportunidad de poder hablar con él, personalmente. No sabía por qué pero había muchas cosas que quería contarle y muchas otras que quería que me contara.


Encontré varias oportunidades. Las charlas se prodigaron a lo largo de la semana. Lo que iba a ser una visita puntual se convirtió, en gran parte por esas conversaciones, en una intensa semana llena de emociones, que aún hoy se escapan a mi habitual racionalismo.


Podría hablar de aquellas tertulias, algún día lo haré. Guardo en el recuerdo varios pasajes realmente interesantes que, quizás por egoismo, aún guardo para mí, y apenas he compartido con algunos amigos comunes. Pero hoy sólo quiero traer su recuerdo.


El otro día Jose me comentó que iba a verlo. Le envié un abrazo, con la duda de si se acordaría de aquel pobre infiel que un día se confesó ateo en mitad de una eucaristía, y al que él comparó nada menos que con Victor Hugo, que osadía. No solo me recordaba, sino que sus palabras me dieron a entender que a veces entraba a hurtadillas por esta caverna. Me sentí feliz. Sigo sin creer, pero sí en él, y en su fuerza. Me dijo, a través de Jose. "Rezar y escribir es lo mismo. Paz y fuerza". Estoy seguro de que sí, por eso hoy le escribo este pequeño y humilde rezo. Además, en justa correspondencía, he enlazado su blog que podéis ver en la columna de la derecha. Es el padre Pacífico.


domingo, 23 de septiembre de 2007

Sahara II

El que no quiera vivir sino entre justos, viva en el desierto
Lucio Anneo Séneca


La magia de aquel entorno me había enmudecido. Los sentimientos se agolpaban sin que fuera capaz de expresarlos. Por la mañana me limitaba a aprender, a recoger, abrazar e intentar digerir todas aquellas experiencias que se nos servían con el más cálido de los afectos.

La mirada se me perdía en el espumoso té, que en su automático ritual unas manos expertas convertían en parte imprescindible del día, marcando con cada vaso la agónica cadencia de un tiempo sin horas, de un recorrido sin cuenta atrás.



Es curioso, pero aunque contemos el tiempo hacia delante, la sociedad en que vivimos, el mundo occidental, mide las historias individuales en pequeñas, o largas, cuentas atrás, pero siempre con una meta, la hora de ir a trabajar, la de salir, el plazo de una hipoteca, una fiesta, un cumpleaños,…

Sin embargo, la falta de aspiraciones con que se ha condenado a la sociedad Saharaui les impide hablar de más metas u obligaciones personales que las distintas oraciones diarias o esas pertinentes infusiones que marcan las pautas de sus vidas hasta la muerte, sin proyectos, sin aspiraciones, sin obligaciones…

Toda esa información recopilada a lo largo del día bullía por la noche en mi cabeza, buscando una vía de salida que mi palabra no garantizaba. Tan solo iluminada por una Selena exultante y un zumbante fluorescente enganchado a una mísera batería de automóvil, la penumbra de la haima impedía registrar en papel aquellos pensamientos que con el sabor salado de unas lágrimas, mitad de tristeza, mitad de una inexplicable felicidad, me he ido tragando hasta hoy.

No podía explicar la sensación, y así se lo hice saber a Oscar, que cada noche, con un susurro casi imperceptible, para no romper el maravilloso silencio de aquella haima donde dormíamos hasta 9 personas, me interrogaba esperando una respuesta que ahora, 3 meses después, empieza a ver la luz.

El olor del primer te de la mañana, al que acompañaban los ritmos de la música latina que los niños y niñas de las vacaciones en paz se han llevado hasta sus haimas, nos despertaban, en ese incierto momento en que el sol aún no calienta pero amenaza radiante, esperando en el orto que la luna despida la fría noche de las arenas.

Un desayuno occidental, de leche encartonada y galletas que habíamos llevado en nuestro equipaje, fielmente servido por los más pequeños de la haima, nos esperaba en aquella pequeña mesita, a la altura de las rodillas, que hacía las veces de mesa camilla, estantería, y divisor imaginario de los cuartos y la sala de estar en el espacio diáfano de la estancia.

Tras pellizcar en las humildes viandas, con el único fin de proporcionar al cuerpo el sustento necesario para mantenerse en pie todo el día, sin querer abusar de una confianza que nos ofrecía más de lo que sus posibilidades permitían, nos poníamos en marcha, cámara en mano, para hacer el trabajo que nos había llevado hasta allí.

Mientras tanto, en la haima abandonábamos el parsimonioso paso del tiempo, los sonidos de una conversación sosegada, y el ya familiar gorgojeo del líquido te recorriendo, vaso a vaso, sus vidas.

Cuando salíamos de la tienda, el sol ya había cruzado el ecuador de nuestras cabezas y recrudecía el paseo con un sofocante calor, impropio a nuestro parecer de un mes de diciembre que sin embargo ellos consideraban fresco y agradable. Aquella diferencia de temperatura, entre el día y la noche, era tan solo comparable a las enormes diferencias evidenciadas entre aquella población pobre pero feliz que nos acogía, y aquella rica pero víctima de su propia infelicidad que habíamos abandonado hacía escasas horas. Pero no serían los únicos antagonismos que nos encontraríamos.


