martes, 1 de enero de 2008

2007 un año raro, un año excepcional

Brindaba con mi familia. Era la mejor manera de empezar el año. Allí estaban cuantos quería y entre mis deseos para el 2007 ardían dos proyectos y un nombre.

Mientras sonaban las campanadas miraba en las uvas, de un extraño color miel, el reflejo de unos ojos que apenas días antes me habían cautivado, y, sin pensarlo escribí su nombre, el único deseo egoista de aquella noche en la que pensaba en los míos. Una buena boda para Raúl y Raquel y un pequeño para Javi y Noelia eran el resto de buenos augurios para un año que empezaba en la incertidumbre de un corazón que volvía a latir tras años de inquietante desdidia. El primero, de esos dos, se cumplió, el segundo ha vuelto arder esta nochevieja en la fuente de los deseos a espera de que este sea el año en que veamos cumplido ese sueño.

Brindis, abrazos, alguna lágrima de alegría y emoción incontenida en una fiesta de sorpresas y amores incipientes que luego florecerían. Los amigos, la familia, mirar a los ojos de quien te quiere y saber que sus deseos de felicidad no son palabras vacías sino sinceros pronósticos para un año que empieza, para una vida que continúa. Un corro, un gran abrazo de muchas personas que entonando "Un año más" de Mecano se funden en una sola emoción.

Enero continuó indolente, con su cuesta y su frío, con una cena de reyes que recuperó el sentimiento de aquel abrazo pero con nuevos protagonistas, los que faltaron en año nuevo, en persona, que no en el corazón.

Un recuerdo al margen. Una mirada. Un desayuno en Santa Ana con churros,migas y agendas.

Febrero entró con frío. Con sueños crecientes y excusas para el café. De nuevo mi gente. El molino del sol, canticos, risas y fantasmas en el ático. Una noticia. Sería candidato a las próximas elecciones de Plasencia, un sueño cumplido que compartí en primer lugar con mi familia, después e inmediatamente, con ella, y más tarde los compañeros de la prensa local y Oscar, el expresidente del consejo de la juventud de Extremadura. Un amigo al que debía en parte esa nominación.

Marzo pasó casi desapercibido, más cafés, sueños por un piso que no tocó, ni a mí ni a los míos. Ilusiones caídas y otras que se iban forjando. Viajes continuos y reuniones preparando las elecciones. Mucho trabajo y un mismo sueño.

Abril. Mes de pasión, una Semana Santa de largas charlas matutinas en el Gran Café. Un viaje a Huesca con una trenza y unas frutas de chocolate para celebrar mi cumpleaños. Un jardín de orquídeas. Una cena inacabada, el postre, para desayunar. El mar de Málaga reteniendo mis anhelos. Mil mensajes. Un corazón desbordado. Tiros y carreras para celebrar el cumpleaños, corro, me arrastro, disparo y gano, pero no es lo importante, sino participar y estar con ellos. Adrenalina. Otra vez los amigos. Siempre están ahí.

Mayo. Campanas que suenan en Villanueva. Fuegos artificiales para los Jedes. No se ven, pero se bailan. Fiesta de primavera, inicio de campaña. Elecciones, triunfo expectante, dudas, 10-10-1, no son medidas, no lo habremos hecho tan bien. Un rally de música que sale del corazón, dedicado, una visita. Un libro verde.

Junio. Las ferias. No sé nada de pacto y si lo supiera no te lo diría. Ya lo sé y es a tí a quien te lo digo primero. Decepción comedida que apacigua una cena, unas palabras reconfortantes y un día nuevo, que te devuelve la ilusión por la política. Medio ambiente, en cuatro años a por el otro medio. Noche de San Juan. La felicidad de ver casarse a otro hermano. El segundo. Ridículo en la despedida, emoción en la boda, bailes, saltos, sudor, una ausencia, hoy no importa, pero te recuerdo.

Julio. Vacaciones. O al menos descanso. Tiempo para la familia, los amigos, de nuevo, la reflexión y el espacio, el tiempo, quizás demasiado. Los incendios, manchas negras en el corazón. La impotencia. Xove en Santiago. Viaje de recuerdos de infancia. Catarsis creativa, la caverna está viva.

Agosto. Música, mucha música. Por fin los dos pajarracos, en la compañía que tuvo que ser, el sol que no impidió la lluvia. Nicaragua en el corazón. Barcelona más adentro. Un brazo por encima que marca la distancia, tanta y tan poca. Sigue la catarsis. Hacer peña en Robledillo. 5 locos. Cumpleaños en Falcon Crest. Valcorchero arde y yo lloro. Fiestas del Villar, quizás el último concierto, el resto no fueron mios. Encontrar nuevos amigos.

Septiembre. Nueva andadura. Empieza la liga y la traslado a la tele. Compartir Grada 7. Vuelven los viajes. Sigue la música. Los duendes han crecido y ya no me necesitan, es más, estorbo.

Octubre. Un viaje. El sol, la arena, las moscas, la felicidad. Dos ojos bañados del sol del mediterraneo que no se quieren despedir del verano. Un paseo fugaz por Málaga. No sé restar mi mitad a tu corazón. Ha sido divertido me equivocaría otra vez.

