martes, 17 de julio de 2007

La vieja casona


Seguía ahí, en pie, desafiando el tiempo. Aunque el pueblo no había cambiado mucho los pocos toques de modernidad con que habían ido cincelándolo los años me hizo pensar en que la vieja casona estaría derruída. Ya era vieja entonces, un gran misterio, para unos niños de apenas 10 años para los que cada incursión entre sus paredes se convertía en una aventura.
Teníamos que subir desde la perrera, aquel lugar infesto de animales poco salubres y garrapatas, que olía a rayos y que teníamos terminantemente prohibido por nuestros padres. De allí dábamos al muro, una frágil construcción de apenas 10 centímetros de ancho que suponía armarse de coraje para atravesarlo, con una caída de alrededor de 3 metros a cada lado, todo un abismo aún hoy en día y más para la altura de un preadolescente. De allí, y de un pequeño salto, se llegaba a la terraza, dónde una vieja lavadora nos enseñó maquiavélicos juegos con una familia de gatitos. Pero eso es otra historia de la que tampoco me siento orgulloso y, quizás, algún día contaré. Y en la terraza, una destartalada puerta de madera, que nos comunicaba con el mundo del misterio, del temor, de la osadía... que tardamos meses en traspasar.
Llegamos hasta la puerta en numerosas ocasiones, acercábamos a sus herrumbrosas maderas nuestros oídos intentando buscar vida en su interior, sin obtener respuesta, pero algo nos decía que no debíamos atravesarla. Durante casi una primavera llegamos a diario hasta ese límite entre nuestro bien y nuestro mal, entre nuestros deseos de aventura y nuestra conciencia, entre nuestra osadía y nuestros miedos. Alguna vez incluso llegamos a aporrear la puerta, corriendo desenfrenados por el estrecho muro de vuelta a la perrera sin esperar respuesta. Nunca se abrió, o al menos nunca escuchamos a nuestras espaldas el chirrido de sus bisagras.
Fue a principios del verano. Quizás el exceso de ocio, quizás los ánimos caldeados por la reciente lectura de las aventuras de Tom Sawyer, quizás la necesidad de romper de una vez con aquel halo de misterio, quizás el aburrimiento de ir cada día hasta la puerta sin lograr desvelar sus misterios... Empujé con fuerzas, todas las que puede tener un niño de 10 años. La puerta no se movió. Vi una cuerda, que a modo de pomo invitaba a tirar de ella, tiré despacio y la puerta cedió unos centímetros, otro poquito y ante nosotros, y en una nube de polvo se abrió la densa oscuridad del misterio que durante meses habíamos deseado desvelar.
Nuestros ojos, acostumbrados al sol del exterior, tardaron en habituarse a aquella repentina oscuridad, pero poco a poco fue dibujándose ante nosotros un desván, el cuarto descuidado de un pescador que con casi total seguridad hacía años no pisaba. Cogimos prestada una vieja caña, una pecera circular, que se rompió al bajar a la perrera, y algunos aperos de pesca que nunca supimos para que valían y devolvimos aquella misma tarde. Nunca regresamos a aquella vieja casona salvo para retornar los objetos incautados. Una vez roto su misterio perdió el interés.
Sin embargo, el domingo, volví a sentir la necesidad de abrir sus puertas, de tirar de su pomo de soga, de tomar prestada la caña, pero no lo hice, quizás tenga que pasar otra primavera para que me atreva.

4 comentarios:

JOSÉ MANUEL DÍEZ dijo...

Pal siguiente (si me dejas) no vas solo...

Juan Carlos dijo...

Por su puesto que te dejo, quizás así me atreva (nos atrevamos) a abrir de nuevo esa puerta

La ermanita pequeña dijo...

Si se puede me uno a la aventura, mejor compañía que vosotros dos no se encuentra facilmente.

Juan Carlos dijo...

Claro que se puede, cuantos más seamos más ánimos tendré para tirar de aquel gozne de soga que hoy me ata a los miedos de mi niñez.