El color ocre del horizonte se extendía también verticalmente en muros construidos con ladrillos de arena, que afanosamente elaboraban las familias en torno a sus haimas, para dividir sus propiedades y levantar pequeñas habitaciones que utilizaban como vestuarios, cocinas o improvisados y malolientes retretes que poca o ninguna higiene conocían. Habitaciones cuyas paredes recogían también la escasa intimidad conyugal pero que en raras ocasiones sustituían a la haima como elemento central de convivencia y reposo
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Esas mismas materias endebles, que formaban un adobe que en ocasiones se tintaba de color rojizo, habían sido utilizadas para la construcción de las escasas edificaciones oficiales, escuelas, dispensarios, y oficinas donde personal voluntario organizaba la anárquica sociedad de la Wilaya.

También el mercado dividía sus puestos con muros de arena, originando un zoco, sucio y desaliñado, donde el bullicio de la carnicería o el puesto de mercancías variadas del amigo Bulaji, contrastaba con el casi sepulcral silencio de la tienda de Adon, donde los más originales complementos de ropa o bisutería esperaban que algún visitante occidental los desempolvase y sacase de su ostracismo.

Un paseo por las correderas del zoco, que se había construido con expectativas de un mayor número de vendedores, o que se había ido diluyendo en el inapetente paso de los años, pues presentaba decenas de puestos vacíos, nos retrotraía a misteriosas historias de películas de ficción, con bellas jóvenes desaparecidas o mágicas puertas al mundo de las mil y una noches.

El puesto de Bulaji era un pequeño autoservicio, en el que se vendía desde la fruta que nuestro amigo negociaba en Argelia hasta el agua embotellada que se nos había hecho indispensable para garantizar nuestra subsistencia. Desde los caramelos que nada más comprar regalábamos a los niños y niñas que se arremolinaban a nuestro alrededor, hasta la gena que maquillaba las doradas pieles de las bellas jóvenes del lugar.

Allí aprendimos el uso de su moneda, que pese a no contar con una divisa propia reconocida, se había creado entorno al Dinar Argelino, con un valor 20 veces inferior, que nos volvió locos para calcular el coste al cambio de cualquier producto.
Allí obtuvimos también nuestras primeras clases de resignación, al comprobar como una de las mentes más lúcidas que hemos conocido en nuestra vida se malgastaba, eclipsando algunas de las horas de conversación más enriquecedoras de las que haya podido disfrutar nunca. Pero de eso, hablaré otro día

Sahara I

Pronto continuaré con el relato de la coleccionista de versos. Pero una conversación de esta misma tarde con mi amiga Elena me ha recordado el viaje que hice a los campos de refugiados de Tindouf en diciembre del 2003. A la vuelta intenté escribir un diario de a bordo que se quedó en tan solo 2 capítulos que hoy recreo aquí. Quizás, no lo sé, un día lo retome. Quizás cuando vuelva, porque seguro que volveré a aquellas tierras.

Sahara

Los bosques preceden a las civilizaciones, los desiertos las siguen.
René de Cahteaubriand

El tiempo que aún nos quedaba mordió la luna a nuestra llegada para anunciarnos que, tras su plenitud, deberíamos abandonar aquella inhóspita tierra que ahora nos acogía.

En la noche, nos había guiado a través de un inexistente sendero, que solo nuestro chofer conocía, hasta un lugar en medio de la nada, donde el más sepulcral silencio se rompía por el zumbido de un generador que daba luz a una construcción ocre, de arena seca, levantada arbitrariamente en cualquier lugar del desierto.

Las magníficas estrellas del desierto, de las que tantas veces habíamos oído hablar, se escondían en su timidez ante una irradiante luna, que nos recibía envolviendo de misterio el inicio de nuestra aventura.


Mientras José descansaba del largo viaje, Carmen y yo gozábamos, al abrigo de la noche, de unos bocadillos que aún nos recordaban nuestra procedencia occidental.

Oscar se había separado de la expedición en Tinduf, rumbo a Smara donde habría de encontrarle al día siguiente. José y Carmen se quedarían en el 27 para desarrollar su proyecto.

La noche transcurrió tranquila. La incomodidad de unos colchones en el suelo, que en los días sucesivos se hubiesen convertido en un auténtico lujo, se diluyó pronto en el cansancio del viaje, y el confuso sueño, que en una amalgama de deseo y realidad mezclaba las experiencias vividas con las esperadas, tan solo se vio perturbado por el goteo incesante de cooperantes que durante esa noche se fueron incorporando a la expedición.