Noviembre. Comienza con fuerza. De nuevo Robledillo. Un pueblo lleno de tradiciones. Coches, gentes, la mejor compañía, amigos y familia, siguen ahí. El sol de noviembre nos abraza en un paseo por las típicas calles, con los típicos coches, y las típicas gentes. La foto en la típica escalinata de la típica iglesia. Un viaje a Bilbao. Un fin de semana inolvidable. Iba a ser un día y casi no llego al partido. Nuevas estancias en mi corazón. Sobre todo una pequeñita para unos ojos tristes pero vivaces. Otro cumpleaños, este termina en la bodega. Tranquilidad.

Diciembre. La ilusión puesta en regalar la amistad, en devolver la sonrisa, en ganar además nuevos amigos. Graduados en un master y engalanados para la ocasión. Cenas y comidas con la gente que quiero. Echar de menos. Cerrar el año con felicidad.



viernes, 21 de diciembre de 2007

Sueño


A veces no duermo pensando en tí

y cuando lo hago sueño contigo

A veces me desvelo soñándote,

como otras tantas me atrapa Morfeo entre tus brazos.

A veces te imagino en mi cama,

como salto de ella al no encontrarte.

A veces estás en mis sueños,

como nunca al despertar.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Señales

A veces te tiras horas, días o incluso meses intentando dejar una señal. Amontonas piedrecitas en medio del camino para construir un corazón, por ejemplo, sabiendo que a quien amas ha de pasar por allí y verlo. Y entiendes que lo comprenderá. Sin embargo en tu afán y empeño colocas tantas piedras que al final sólo tú ves la montaña que has construido, pensando que cuantas más piedras pongas más se valorará el esfuerzo, y cuando ella llega sólo se encuentra una obstáculo en medio de su camino, deforme, que la vista no puede abarcar, por lo que decide flanquearlo e ignorarlo. Y tú sigues esperando en la cima.


A veces, soy yo quien no ve la montaña de piedras que tengo enfrente. Y simplemente me quedo absorto a mirarla. Sin molestarme en escalar.


Son señales que dejamos. Si venciesemos nuestros miedos pondríamos letreros luminosos "Te espero arriba"

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Lo prometido es deuda

Sus trémulas manos acariciaban el papel con que trataba de envolver los regalos. Pese al temblor que las castigaba hacía varios años fue plegando con meticulosidad aquel envoltorio, dejando perfectamente cuadradas las esquinas y terso el papel que escondía aquella pequeña caja de plástico.


A cada doblez iba recordando, con cierta dificultad, cuantos paquetes iguales había guardado. Aquel primero ilusionado, hacía ya 50 años, con la incertidumbre de la respuesta, o aquel otro, 6 años después con un proyecto de vida.



Ahora su enfermedad apenas le permitía recordar aquellos momentos de forma pasajera. Unos y otros se mezclaban con la realidad, en una amalgama de sentimientos, que tan pronto recreaban esos instantes ilusionados como le atenazaban con los miedos del pasado. Las dudas sucedían a los besos de forma vertiginosa, y mientras unas noches se levantaba riendo en los brazos de su amada, otras lloraba desconsolado su ausencia, con el temor adolescente de perderla.

Un sueño reiterado le trasladaba hasta la estación de aquel tren en el que un día partió, dándola por perdida para siempre, y sudoroso se levantaba, gritando y llorando, en un andén solitario, en el que su voz se perdía con el ruido de motores.

Otras se levantaba corriendo, nervioso y se vestía para aquella primera cena, juntos y solos, entre tanta gente, con una orquídea en una mano y el corazón en el otro puño.

Había noches en los que se despertaba con el llanto de un bebé, y presto acudía a la habitación de al lado, hoy vacía, a atender los pucheros de aquella niña rubita que un día corrió por aquella casa, llenando de alegría y felicidad su vida.

Otras la consciencia se recreaba, y sentado en su cama ordenaba cronológicamente aquellos recuerdos que vivía una y otra vez, en un presente incierto, en un pasado difuso.

Aquel era uno de esos momentos. En los últimos 9 años, desde que se detectara su enfermedad, era uno de los escasos instantes seguros en los que su consciencia era plena. Las hojas de su calendario pasaban ordenadas regalo a regalo, desde hacía 50, envolviendo la ilusión de un amor longevo.

Cuando terminó de plegarlo lo dejó con mimo encima de la cama y se sentó a esperar.

Un calido beso en su frente recogió sus sueños, y el amor de 50 años de vida en común.

Dedicado a Noelia que quería un final feliz.

martes, 11 de diciembre de 2007

Cuento triste de Navidad

"Eran unas frías navidades. Nano había dejado de creer en los reyes. No porque hubiese descubierto que fuesen los padres, eso ya lo sabía desde pequeño, sino porque sus regalos se habían convertido hacía mucho tiempo en un intercambio de rigor sin ilusión ni esperanza.

Sólo disfrutaba de las fiestas viendo los ojos de otros niños, más pequeños que él, que seguían fascinados con la llegada de los magos, e incluso disfrutando, hasta agotarlo, del último regalo recibido, que seguía haciéndoles ilusión, pese al paso del tiempo.

Nano había dejado de escribir su carta hacía mucho tiempo. Nisiquiera ponía sus zapatos en la chimenea como era tradición en su familia. Bueno, al lado del árbol pues no tenían chimenea. En lugar de los suyos habían ido apareciendo nuevos zapatos junto al abeto, que se emparejaban de dos en dos, y que un día dejaron solo el de Nano hasta que optó por desaparecer, sin que nadie lo echara en falta.

En su memoria apenas recordaba su último regalo. Quizás un jersey verde, o una bufanda, prendas que pasaban de temporada y terminaban durmiendo en el armario de los recuerdos, o lo que era peor, convertidas en trapos para limpiar la cocina.

Nano llegó al escaparate de una tienda que no conocía. Le llamaron la atención sus luces y un agradable olor a dulce de leche que emanaba de su interior. Con el puño de su chaqueta limpió el vaho que cubría el gran ventanal, y dentro solo vio un artículo. El más bello que jamás hubiese podido imaginar en un escaparate. Sus colores, verde, amarillo y ligeramente rosaceo le hicieron recuperar su ilusión por la navidad. Cogió papel y boli y escribió su más bella carta de reyes, pero no dirigida a los magos de oriente, ni al gordinflón de la coca cola, sino al mismo regalo. No lo quería para sí, sino que era él quien quería ofrecerse.

Durante meses Nano confió en que le llegase su regalo. Cada mañana miraba el buzón esperanzado en encontrarlo y mientras, cada día, pasaba por aquel escaparate para disfrutarlo. Un día desapareció del escaparate y Nano lloró. De golpe se esfumaron sus fuerzas, su ilusión por despertar cada día y ver aquel regalo, que si bien nunca sería suyo se conformaba con poder ver tras las cristales día a día.

Cuando llegó a casa sobre su mesa descansaba un paquete. Atónito y nervioso, preso de la ansiedad rasgó el papel con brusquedad. Sus torpes dedos fueron rompiendo sin ninguna delicadeza su envoltorio, hasta que poco a poco fue apareciendo su regalo, el que llevaba tanto tiempo esperando, el que le había hecho recuperar la ilusión y la sonrisa. Justo cuando terminó de desenvolver el regalo sus manos quedaron paralizadas por los nervios, y entre ellas se escurrió dejándolo caer al suelo.

Allí, hecho añicos, Nano miró su corazón. Era su regalo y lo acababa de romper, presa de la ansiedad, la obsesión y la impaciencia. Nano se arrodilló junto a los restos. Intentó pegarlos, reunirlos, juntarlos todos en un montoncito y recomponer tanta belleza. Pero era imposible. Tras varios días juntando trocitos Nano volvió a salir a la calle, volvió a ver la cara ilusionada de los niños tras los escaparates, volvió a ver luces y volvió a sentir el olor de dulces de leche.

Pero, no podía olvidar y cada día seguía pasando por aquel escaparate, hoy cerrado, que un día guardó su corazón.

Un día, un barrendero vio un pequeño bulto sobre la cera. Al lado de un escaparate un niño había muerto de frío. Sólo le cubría un viejo abrigo verde y una raída bufanda. Entre sus manos un montón de trocitos verdes, amarillos y rosaceos intentaban componer una figura, la más bella que jamás hubiera nadie imaginado. "

domingo, 9 de diciembre de 2007

Deseos



Las navidades son fechas propicias para la ilusión y formular deseos para el año que viene. Os dejo unos calcetines colgados para que pidáis los vuestros a través de los comentarios.

Ya hay calcetín de gato....

sábado, 8 de diciembre de 2007

Es navidad

Este año los reyes no dejarán en mis zapatos el regalo que he pedido. He debido ser malo. Sin embargo el espiritu navideño debe reinar. Las calles ya están engalanadas, las luces avisan de la llegada de las fiestas y miles de personas pululan por la ciudad en esa vorágine que algunos critican por comercial, pero que a mi me suena a ilusión y convivencia.



Yo no voy a ser menos y ante la insistencia de Patricia he decorado mi caverna. Entrad y coged un polvorón. Los sugus están en un cajón a espera de que pasen estas fiestas.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Un espejo

Su mirada es un espejo mágico, que dibuja una sonrisa en la cara que refleja.
Su mirada es el pozo de aguas cristalinas donde pido mis deseos.
Su mirada son mis ojos, por los que veo el mundo, por los que lloro.

viernes, 30 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XXII (FIN)

Había llegado el día. Hector despidió a Nana en la fría terminal internacional del aeropuerto de Portela. Un abrazo, acompañado de un caluroso beso fraternal, en la mejilla, cerró las puertas de su corazón, de un portazo y bañado en lágrimas. Mar también lloraba. Confundida quizás. Con aquel adiós cerraba un capítulo más de su vida del que sólo quedaría una caja más llena de poesía, aparcada junto a otra. Esperando quizás que alguien, un príncipe azul que supiera hacer bailar las abejas, las que solo se despertaban en el sueño adolescente de querer descubrir de nuevo el amor, apareciera en su vida.

No quiso mirarle a los ojos. No quería perder en un día el firme convencimiento adquirido durante casi un año. No lo amaba. No sentía nada. Se decía, mientras sus manos se soltaban definitivamente e iban espaciándose lánguidamente, primero las palmas, luego los dedos acariciándose lentamente hasta que al final se separaron sus yemas. Para siempre.

Hector esperaba una palabra, un "quédate" que se ahogó en los labios de Nana. Cruzó la puerta de embarque y salió hacia Paraíso, un lugar en la conciencia, en el recuerdo, en la nada.
Nota del autor:
Si no os gusta el final lo siento, no siempre las historias de amor tienen final féliz. De hecho cada vez son menos los finales de película, aunque el guión sea bueno a veces falla el casting.
Eso sí, hay un final alternativo, pero lo tiene que reescribir la propia coleccionista de versos.