La luz de la mañana pronto golpeó nuestras retinas, enseñándonos que, al igual que aquel primer deslumbramiento al mirar de frente a un sol completamente distinto al que nos había despedido en Badajoz, todas las sensaciones serían muy diferentes a como las vivimos cotidianamente. Sin embargo, aquellas primeras horas en el protocolo, colonizado por los cooperantes españoles, distaban mucho aún de lo que tendríamos que vivir en breve.

El suave paso del tiempo, en un reloj de arena que carece de cavidad superior y cede cada segundo a un inmenso desierto, volviéndolo insignificante, fue tomando una percepción distinta, de paciencia, carente de cualquier importancia y nos contagió de una calma absoluta en la que los minutos eran horas y las horas días. Pronto nos dimos cuenta que el más ridículo de nuestros compañeros de viaje era el reloj, en una tierra donde el tiempo no tiene sentido y las prisas no tienen tiempo.


En cualquier lugar de la mañana nos repartieron por nuestros destinos, un viaje que cruzaba el horizonte para volver al mismo paisaje minimalista, donde el divino artista tan solo había dejado trazos de miseria y anacronismo para romper la monotonía.

Mi llegada a la haima de El Gauz, donde el destino quiso que llegase solo, pues en el camino me crucé con Oscar que también había comenzado su jornada, se conjugó en una mezcla de temor, respeto y curiosidad.

La penumbra de la tienda, que contrastaba con el sol dañino que aporreaba en mis pupilas habituadas a la tenue luz del invierno, me permitió vislumbrar en su interior, aún velado por el contraste, un grupo de ancianos, que sentados en el suelo compartían el té entorno a una animada charla. Cerca, una mujer, cubierta con una enorme belfa azul y blanca, cambiaba de vasos la sempiterna infusión en un juego ritual, que aunque ya conocía de mi estancia en Ceuta, me pareció aún más intrigante y por momentos absorbió mi interés.

Pronto todas las atenciones se volvieron hacia mí y un nutrido grupo de niños y niñas aparecieron, no sé si de la oscuridad de la tienda o del deslumbrante brillo de la entrada, ofreciéndome cojines y mantas para que descansara en el suelo mientras era cordialmente interrogado por sus moradores.

No tardé en verme degustando uno de aquellos vasitos de té, que oportunamente había sido preparado por el patriarca de la casa, envuelto en un fuerte perfume, en el que la hija mayor me había bañado prácticamente, en señal de hospitalidad.

La conversación, limitada por las dificultades del lenguaje, se resumió en el ofrecimiento de su familia, su hogar y sus escasas pertenencias, que en la calidez de sus palabras y el brillo de sus ojos demostraba rebosar sinceridad.

Mi agradecimiento, todavía contaminado de la desconfianza y el egoísmo con que nuestra sociedad vicia nuestros sentimientos más puros, mostraba aún claros síntomas de incierta correspondencia y cumplida respuesta, que poco a poco, con el paso de los días, se fue tornando en eterno, contagiado de la franqueza que se me dispensó desde el primer momento.

Hoy me arrepiento de no haber sabido corresponder desde entonces con la misma confianza.

Si el tiempo había mostrado una dimensión diferente hasta ese momento fue entonces cuando dejó de existir. Tan solo el sol y la luna, capaces de competir en belleza y brillo en un mismo espacio y momento, marcaban el devenir de los días, como convidados a un espectáculo inigualable, en el que no quieren, con su presencia, marcar el principio o el fin de nada, pues nada empieza o termina allí donde el tiempo no lleva a ninguna parte.

La llegada de Oscar a la haima no alteró la tranquilidad de la misma. Enseguida constaté que era tratado como uno más de la familia, y que toda esta le había adoptado afablemente y pese a su tez más clara pertenecía de una forma intrínseca a aquella singular estirpe, hoy yo también me considero miembro de esa ralea.

El cariño de aquellas gentes rebosaba la tienda, hasta hacerse casi imperdonable nuestra poca disposición a responder en igualdad de condiciones. Las caricias, los abrazos, el continuo contacto para demostrar su afecto nos resultaba en ocasiones molesto, hasta que desinhibimos nuestros prejuicios occidentales y comprendimos su forma de demostrar su hospitalidad. Hoy, aún hay días en que hecho en falta un abrazo, que en nuestro contexto de individualismo y búsqueda de innecesarios espacios vitales estaría mal considerado.

La haima de El Gauz era un pequeño ejemplo de la organización de aquella sociedad, basada en el respeto. Respeto a los mayores, a los visitantes, al hermano o la hermana, a la madre o el padre, a los animales … Todo perfectamente estructurado para un correcto funcionamiento de una maquinaria simple, una sociedad sencilla, cuyos engranajes son las personas y sus ganas de convivir y no complicadas articulaciones legales que establecen diferencias sociales.

En la noche, una vívida corona laureaba la luna que había vencido en su lucha al sol, envolviendo en la semioscuridad la Wilaya y extendiendo por sus arenas el más sepulcral silencio. Un silencio desconocido por mí, que no rompía el motor de un coche perdido, el parpadeo de un semáforo y ni siquiera el amargo canto de un grillo solitario. Tan solo allí fui capaz de escuchar el silencio.