La coleccionista de versos XXI

No quería comprometerse. No identificaba en aquellas noches de pasión, en aquellos encuentros contados o en aquella sólida amistad ni un reflejo de lo que ella había pensado siempre que era el amor. No había abejas revoloteando en su estomago, ni mariposas que la hicieran elevarse por encima del nivel del mar. Tampoco quería dañarle, pero cada vez en más contadas ocasiones se entregaba irreflexivamente al ardor de unos besos que quemaban en su boca, al desenfreno del sexo con sentimiento de culpa, y a unos abrazos sinceros que buscaban redención.


Ella sabía lo qué el sentía, pero era incapaz de identificar sus propias emociones. No era amor, se convencia a sí misma. No tenía nada que ver con aquel nudo entre el estómago y el corazón que había sentido en otras ocasiones, con la necesidad imperiosa de ver a la persona amada, con la adicción a los besos, a las caricias, a los abrazos y las miradas del amor adolescente. Sabía que le vería cada día, y cuando no, no sentía la urgente necesidad de hacerlo. No era amor, se convencía, y así se lo hizo saber en múltiples ocasiones.


Mientras él esperaba. Confiado en que aquella situación cambiase. En que aquellos cada vez más esporádicos encuentros, que aquella sólida relación de amistad y confianza derivase en una mirada, naufragase en un beso eterno que sellase la eternidad, juntos.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Pequeños

Cuando eramos pequeños no nos preocupaba perder las cosas.

Sabiamos dónde encontrarlas.

Fuera lo que fuera, buscábamos en el sofá, entre sus cojines, y allí estaba, junto a un caramelo, un sugus amarillo, un cromo de Arkonada y varias monedas de distinto valor.

Hoy fui a buscarte entre los pliegues de mi sillón. Levanté los cojines, metí la mano en sus recovecos. Pero no te encontré.

Había un caramelo en el sabor de tus besos, los que nos dimos allí. Había un abrazo envuelto de amarillo, pegajoso como un viejo sugus. Había una foto de los dos, de las que coleccionamos con ilusión, y había dos miradas, una de dos céntimos del día que me dijiste que no me querías y otra de valor incalculable, de cuando se cruzó con la mía y no pudiste decir nada.

Pero tú no estabas. Hoy, cuando perdemos las cosas, ya no están en el sillón.

martes, 20 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XX

Las cartas y los encuentros se fueron sucediendo, las primeras día tras día, los segundos con menor cadencia. De forma sistemática y prácticamente a la misma hora, cada mañana un nuevo papel cruzaba bajo aquella puerta, para ser depositado minutos después, una vez leído, con sumo cuidado, en el fondo de la caja verde que dormía en aquel cofre junto a su hermana marrón.


Algunas tardes otro papel se arrastraba hasta los pies de Hector, que esperaba ansioso, sentado, en su cama, citándole para un nuevo encuentro en el Campo das Cebolas. Movidos por una irrefrenable pasión se entregaban al amor bajo aquellos arcos. Un amor secreto que sólo tenía cabida en aquel lugar, que solo tenía lugar para ellos dos, dibujado en el paisaje, en el lienzo imaginario de aquel entorno. Que no pertenecía a la historia, pues nunca sería contado. Que no pertenecía al tiempo, pues solo existía allí y en el mutismo que les envolvía cuando abandonaban aquel escenario gris, de ropas tendidas y flores, quizás orquídeas, recién regadas.

En la casa, o en los pocos lugares que visitaban juntos, se transformaba en amistad, en una complicidad sospechosa, en un guiño inoportuno o una caricia perdida de un dedo insolente que buscaba el calor de una piel tersa que rehuía el contacto.

Al día siguiente otra carta y cada noche, un llanto.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XIX

Volvieron a casa como dos desconocidos. Uno a 2 metros del otro. Sin hablarse. Cuándo Hector intentaba acercarse Mar aceleraba sus pasos y miraba atrás, con una sonrisa y un nuevo "aquí no".
Un oscuro tinte grisaceo cubría las calles que antes tan bellas le habían parecido a Hector. Confuso buscaba una y otra vez la mano de Mar y solo obtenía otro "aquí no".
Entraron en casa. Nana en su habitación, Hector en la suya. Desconcertado empezó a escribir:
"Quiero escribir mil palabras que te susurraría al oído. Quiero componer las notas de tu canción y la mía. Quiero acercarme a tu oído y hablarte con besos, tocar tus labios y escucharte con los míos.

Quiero que sean tus ojos quienes escriban mi vida, que sea tu respiración el aire de la mía y encontrar en tu pelo el calor que me abriga.

Quiero que sean tus senos las cavidades perfectas, del reloj de arena que calcula el resto de nuestras vidas.

Quiero ver la luna en tu ombligo, amanecer en tu sexo y en el ocaso de tus piernas nunca despertar de este sueño."
Plegó cuidadosamente el papel y, una vez más, lo introdujo bajo su puerta.

La coleccionista de versos XVIII

Hector saludó tímidamente. Aquella sonrisa tan pronto parecía invitarle a posar sus labios en su cuna como dibujaba el abismo que les separaba. Sus miradas se cruzaron. Esta vez los ojos de Mar se clavaron en los suyos. De repente descargaron todo el mar que contenían en el baldío de unos cuencos que necesitaban de su agua para florecer. Esta vez no intentaron traspasarle y clavarse en su espalda como una daga hiriente. Le miraba fijamente. Era el más bello arcoiris que jamás había visto. Era la mirada más tierna en la que nunca se había perdido. Era el universo más dulce en el que jamás había naufragado.