Esa afonía callada de la noche me contaba las historias de las mil y una noches, de una Sherezade despatriada, abandonada a su suerte y relegada por sus captores, que daban la espalda ante la injusticia y miraban hacia otro lugar, evitando ver sus verdes ojos y escuchar sus dulces cánticos. Una Sherezade que se escondía en cada una de aquellas bellas jóvenes, habitantes de un pueblo olvidado, que malvive en la zona más árida del desierto argelino sin que nadie actúe y sin que nadie ponga fin a su sufrimiento. En la que los intereses internacionales pueden más que la vida de 300.000 personas que ya no tienen esperanzas y que ven como la arena de los relojes hizo crecer su desierto esperando un referéndum u otra solución que les devuelva a su tierra.

jueves, 20 de septiembre de 2007

La coleccionista de versos VI

Aquella habitación le devolvió a su más tiernos recuerdos de infancia, a la casa de sus abuelos maternos en aquel pueblo de la sierra de Gata. Una cama, con cabecero de forja, se erigía majestuosa en medio de la estancia, a una altura poco habitual para este tipo de mobiliario. Sus pies colgaban sin alcanzar al suelo cuando se sentó en el borde de aquel duro colchón, cubierto con una colcha, también de ganchillo amarillento.


A un lado de la habitación descansaba un viejo armario de castaño, por cuyas puertas chorreaban numerosas gotas secas de barniz, producto de numerosas inexpertas manos de pintura que habían ido cubriendolo durante años, quizás décadas.


A los pies de la cama, y a juego con aquel armario decimonónico, su cansada, pero miestriosamente hoy sonriente cara, se reflejaba en el espejo de un sinfonier en idénticas condiciones de conservación que su hermano mayor. Una raja, que cruzaba el espejo de arriba a abajo, permitía que en un juego, en el que se entretuvo durante varios segundos, pudiera ver duplicado aquel poco habitual rostro de felicidad.


Al otro lado, una ventana de marco de madera, que algún día estuvo pintada de blanco, abría aquella estancia a un horizonte ocre de tejados, que se diluía en el azul verdoso de un Tajo terminal, en comunión con el oceano, salpicado de coloridas pinceladas de ropas tendidas y un laberinto gris, trazado por las estrechas calles del barrio de Alfama.

Mirando a la izquierda, y no sin cierto esfuerzo, podía vislumbrarse una de las torres almenadas de la Sé lisboeta, cuyas campanas de arcadas de medio punto empezaban a sonar en ese momento llamando a misa de 12 a los fieles de Santa María.

La coleccionista de versos V

No le dio tiempo a responder. Antes de que pudiera pensar siquiera si debía contestar en castellano, en portugués, o simplemente decir su nombre, la puerta empezó a abrirse, con un leve chirrido de bisagras oxidadas y madera corrompida, por el tiempo y las termitas.

Por el breve espacio que una cadena otrora plateada permitía abrir la puerta, se asomó una faz destiempada, de cabellos desaliñados y mirada inquisidora. Con un fugaz vistazo, que recorrió su cuerpo de arriba a abajo, volvió a cerrar la puerta para abrirla de par en par, sin cruzar una palabra, sin dar tiempo a contestaciones o explicaciones. Con un tímido y automático "Bemvido" se encaminó hacia el interior, adentrándose en la penumbra de una vivienda con olor a humedad y ensopada, y sobrecargadas paredes decoradas con platos de cerámica de Estremoz, labores de ganchillo de Castelo de Vide, cuadros de un autor desconocido en una época decadente y viejas fotografías en sepia de lugares como Belem, Coimbra o Estoril.



La enjuta figura que le precedía vestía una raída bata marrón, que dibujaba un cuerpo extremadamente delgado. Presumía tiempos mejores y cierta bellleza anterior, hoy desdibujada por el paso prematuro de los años.

Tras varias puertas cerradas, algunas de ellas presumiblemente durante mucho tiempo y que se mostraban como un dibujo más en la pared, pasaron por una estancia de luz blanquecina dónde una olla de color cobre, ennegrecida en su base, despedía aquel olor a cocido casero que inundaba el ambiente. La cocina parecía también desprendida de aquellos cuadros en sepia que colgaban de la pared, con amarillentos azulejos y ajado mobiliario que bien pudiera exhibirse en un museo.


La figura marrón de delicadas curvas, que había ido ganando cierto atractivo, nostálgico y bohemio, a lo largo del corredor, se detuvo ante la siguiente puerta y, por primera vez en español, con ese acento que sólo los portugueses saben darle a nuestro idioma cuando se esfuerzan por ser entendidos, dijo: "Esta será tu habitación"

martes, 18 de septiembre de 2007

La coleccionista de versos IV

Llegó a aquella vetusta vivienda de desconchadas paredes en el tranvía 28. En su agónico circular pudo observar como casi arañaba las piedras de aquel viejo barrio, amalgama de culturas que habían ido dejando su impronta en la capital lusa.


La nueva Lisboa de la plaza de Restauradores, dónde le había dejado el ferrocarril, había ido envejeciendo a medida que aquel anacrónico vagón eléctrico iba ascendiendo las tortuosas y sinuosas cuestas del barrio de Alfama. Dejó a su derecha el Tajo en su desembocadura, la imponente catedral, y todas aquellas viviendas de colores ocres y azulejos, que se iban repitiendo ante su vista bajo la atenta mirada de los turistas en el castillo de San Jorge.


En una de aquellas reiteradas callejuelas descendió del tranvía. Según sus indicaciones aquella raída puerta marrón debía guardar en su interior los ecos del sonido desgarrador de un fado, o de cientos, quizás de Amalia Rodrigues, quizás de Dulce Pontes, impediendo que se escapasen, para mezclarse con aquel sonido de gaviotas y aquella mixtura de olores que envolvían con su magia aquella viva postal de antaño.


Al lado, una pequeña portezuela, que un día fue verde, cerraba el paso a su nueva vida. Golpeó con serenidad y tras unos segundos obtuvo un lejano "Quem es?" mientras unos pasos se acercaban hacia él.


La coleccionista de versos III

Se lo planteó como una aventura. Su primera gesta más allá de las letras, más allá de las escritas por insignes narradores y vividas en la intimidad de un sillón y una lámpara. Más que nunca se sentía con la fuerza, las ganas o la necesidad de escribir con hechos su propia historia, de rasgar sus vestiduras de héroe de papel y diseñarse un nuevo traje, de realidad, la que él mismo escribiría.

Su trabajo como traductor de páginas web le permitía cierta movilidad. Durante años había desempeñado aquel trabajo que le permitía ocultarse como un ermitaño en su casa sin necesidad de más relación que un frío correo electrónico y alguna que otra, cada vez más esporádica, charla con sus superiores. Sus exiguos beneficios apenas le permitían ir aumentando su bien nutrida biblioteca y reúnir escasos ahorros en previsión de alguna necesidad.

Llamó a su banco. Transfirió a la cuenta de su tarjeta sus míseros ahorros y, a través de Internet adquirió un billete de autobús a Lisboa, primera escala de su aventura antes de cruzar el Atlántico en busca de su paraíso particular. Su peculio no daba para más y allí podía asegurarse seguir con su trabajo, con la seguridad de haber dado el primer paso de su nueva vida, sin vuelta atrás.




También a través de la red alquiló una habitación, en la planta superior de una casa de fados, en el barrio de Alfama, dónde compartiría vivencias, cocina y baño, con una joven historiadora y la propietaria del inmueble, una cincuentona estudiante de Bellas Artes.

De otros tiempos... "Me rindo"


No creas que ya no te quiero, no.
No creas que ya no te amo, no.
Que ya no siento placer con el tacto de tu mano
y no me tiembla la voz cuando contigo hablo.

Lo que pasa es que me rindo,
que desprecio lo pasado,
que olvido las locuras a las que me has obligado.

Me rindo porque no puedo,
me rindo porque no aguanto....

La coleccionista de versos II


Se sentía un guerrero del verbo que asaetaba con lacerantes adjetivos a quien se enfrentaba. A veces por simple vanidad, sin necesidad de ofensa previa. Pero no buscaba tal reconocimiento, sino la satisfacción de sentirse, por momentos, superior a aquellos que durante tiempo se habían mofado de su aspecto, de su ridícula figura corva, de su rostro desaliñado, de sus torpes maneras.

Realmente no tenía a nadie a quien mostrar sus condecoraciones. Las tristes medallas que sus batallas dialécticas le deparaban yacían sobre su recuerdo, sobre un particular memorandum de pequeñas victorias en el que nunca nadie depararía. Se consideraba un valiente, casi un héroe, pero en un campo de batalla en el que nadie reconocía galones.

Mientras otras palabras las declinaba con fluidez, fue guardando tabúes que no cabían en su diccionario. Vocablos como amor, amistad, fuerza o valentía fueron desterradas de su léxico particular, por temor a equivocarlas, por desgaste infructuoso o por pura rabia, tras escucharlas en ecos de su propia voz, que nunca obtuvieron respuesta.

Huía de su uso, le espantaba su sonido, se le perdían en el interior, antes incluso de ser aire que hiciera vibrar las cuerdas vocales, antes incluso de ser sílabas con intención de palabra, antes de que el corazón diese el visto bueno para ser pronunciadas.

Tan solo era capaz de escribirlas, más bien dibujarlas, en su diario, aquel pequeño bloc de notas en el que cada noche lapidaba con poemas su vejado corazón. Cada verso era una piedra más, que golpeaba con saña sus sentimientos, recordándole que aquellas palabras que no podía pronunciar, bullían con fuerza en su mente, buscando una salida más allá de aquellas tristes líneas.