Sus labios se fueron acercando. Un suave olor a orquídeas le envolvió embriagándole, inhibiendo sus sentidos. Pero de repente la mano de Mar se cruzó en el camino. Con suavidad. Con la dulzura del viento al soplar sobre los dientes de león susurró, "aquí no". Bajó su mano. Cogió la de Hector y salieron a la calle, en silencio.


Bajaron por el Chao da Feira, bajo la atenta mirada de San Jorge, majestuoso. Corrieron por la rúa dos Loios, casi chocándose en las paredes que limitan su estrecha calzada. Volaron por la Saudade y o Barao, donde empieza a percibirse el olor al Tajo. Rodearon la Sé, de locas pinceladas artísticas, y bajo un arco del Campo das Cebolas Mar empujó a Hector y empezó a besarle lentamente, en pequeños mordiscos a los que Hector respondía con ansiedad, con la necesidad del sediento que encuentra una gota de rocío en una flor y no quiere deshojarla, con el ardor del preso que encuentra el amor tras años de reclusión, con la pasión del adolescente que acaricia sus primeros labios.


Mar le detuvo. Miró a sus ojos, de nuevo fíjamente, con un suave "tranquilo" fue enseñándole a besar, fue enseñándole a vivir. Sus labios recorrían los de Hector con la suavidad de un pétalo que cae sobre la árida arena del desierto. Su respiración pausada marcaba el ritmo de una partitura para dos, hasta acompasarse en una perfecta armonía de un solo tiempo. Sus dedos surcaban unas mejillas ardientes, casi enfebrecidas que querian estallar.

Hector se dejó llevar. Quería abrazarla hasta fundirse en un cuerpo. Quería besarla hasta que hubiese una sola boca. Quería compartir su mirada hasta un sólo iris. Quería respirar su aire hasta un solo pulmón. Quería perderse en sus cabellos hasta desaparecer. Pero se dejó llevar. Sus labios recibían caricias de sabor a cacao. Y era lo que había buscado toda su vida

lunes, 12 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XVII

No era capaz de dormir. No habían pasado 2 horas cuando volvió a abrir los ojos y, en la oscuridad, buscó la caja verde que aún permanecía sobre la cama, en el cofre que no había querido cerrar.

Leyó y releyó el papel cien veces, casi se lo aprendió de memoria. Encontró en él mil parecidos a otros que descansaban en el fondo de la caja marrón, tan iguales y tan distintos. Era imposible tanta coincidencia. Un año después la historia parecía repetirse. ¿El destino daba una nueva oportunidad o se reía regocijándose en su recuerdo?. Más versos, más palabras, una nueva caja que llenar de sentimientos. No se lo había planteado así, pero el simple hecho de colocar aquella pequeña caja verde en el cofre presagiaba el deseo de cierta continuidad. ¿habría más cartas?¿habría más poesías?¿debía contestar?

No lo hizo. Abrió la puerta de su habitación. Se acercó a la de Hector. Apoyó su mano en el pomo y, al sentir el frío de aquel metal romo, de dorado barniz cascarillado, dio la vuelta. Regresó a su habitación. Cogió un papel y escribió "Me han gustado tus versos, ¿no crees que a la noche le ha faltado algo?" Simple. Concisa. Pero cobarde. Con un gesto de rabia arrugó el papel y lo arrojó a la papelera.



Volvió a salir de la habitación, de nuevo su mano sintió el gélido tacto del pomo cromado, de nuevo volvió a soltarlo con un escalofrío, de nuevo regresó a su habitación llorando, de nuevo cogió un papel y de nuevo escribió "mis labios se han despertado queriendo saldar la deuda que tienen con los tuyos", de nuevo volvió a tirarlo, pero nada era nuevo, todo ya había sucedido...

Amaneció. Hizo café, y con una sonrisa esperó en el comedor.

La coleccionista de versos XVI

Se despertó. Apenas había dormido 3 horas. Miró bajo su puerta esperando una posible respuesta, pero el suelo de frias plaquetas jaspeadas aparecía limpio, más si acaso que la noche anterior. Volvió a acostarse con la vista puesta en la pequeña línea de luz blanca que se colaba bajo la puerta. Así pasó varias horas, sin pestañear siquiera. Esperando una contestación. Confiado incluso en que sonara la puerta y ella entrase en su habitación desnuda, sin decir una palabra, para apacigar los besos que se morían en su boca. Pero no lo hizo.