Huía de la gente, entre la que sólo se sentía a gusto con su disfraz de palabras. Con sus jirones de personajes copiados ayer de cuentos de Kipling, hoy de libros de autoayuda.

Un día, mientras reordenaba por enésima vez su biblioteca, con la ilusión de descubrir algún libro que no hubiese leído, aunque fuese en mucho tiempo, con el sonido de fondo de un televisor vecino, el suyo acumulaba polvo en el salón, escuchó una palabra que tenía castigada al desuso: Paraíso.


Aún en la lejanía del televisor comunitario, de algún inquilino con ciertos problemas auditivos, pudo entender que no se trataba de una referencia bíblica, ni de un anuncio de una ciudad de vacaciones, sino del triste contraste de un nombre desafortunado para un lugar apartado de su significado.

Como movido por un resorte acudió a su televisor y, cambiando de canal con los mismos botones del aparato, pues el mando a distancia podría llevar meses desaparecido sin que nadie le hubiera echado en falta, buscó aquel documental en el que hablaban de Paraíso, una pequeña localidad del norte de Perú castigada por la guerrilla y los narcotraficantes, cuyo nombre se mofaba de su realidad.

Invadido por una repentina empatía con sus gentes, víctimas del léxico, castigados por un gentilicio que les perseguía junto a sus propios temores, junto a la tristeza de su propia historia, decidió huir definitivamente y buscar en aquel lugar, en el que las palabras se reían de su propio significado, su verdadera identidad.

jueves, 13 de septiembre de 2007

La coleccionista de versos

Si la vez anterior fue dificil completar un relato que ya estaba escrito me planteo ahora un nuevo reto. Escribir poco a poco un cuento que, ahora mismo, no tiene ni siquiera argumento. Me gustaría que me ayudaseis en este proyecto con vuestros comentarios, sugiriendo situaciones en las que pueda desembocar el relato. No quiero que continuéis el cuento. No es el propósito, aunque sois libres para hacerlo si queréis. La idea original es que simplemente sugiráis el camino a seguir. (tened en cuenta el título del relato)

Comienza....


La coleccionista de versos

Era un virtuoso de las palabras. Las conjugaba a su antojo para formar las más bellas frases, de las que obtenía un sorprendente rendimiento. Eran su única arma. Desde pequeño se había escondido tras torres de libros, donde se refugiaba de los más crueles insultos infantiles. Su única defensa fueron incisivos comentarios que canjeaba por nuevas ofensas.


No se puede decir que tuviera una infancia feliz. Pero si muchas alegres vivencias, todas ficticias, de la mano de Ende, Twain, Kipling o Stevenson. Poco a poco se fue creando un disfraz, de retales de sus personajes de ficción, con el que conseguía pasar desapercibido, en un entorno agresivo, que nunca entendería su verdadera personalidad.


Ya de mayor, y tras leer un comic de Frank Miller se apropió e hizo suyo un pasaje de aquel. Él aseguraba que mientras a los niños persas los abandonaban a su suerte en la selva con una lanza, y si volvían se convertían en guerreros, a las personsas como él las abandonaban con un diccionario en el mundo. Pero su única misión era simplemente sobrevivir, nadie los valoraría como guerreros.

Etiquetas

Supongo que la mayoría ya las sabréis usar. No obstante, y dado a que es fácil que el relato que acabo de comenzar se espacie en el tiempo y se solape con otras entradas que nada tengan que ver, estimo necesario el explicar un poco el uso de las etiquetas, que puse en marcha hace poco tiempo.
Si vais a la columna de la derecha, dónde están los enlaces y opciones de esta caverna, encontraréis una sección llamada "LABEL CLOUD", a la que primero intentaré cambiar de nombre, y que sirve para indexar los artículos según su contenido. Así, si queréis tener del tirón todo el cuento de "rutina" sólo tenéis que pinchar sobre su etiqueta correspondiente, si queréis saber algo sobre lo que aún siento por ella, hacedlo en su enlace oportuno, y si queréis tener cada uno de los capítulos de esta nueva entrega sólo tenéis que pulsar sobre la etiqueta "la coleccionista de versos". Es fácil y he puesto otras etiquetas que identifican los distintos tipos de artículos. Algunos se encuadran en varios distintos porque por su contenido lo mismo hablan de mi, que de lo que pasa por mi corazón, que pertenecen a un cuento.
Espero que os sirvan para moveros mejor por la caverna.
Saludos.

martes, 11 de septiembre de 2007

Para Nube


Ante todo, y aunque sea con retraso, felicidades.
Hoy el mensajero no ha encontrado tu dirección. Ha venido directo a la caverna y ha dejado estas rosas. Las ha dejado con un mensaje de esperanza. Cada una de ellas guarda los mejores deseos para cada mes hasta el próximo cumpleaños, que seguramente celebrarás sintiéndote de nuevo la persona más feliz del mundo.
Iba a dejar margaritas, para que las deshojaras desgranando preguntas que seguramente te has hecho durante el último año, pero que hoy no tienen respuesta porque eres tú quien las tienes que dar. Iba a dejar orquídeas, en un cínico guiño al propietario de esta caverna, que también celebrará su cumpleaños, en abril, con el recuerdo de unas flores, y un jardín que se ha vuelto a convertir en cochera. Pero decidió dejar rosas, por su belleza y por sus espinas, porque duelen pero demuestran que estás viva. Porque un día los pétalos que hoy guardas, secos entre las páginas de un libro marchito, serán sustituidos de nuevo por frescas láminas de deliciosas fragancias, en un nuevo libro que ya se ha empezado a escribir.
Coge estas flores, es mi humilde regalo.

martes, 4 de septiembre de 2007

Final:

Sólo queda el capítulo final. Algunos ya habréis podido intuir cómo acaba... o no. El orden de los mensajes, ya que aparecen primero los últimos, me aconseja no publicarlo hasta asegurarme que la gran mayoría habéis leído los anteriores.
El capítulo está escrito en borradores. Sólo tengo que darle a publicar. Pero quiero que me digáis cuándo puedo hacerlo. No esperaré a todos, claro. Pero cuando varios me confirméis que habéis leído el resto lo publico.
VVVVVVVVVV - YA ESTÁ AQUÍ ABAJO - VVVVVVVVVV

Rutinas (y X)

Ya no escuchaba los tambores. Quizá fuera un castigo. Sólo escuchaba los latidos de su corazón. Se arrodilló ante su mesita de noche y aquel viejo libro de vagos recuerdos macabros. Abrió aquella pasta, todavía virgen, de cuero marrón y leyó la angosta letra de su Aya. En una página casi completamente en blanco había escrito:



"Deja que tu corazón te guíe, es quien marca nuestras vidas. Sus latidos te llevarán a saber que el destino no existe. Que somos nosotros quienes, cada día, escribimos sus páginas... DIARIO: "

Rutinas (IX)

A las 6,21 de la tarde, como cada día, un coche le dejó frente a su domicilio. Pero esta vez no fue aquel viejo y destartalado coche rojo, sino una flamante limusine negra de la que primero bajó un chofer, de uniforme gris y gorra de plato, que se ofreció para abrirle la puerta. Aquel día los niños, sorprendidos por el cambio, no se burlaban de él, sino que le preguntaban insistentemente si le había tocado la primitiva.


El no les escuchaba. Aquel tambor de ritmo trepidante marcaba la cuenta atrás hasta las 7 de la tarde, poco más de media hora que utilizó para asearse y ponerse sus mejores galas. Prefirió olvidarse de chaquetas y corbatas y se vistió quel traje de sport que nunca había utilizado pero que compró pensando en un momento como aquel, y que le había gustado tras verlo en un joven de alguna serie de televisión. A las 6,55 ya estaba en la parada de autobuses, sonriente, como iluminado. Esperando que alguien, tras un perfecto redoble, diera el golpe final a aquellos tambores que habían sonado incesablemente todo el día. A las 7,00 apareció Sara. Estaba radiante, hermosa. Tan rubia como si le hubiera robado al sol su color. Sus ojos tan azules como si siempre miraran el cielo en primavera. Fueron a una cafetería, luego a un pub y al final, con un beso limpio, se despidieron en el portal quedando para el día siguiente. Jasón corrió a su dormitorio. Había faltado a aquellas normas pre-escritas. Pero no le importaba.

Rutina (VIII)

La mañana en la fábrica fue imprevisible. Como todo aquel día en que la rutina empezó a alterarse. La avería de la máquina central no fue sino un fichero del programa de control que accidentalmente había sido borrado por un ingeniero ebrio, que lógicamente fue despedido y cuyo puesto ofrecieron a Jasón, quien aceptó de buen grado, temeroso de contradecir al destino.



Aquello no podía estar sucediendo, pensaba Jasón mientras comía en el salón de los ingenieros. Estos le trataban como un igual. Sin importarles que un día antes era parte de aquellos tipos aburridos de bata blanca a los que llamaban cuidagrillos.

Sonrisas. Invitaciones, y algín golpe cariñoso en la espalda le dieron la bienvenida a un nuevo mundo. Situacion que vivía pensando en una sóla cosa. Las 7 de la tarde.

Rutina (VII)

Fue un martes. Se había levantado a la hora habitual, las 7,19. Había escuchado el sonido del despertador de Jacob, y el ronquido de su viejo Seat, de pintura raída y paragolpes atado con una cuerda.

Había escuchado la trequeteante persiana verde de José y el oportuno saludo de los perros de la vecindad. Durante varios minutos había estado esperando la salida de Sara, quien por primera vez en varios años no esperaba el autobús de las 7,35. Primero se asustó. Luego buscó mil excusas que pudieran explicar esa ausencia a la rutina diaria: se encuentra indispuesta, cosas de mujeres, el profesor es quien se ha puesto enfermo, no tiene clase, es algún día de fiesta estudiantil, alguna huelga... había mil razones que podían explicar su falta a la asiduidad. Se quedó mirando por la ventana y vio a la anciana del segundo que regresaba a casa. Pero ese día no hubo coche rojo que la atosigara con sus bocinazos, ni que a las 7,56 recogiera a Jasón en la calle.