No sabía qué hora era. Tampoco le importaba. El ruido de la calle le anunciaba que Lisboa empezaba a despertar, mientras, él se sumía en un profundo sueño, con los ojos abiertos, en el que ella abría una y otra vez la puerta y se evaporaba nada más cruzarla, una vez más, desvanecida, una vez más, apagada, una vez más extinguida...
Un leve olor a café cruzó la estancia. Ya estaría despierta. Se aseó, intentó corregir como pudo sus enrojecidos párpados para camuflar su llanto, y abrió la puerta. Al fondo, desde el comedor, como si nada hubiese pasado ella le invitaba a desayunar con una sonrisa.

sábado, 10 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XV

Mar recogió el papel. Temblorosa, fue abriendo lentamente sus pliegues. No sabía qué podía encontrar dentro, pero tampoco qué era lo quería hallar en aquellas palabras de caligrafía nerviosa. Pensó en no leerlo siquiera. Guardarlo directamente en aquella caja que segundos antes había abierto, después de muchos meses, y que reposaba sobre la cama. Tampoco sabía por qué lo había hecho. Por qué, justo aquel día, tras tantos meses de olvido había vuelto a descerrajar aquel cofre cargado de recuerdos que de repente saltaron al aire como los males del ánfora de Pandora. No hizo falta mirar adentro. Uno a uno fueron desplegándose por la estancia cuantos recuerdos había decidido mantener ocultos. Caricias, besos, un paseo bajo la luna y un adiós. Momentos que se sucedieron en su mente de forma fugaz, como ante los ojos de un moribundo.


Comenzó a leer. Aquellos versos inocentes le parecieron lo más bello que jamás había leído. De repente de la caja marrón de cenefas claras comenzaron a brotar poesías que otrora resultaron hermosas. La cerró de golpe, ordenándola callar. No era su momento. Su momento había pasado y hoy quería deleitarse con aquellas nuevas palabras que desterraban su corazón, que insuflaban un nuevo aliento de vida a una existencia condenada a la soledad, al ostracismo autoimpuesto en penitencia por haber abusado del amor. Por haber querido sin medida. Por haber huído de si misma renunciando a todo por temor.


Cuando acabó de leer cerró la carta con delicadeza. Sacó del armario una caja similar a la anterior, pero de color verde. Introdujo en ella la nueva misiva y metió ambas en el cofre. Vestida aún, abrazó su almohada y lloró hasta caer dormida.

viernes, 9 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XIV

Poco a poco fue oscureciendo. Cruzaron rápido la rúa Augusta en ese momento preciso en que sus gentes empiezan a transformarse, en que las cabezas de admiración que pasean álgidas observando un balcón neoclásico, o un escaparate de lujo se van transformando en miradas vacías que buscan una colilla a medias, una papelera en la que encontrar quien sabe qué resto de comida o, por qué no, un rincon donde caer muerto y desaparecer sin que nadie le eche en falta.


Llegaron a la Rua Augusto Sousa, justo para cruzarse con el 28 y dejarlo pasar para seguir andando, mientras un violinista dedicaba una desafinada sinfonía a los últimos turistas que bajaban del castillo de San Jorge, revisando sin prisas las postales de una pequeña tienda, riéndose de una tarjeta completamente negra en la que ponía "Lisboa a noite".


Subieron por la rua da Saudade y giraron en el limoeiro. Ahí aceleraron el paso. Aunque tranquila por la serenidad que dispensa la Alfama y el hecho de sentirse, por primera vez en mucho tiempo acompañada, la estrechez de sus calles seguía estremeciendo a Mar, que aligeró sus pasos hasta considerarse a salvo bajo el quicio de aquella puerta raída que guardaba el que era su hogar desde que llegó a Lisboa y que ahora compartiría con aquel extraño que, si saberlo, tantos recuerdos le había traído.

Apenas se dijeron un "boas noites", cada uno se encerró en su habitación, deseosos de contarse a si mismos lo que había pasado aquella tarde.

Mar lloró. Deseó ir hasta la Torre de Belem y dejar como siempre que aquellas lágrimas las arrastrara el mar, depósito de tantas penas, ensenada de tantos recuerdos derramados en forma de llanto. No sabia por qué lo hacía, pero aquella tarde había abierto viejas heridas que creía cicatrizadas. ¿empezaba a sentir o es que no había olvidado? Prefirió creer esto último y cerrar las puertas al optimismo. Era más fácil.
Hector se mostró desolado. Se sentó en aquella cama de la que ridículamente colgaban sus pies y se sintió maleable, frágil. Había ido buscando un escape, una estación para marchar a otro lugar, un punto de inflexión en su vida, y había encontrado dolor. No sabía por qué le dolía, si por momentos se sentía el hombre más feliz del mundo, pero tres nudos, uno en el estómago, otro en la garganta y otro en el corazón apretaban sus entrañas. ¿Se había enamorado? No lo sabía. No recordaba qué era eso. Un día prometió no volver a enamorarse y hasta aquel momento había cumplido con su compromiso personal. Pero allí, en aquella lúgubre habitación lisboeta dudó, se estaba traicionando, y empezó a escribir:


"...Tengo guardados en mis labios tantos versos que decirte como besos que entregarte. Quisiera hacerlo poco a poco, pero tanto unos como otros se desbordan cuando te ofrezco el primero. Con cada recuerdo tuyo me inspiras una poesía, con cada palabra, un beso se atropella en mis labios esperando encontrar los tuyos...

...Ayer le conté mis planes a la noche. Hoy iriamos a verla juntos. Contariamos sin prisas sus lunares, y sería la primera invitada a nuestro encuentro.


La mentí. Me preguntará por tí, y te dibujaré a mi lado. Despacio, recorriendo con tanta exactitud cada rincón de tu cuerpo que creo que podré engañarla. Pero solo hoy. Mañana, como yo, echará de menos tu sonrisa y el suave eco de tu voz..."


Tembloroso, pero decidido, salió de su habitación e introdujo el papel por debajo de su puerta. Luego, como un niño, salió corriendo y se encerró en su habitación llorando.