Jasón estaba inquieto. Era la primera vez que esto sucedía en años. La única vez que alguien había roto su rutina, que habían contradicho las ordenes de lo establecido en las páginas amarillas que descansaban sobre su mesita de noche. Nunca las había leído, ni siquiera abierto. Pero las páginas que antaño se antojaban blancas, puras, impías, hoy reflejaban un tono amarillento fruto del paso de los años.

Sonó el teléfono. Algo nuevo también en aquel día apocalíptico en que todo se empeñaba en romper la rutina. Lo había puesto porque se lo había exigido, mediante un post-it, la joven desconocida encargada de las labores caseras. Él nunca lo había utilizado. Ni siquiera recordaba dónde estaba ubicado. Siguió el insistente ruido que confundía los tañidos de los tambores que hoy marcaban un ritmo anormal y lo encontró sobre el microondas. El único electrodoméstico que sabía utilizar.

Al otro lado de aquel infernal invento, que había confundido incluso los timbales de la vida, alguien le anunció que, por algún motivo desconocido la máquina central se había parado y que debía acudir en el autobús de las 8,35 para intentar ayudar en su reparación.




Alguien en la empresa había comentado sus conocimientos de informática y electrónica y le estarían eternamente agradecidos su lograra solucionar el problema. Asombrado colgó. Los tambores sonaban fuertes, rápidos, mucho más de lo habitual. marcaban un ritmo impetuoso, como si buscaran llegar rápidamente a esa hora en que había sido citado. Como si intentaran adelantar al mismo tiempo. Se preguntó si aquello estaría escrito en aquel viejo libro de tapas resquebrajadas en cuero que le observaba desde su mesita de noche, pero no se atrevió a abrirlo. Los tambores sonaban rápidos y debía acoplarse al nuevo ritmo.

Bajó las escaleras precipitadamente. Tanto que casi atropella a la anciana del segundo que salía a por el pan y que le sonrió, por primera vez, y le dio los buenos días, a los que respondió con un sonido gutural. En el primero la señora de la casa comenzaba la limpieza del portal y, también con una amplia sonrisa, procedió a saludarle. Saludo al que contestó con un buenos días ligeramente más inteligible que el anterior. Era la primera vez en su vida que tenía contacto con sus vecinos. Nunca había asistido siquiera a las reuniones de la comunidad.

Eran las 8,20 cuando llegó a la parada del autobús. Faltaban 15 minutos para que llegara. Aún así le parecía haber llegado tarde. Los tambores machaconamente marcaban un sonido incesante, hoy más rápido y claro que nunca. Todos deberían oirlo.

A las 8,30 alguien le saludó a sus espaldas. Era la voz más dulce y suave que jamás hubiera escuchado. Más incluso que la de aquella locutora que había copado sus noches de entrevelo. Miró atrás para devolver el saludo y vio a aquella joven, de rubios cabellos y ojos azules. Sara. Estaba más bella que nunca y además le había hablado. Miles de palabras que había escrito pero nunca pronunciado se agolparon en su mente. Pero de su boca sólo salió un entrecortado saludo.

  • ¿Qué raro tú aquí a esta hora, no? - Dijo Sara

No podía creerlo. No sólo le había saludado sino que intentaba abrir una conversación


  • Sí. Ha habido problemas en la fábrica y no han venido a recogerme. Me han llamado para ver si puedo hacer algo por solucionarlo.

  • Ah! ¿eres técnico?

  • No, en realidad pertenezco a la cadena de producción, pero como tengo conocimientos de electrónica me han llamado para ver si soy capaz de dar con la solución.

  • Es bonito que en la empresa confíen en uno para esas cosas ¿no?

  • La verdad es que no me lo esperaba. ¿Y tú?¿Vas más tarde hoy a la universidad?

  • Que observador. Tengo examen y he preferido aprovechar esta hora para estudiar. Un último repaso, ya sabes.

  • ¿Examen?

  • Sí, de derecho prcesal. Estudio derecho. Cuarto curso

  • Que interesante ¿y lo llevas preparado?

  • Sí. Pero quería asegurarme. Si quieres quedamos esta tarde para tomar café y te cuento cómo ha salido.

Jasón no daba crédito a lo que estaba escuchando. Le proponía una cita. Para esa misma tarde. Ahora eran dos tambores. O el mismo que duplicaba su ritmo y apremiaba al paso de un tiempo vertiginoso.


  • Vale. A las 7 aquí mismo.

  • Perfecto. Mira, el bus...

Ambos montaron en el autobús. Mantuvieron una conversación sin sentido sobre sus funciones en la fábrica y la importancia de los abogados y los jueces en la vida. Jasón quería que aquel autobús no llegara nunca a la fábrica, pero a la vez que diesen las 7 de repente.