La coleccionista de versos XIII

Ella notó rápidamente cómo la mirada de Hector se clavaba en sus ojos, y una vez más decidió apartarla, mirar mas allá de las inquisidoras púpilas que intentaban encontrarse con las suyas, como si pudiese atravesarlo.


También había notado, halagada pero avergonzada, como horas antes la misma mirada había recorrido su cuerpo centímetro a centímetro sin perder un detalle. No la había molestado. En otra situación, quizás, hubiese espetado una respuesta secante que interrumpiera tal osadía. Pero por algún motivo, lejos de ofenderla, la mirada de aquel hasta entonces desconocido, le había parecido una suave caricia inocente. La de unas manos inexpertas que pasean por el cuerpo anhelado con miedo siquiera a rozarlo. No vio lujuria en sus ojos, sólo admiración. El deseo púber del niño que acaba de descubrir la fragilidad de los sentimientos y no quiere romper el encanto. La delicadeza de quien recibe un regalo y estudia detenidamente como desenvolverlo sin rasgar el papel que lo envuelve.

Los ojos de Hector miraban el mar, los de Nana las nubes. Los deseos de Hector pasaban por Mar, los de Nana por evaporarse y desaparecer. Hector miraba con temor a Nana, Mar mordía sus miedos.

Una pequeña campana que anunciaba el fin del trayecto rompió aquel momento de tensión, lo que ambos agradecieron. Instintivamente Hector buscó la mano de Mar, y agarrados, de la forma más inocente, salieron de aquel cubículo de madera. Mar, como si nada hubiese pasado, como si toda aquella tensión acumulada en aquellos 8 minutos de ascenso y descenso en aquel cajón de madera raída se hubiese escapado por el resquicio de las puertas al abrirse, siguió hablando, quizás de forma más nerviosa, pero apenas perceptible, de los encantos del Chiado, de las fiestas en las docas y de lo fácil que era conseguir ciertas sustancias en las ruas del ouro y de la prata.

Bajaron hasta la plaza del Comercio y allí, sentados de espaldas a la verdosa estatua de Jose I, mirando hacia el arco de la rua Augusta, comieron en silencio sendos helados de vainilla, que Mar compró en un quiosco a la entrada de la plaza.

jueves, 8 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XII

Otras veces cogía el mismo tranvía número 15 pero se se dirigía, en dirección contraria, a la torre de Belem. Allí, bordeándola, se sentaba en unas piedras.
Incluso en invierno, hundía sus pies en el agua, en ese lugar incierto entre el mar y el río, y se dedicaba a escribir. En un pequeño cuaderno de pastas de color hueso componía sus propios versos, o pequeñas historias que cerraba siempre con una breve reflexión personal, llena de sentimiento que reflejaba su realidad.
Era fácil saber su estado de ánimo. Los días en que se veía abatida por la melancolía sus ojos se perdían en el horizonte, y el salado de sus lágrimas contribuía a endulzar el mar. Por contra, otros días miraba hacia la ciudad, recogiendo del Tajo las aguas que venían de su Extremadura natal, con las que limpiaba sus recuerdos, impregnándolos de nuevos aromas, de nuevos sabores que le devolvían su juventud.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos XI

Muchas tardes, al menos una vez por semana, cogía el tranvía número 15 que la dejaba a escasos 100 metros de la torre de Belem, compraba en la pastelería "Pasteis de Belem" unos pasteles de masa de hojaldre rellenos de crema y huevo, y se dirigía al Monasterio de los Jerónimos.
En la puerta saludaba al guarda, un recto vigilante que tras 2 años de metódicas visitas había decidido hacer la vista gorda y dejarla entrar gratuitamente, y se encaminaba por el claustro hasta la tumba de Pessoa, dónde se descalzaba, ponía sus zapatillas en un rincón, apartadas de la vista de los curiosos, se sentaba a sus pies sobre la fría piedra, y durante horas leía con fruición poemas en portugués, del propio Pessoa:
"A abelha que, voando, freme sobre
A colorida flor, e pousa, quase
Sem diferença dela
À vista que não olha,
Não mudou desde Cecrops.
Só quem vive
Uma vida com ser que se conhece
Envelhece, distinto
Da espécie de que vive.
Ela é a mesma que outra que não ela.
Só nós — ó tempo, ó alma, ó vida, ó morte! —
Mortalmente compramos
Ter mais vida que a vida."
O de Eugenio de Andrades, entre otros muchos:

Já gastámos as palavras pela rua, meu amor,
e o que nos ficou não chega
para afastar o frio de quatro paredes.
Gastámos tudo menos o silêncio.
Gastámos os olhos com o sal das lágrimas,
gastámos as mãos à força de as apertarmos,
gastámos o relógio e as pedras das esquinas
em esperas inúteis.
Meto as mãos nas algibeiras
e não encontro nada.
Antigamente tínhamos tanto para dar um ao outro!
Era como se todas as coisas fossem minhas:
quanto mais te dava mais tinha para te dar.
Às vezes tu dizias: os teus olhos são peixes verdes!
E eu acreditava!
Acreditava,
porque ao teu lado
todas as coisas eram possíveis.
Mas isso era no tempo dos segredos,
no tempo em que o teu corpo era um aquário,
no tempo em que os teus olhos
eram peixes verdes.
Hoje são apenas os teus olhos.
É pouco, mas é verdade,
uns olhos como todos os outros.
Já gastámos as palavras.
Quando agora digo: meu amor...
já não se passa absolutamente nada.
E, no entanto, antes das palavras gastas,
tenho a certeza
de que todas as coisas estremeciam
só de murmurar o teu nome
no silêncio do meu coração.
Não temos nada que dar.
Dentro de ti
Não há nada que me peça água.
O passado é inútil como um trapo.
E já te disse: as palavras estão gastas.
Adeus.
Los poetas portugueses siempre le habían parecido tristes. Pero era en esa tristeza dónde ella había encontrado su penitencia con el pasado y era, en aquella leyenda de la tumba de Pessoa donde encontraba su redención con el presente, su lucha por seguir viviendo.
Para ser grande, sê inteiro:
Nada teu exagera ou exclui.
Sê todo em cada coisa.
Põe quanto és
no mínimo que fazes.
Assim em cada lago a lua toda
brilha, porque alta vive

martes, 6 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos X

Sus ojos reflejaban el mar, aunque había nacido en un pequeño pueblo de la alta Extremadura.

Quizás por eso decidió abandonarlo un día para ir en busca de la amplitud del oceano, huyendo de si misma, de sus recuerdos, de un pasado que seguía guardando en una pequeña caja marrón de cenefas claras que llevó con ella y que guardaba bajo llave, en su habitación, en un cofre de madera con negros herrajes.



Aunque había decidido escapar de su pasado siempre llevaba consigo esta pequeña parte del mismo. Pequeña en tamaño pero grande en significado. En el lacerante dolor que rasgaba sus entrañas cuando, muy de tarde en tarde, invadida por la melancolía, la abría, buscando un poema, una frase o una fotografía que la devolviese a aquel momento que, sin embargo, intentaba olvidar.
Aquella era su vida, su pequeña historia. Varios poemas. Frases sueltas en una servilleta de papel del bar donde desayunaron. Una flor marchita que un día había marcado la cita de un libro que luego perdió su significado y unas fotos. Apenas diez. No dio para más. Una fecha en una entrada de cine. Un te quiero en un billete de autobús. Un te espero en una multa de la zona azul.
Había viajado a Lisboa con 21 años. Siempre le había atraído especialmente aquella ciudad. Un día alguien le dijo que allí, en sus contrastes, encontraría la felicidad, y tantas eran sus ganas de deshacerse de su tristeza que partió dejándolo todo. Menos los recuerdos, que la perseguían como aquella caja de la que no quería desprenderse.
Aprovechó una beca para estudiar y decidió quedarse. Buscar el olvido en una tasca del barrio alto o en una galería del Chiado. En el horizonte del atlántico desde la torre de Belem o en los rojos tejados desde San Jorge. Bajo un árbol en la estufa fría o sentada en las escaleras de los Jerónimos. En los ojos tristes de su espejo o en un poema garabateado en la pared y borrado mil veces.

lunes, 5 de noviembre de 2007

La coleccionista de versos IX

Ensimismado en la conversación de Mar, Hector apenas se dio cuenta de que habían variado el rumbo. Tras tomar de un sorbo aquel fuerte pero a la vez dulce licor de guindas, otro más de los grandes contrastes lisboetas, habían dirigido sus pasos a la plaza do Carmo y ante sus pies se erigía majestuoso el elevador de Santa Justa.


Mar le invitó a tomarlo. Esperaron en silencio, por primera vez desde que iniciaron el camino, que les tocase el turno. Delante de ellos unos niños jugueteaban nerviosos, esperando subir a aquel artilugio neogótico que en turnos de 24 personas iba subiendo a los curiosos desde la moderna, céntrica y comercial calle de Santa Justa hasta el bohemio barrio alto, para volver a bajar en exactamente 8 minutos.

Durante el ascenso Hector volvió a mirar a los ojos de Mar. En su azul distinguió hasta tres tonalidades distintas que variaban desde el verde azulado de un atardecer en el mediterraneo hasta el azul verdoso del amanecer atlántico. Tan iguales, tan distintos... Se convertían en una ventana al mundo, al futuro, en aquel cubículo de madera con olor a rancio y un melancólico sabor a nostalgia, si es que la nostalgia se puede degustar. Durante un momento pensó que su mirada se correspondía, pero los ojos de Mar miraban más allá, a ningún punto fisico, a ningún lugar geográfico, sino a un momento inconcreto de su pasado que sólo ella conocía.

sábado, 27 de octubre de 2007

Disculpas

Robo un minuto al sueño o al insomnio para pedir disculpas. Por abandonar la caverna con tantos amigos dentro. Por dejar secar la tinta que escribía en sus paredes. Por desaparecer sin decir adiós. Por decir adiós sin desaparecer.... Volveré. Retomaré la historia. Me sentaré con vosotros en estos cómodos cojines que me permiten soñar o desahogarme. Pero será después... cuando el frío que entra por esa puerta me deje escribir... cuando tenga tiempo, cuando tenga tiempo, cuando tenga tiempo....

lunes, 15 de octubre de 2007

Un día

Un día vio un cartel en las paredes de su ciudad. Sonrió y se quedó mirando el poster. Recordó los buenos momentos pasados, también los malos. Echó mano a sus bolsillos vacíos y se dió la vuelta, pensando en recordar viejos tiempos. Pero no sabía dónde. Volvió a su casa vacía, puso un disco y abrió un libro. Era lo único que le quedaba.